En el año de l889 comienzan a delinearse nítidamente, dos tipos de pinturas en la obra de Van Gogh. Algunas serenas y reposadas, mientras que en las otras, la bóveda celeste muestra círculos y espirales que emergen a la forma, en un movimiento vertiginoso.
Son el resultado de momentos dramáticos de desequilibrio pendular entre su identidad humana y el recurso al Ser. Ante el pánico indescriptible de su propio eclipse, Van Gogh vuelve su mirada al cielo donde observa los símbolos eternos, pulsantes, innominables.... La energía se desprende del envoltorio de la piel para fluir hacia el polo de atracción cósmico, en un último intento de recrear su existencia en la matriz originaria de las presentaciones del Ser.
Y es allí, donde encuentra una nueva forma de organización psíquica en donde se acuna, para entregarnos las imágenes de su narrativa íntima: la épica de su viaje al otro lado del Yo. Pero también en ellos, canta su canción el Ser, que lo mece -más allá de lo humano- con el abrazo circundante que en la madre terrena no puede ni siquiera pintar, esa circularidad perdida para siempre en su primera infancia -ese exilio de la tierra de lo humano- que Van Gogh, como nadie lo ha hecho, pintó para nosotros en el viaje que lo llevó, mas allá de la mensura y la razón, a la otra orilla del Ser.
Sólo entonces puede volver a su morada interior, sereno y reposado, después de haber recibido el plasma cósmico que lo devuelve al mundo de lo humano, retomando la serie de paisajes y autorretratos. Pero ni siquiera en ellos logra perpetuar el artificio del espejo plano y con ello, el de su mismidad. Pues, al precio de un sufrimiento terrible, se aventuró mas allá de su pulida superficie, para encontrar la conjetura que la Optica y la Fisica Moderna han formulado: que el mundo que nos circunda, tal como lo percibimos, puede ser una absurda ilusión.
Y en la íntima soledad de su descubrimiento cruza las puertas del Ser, para retornar a lo originario en donde todo se une sin fronteras, sin adentro ni afuera, en el vacío primigenio henchido de plenitud. Así logra develar para nosotros, el misterio de las bodas de Cielo y Tierra en dos de sus telas, en donde encuentra quizás por un instante, en el abrazo indiviso con la madre cósmica y en los tiempos sin tiempo del Comienzo, el fundamento último de la Creación.
Pero por una torsión inesperada, arriba a una intuición sorprendente cuando -despojado de toda pasión narcisista- pinta en l888 esos barcos de pesca-, en los que en el cenit de la ascesis técnica, muestra la omnipresencia del Ser en todo aquello que queda al margen de cualquier emblema cautivante.
Si para Kant el cielo estrellado lo llenaba de admiracion y respeto, para Van Gogh representa una epifanía sin atributos, el escenario donde se despliega una gigantesca canción de cuna cósmica: la de la danza, la danza del Ser.
Carlos Fleitas
Bibliografía:
"La teoría del Ser en la Clínica"
"Espacio y Tiempo en las Patologías Mentales"
Escrito por Carlos Fleitas. 4
de
febrero
del
2000
Hector Garbarino Roca Viva Editorial
Hector Garbarino y colaboradores Roca Viva Editorial.