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Octubre de 1914. Avanzamos hacia Ypres, donde nos detendremos en las afueras del castillo de Gheluvert en la campiña belga. El día no es propicio para los más de mil doscientos hombres que componen el 16 Regimiento Bávaro de Reserva. Un frío intenso, dificulta la marcha. La batalla está cerca y será decisiva. Quien triunfe dominará el Canal de la Mancha y podrá controlar los puertos de Calais y Dunquerque. En cuanto a mí, ni la lealtad al Káiser, ni la gloria de la nación alemana (siempre en busca de su destino), explican mi presencia en el Regimiento. Mis motivos son otros, quizás imposibles, quizás inciertos, pero impostergables. Voy a realizar un movimiento, o mejor dicho, un juego de dados con la Historia y el Tiempo. Las consecuencias serán sin duda impredecibles, pero me urge la esperanza de que sean benignas.
Permítame presentarme. Mi nombre es Gunther, mi apellido poco importa. Soy profesor de Física en la Universidad de Leipzig. De hábitos sencillos, he consagrado muchas horas de mi vida al estudio no sólo de mi materia, sino al de la Historia Universal. Mucho he reflexionado sobre si ella es un conjunto de eventos sin sentido, si la idea de progreso es un fiel reflejo de su curso, si hay leyes precisas que la guían, si se trata de una monótona repetición o una perpetua novedad y finalmente si es comprensible por las limitadas capacidades de la mente humana. No he llegado a una conclusión definitiva, lo que sería nada más que una de las múltiples vanidades del intelecto, pero sí, hay ciertas conjeturas -llamémoslas así- que son afines a mi sentir.
Una de ellas es la relación insobornable entre suceso y consecuencia. Dado un suceso cualesquiera una o más consecuencias inevitablemente acaecerán. Y en razón contraria, la ausencia de un suceso supondrá el mismo resultado. Por ejemplo si yo nazco, se desplegará mi vida y esta a su vez supondrá nuevos actos o ausencia de los mismos que, una vez muerto, supondrán un conjunto total de eventos que han generado otros eventos y lo seguirán haciendo hacia el futuro. Si tengo un hijo, éste a su vez actuará como consecuencia y a la vez causa de un sinnúmero de sucesos. Si elijo ser músico, enriqueceré o denostaré el arte de los sonidos, si elijo ser ebanista crearé obras eternas o insultaré la madera. Si elijo ser un criminal, segaré vidas. Si elijo ser un médico asistiré al prójimo y lo aliviaré del dolor. Pero cualquiera sea mi decisión ésta será una entre un gran número de posibilidades. Es decir en su conjunto la Historia (tanto humana como natural) es una gigantesca polifonía a infinitas voces que se entrecruzan según todas las posibles leyes de un canon misterioso, pero subyacente a todo su discurrir.
Supongamos que en esa partitura suprimimos una frase, un fragmento de su textura. La consecuencia es que desgarraríamos el fino tejido polifónico con un resultado que anularía su argumento interno y por ende transformaría la estructura toda. En el caso de la música daría por resultado una verdadera mutilación que seguramente sería displacentera para el oído en algún punto. Pero en el caso de la historia, quizá el resultado sería muy otro. Si en la Europa del siglo XIV no se hubiera llevado a cabo la generalizada matanza de gatos que ocurrió, quizás la peste negra podría haber sido detenida. Si la Armada de Felipe II hubiera logrado salir victoriosa frente a los ingleses en el dominio de los mares, los españoles habrían conquistado Inglaterra y otro hubiese sido el curso de la Historia en Occidente. Por ende, el inhibir o evitar un suceso puede ser el mejor camino para evitar consecuencias catastróficas. Y éste es mi propósito. De allí que en este día de finales de octubre de 1914, me encuentre aquí en tierra flamenca como soldado del Regimiento Bávaro.
La guerra en su atrocidad no niega la posibilidad de una amistad, de una camaradería inusual, que atenúa en parte los horrores del combate. De allí que desde hace un tiempo uno de mis compañeros de batalla se ha convertido, por iniciativa mía, en un amigo cercano, próximo e íntimo. Hemos compartido la larga marcha, la confidencia sobre nuestras vidas y sus oscuros secretos, la acechanza de la muerte, el olor a pólvora, la efímera victoria. Hemos discutido sobre arte, la nación alemana, su destino y sus heridas. Y ahora esperamos -con coraje y temor- el ataque de las tropas británicas que pronto estarán aquí. La madruga se aproxima lentamente y por un momento un silencio intenso se enseñorea sobre los campos. Ya las siluetas del enemigo comienzan a cobrar vida, ya sus balas atraviesan el aire, ya los gritos, ya las bayonetas, ya el combate mortal.
La victoria no es amiga. Hemos luchado con todas nuestras fuerzas. Herido tras herido, muerto tras muerto. Pero el enemigo es superior. La retirada es nuestra única esperanza. Atrás quedan los caídos, las armas, la sangre, la confusión, el coraje y la crueldad. Mi amigo y yo huimos a través de la campiña. Un bosque se recorta a lo lejos. Corremos desordenadamente como tantos otros y entramos en su espesura. Exhaustos nos recostamos contra un árbol noble e indiferente. Poco a poco recobramos el ritmo de nuestra respiración. Entonces sin prisa, frío el corazón y clara la mirada, desenfundo mi arma y le pego un tiro preciso e irrefutable que acaba con su vida. Sé que la posteridad no guardará registro alguno de este acto. No habrá para mí juicio ni condena, traición ni deshonor. Protegido por las sombras de la guerra el asesinato no será tal. Sólo un muerto más, entre cientos de miles. Otro alemán caído, cuyo nombre pasará desapercibido.
Mi destino se ha cerrado, hoy y aquí en una provincia flamenca lejos de mi patria. Un destino anónimo, cuyo íntimo secreto sólo yo conozco. Así lo han impuesto las circunstancias, no mi voluntad. He introducido una pequeña, una infinitesimal variación en el gigantesco telar de la Historia y del Tiempo. Sé que las fuerzas que mueven la trama de ambos son superiores a la intervención de un solo hombre, como es el caso. Pero sé que si se quita una frase a la Historia, todo cambiará y quizás alivie en algo el porvenir de los pueblos. No me arrepiento de ser un asesino, extremo que sólo yo conozco. No me arrepiento de haber creado en la víctima, la ilusión de mi amistad. No me arrepiento de la traición a su confianza. Por el contrario, todo lo planifiqué con detalle y premeditación. En cuanto a quien era mi amigo, en nada conmoverá a las generaciones futuras. El olvido y el anonimato lo enterrarán para siempre. Ahora será un alemán como tantos otros. Su nombre era Adolfo Hitler.
Por Carlos Fleitas |