El año del caballo de Agua


El relato que presento a continuación al lector o lectora, no se corresponde en lo absoluto con el original. Es más, es una simplificación, ampliación y adaptación de aquel que, para mi asombro, pude leer una sola vez en una habitación ruinosa de un lejano monasterio, que padeció el fuego de los morteros y los cañones de un ejército. Digo una sola vez, porque sólo me fue permitida una única lectura con el compromiso de no hacerla pública, compromiso que a pesar de estas lineas -irónicamente- he cumplido. Y es que aunque hubiese sido mi deseo quebrarlo, me hubiera sido imposible hacerlo. Por lo tanto, he intentado una reconstrucción que dista mucho del verdadero, el cual posee una riqueza expresiva y una hondura conceptual tan vibrantes, que no me ha sido posible reproducirlas en su verdadera magnitud.

Es así que el lector deberá no sólo disculparme, sino advertir que en todo momento está ante un intento cuestionable de recrear -con el impreciso auxilio de la conjetura y de la sospecha- una escritura inquietante, visionaria e inmortal, a la que he transformado profundamente para hacerla más accesible a la mente occidental. Por ejemplo, mi versión está escrita en primera persona mientras que la original no define alguna. A efectos de hacerla más coloquial, he introducido en ciertos pasajes, oraciones donde el autor se dirige al lector. O bien he intentado sustituir por la descripción lo que en el texto son breves alusiones o referencias, a veces crípticas por cierto. Tampoco he resistido a la tentación de introducir un cierto tono de alegato en mi cuestionable literatura. Es más, he introducido una exhortación a la compasión, que es una deliberada interpolación de mi parte y que responde a un anhelo propio. Y por último, he agregado pasajes para un mejor saber de aquellos temas de índole místico-religiosa e iniciática, que son el fundamento del devenir del texto.

Nada de esto aparece en el original. Por el contrario, se trata de un texto que podría calificar como una escritura rigurosamente íntima y para nada testimonial. Y digo texto, para diferenciarlo así de una narración, estilo por el que he optado para hacerlo, como he dicho, más accesible a la comprensión. Si tuviese que definir cual es su estructura, diría que está construida como un mandala. Sabido es, que éste está diseñado como un mapa para alcanzar el conocimiento último sobre la naturaleza de la realidad, superando el error, la ilusión y el engaño en nuestra percepción de la misma y de nosotros mismos, por medio de una trayectoria que el iniciado realiza desde la periferia hasta su centro.

La primera, representa nuestro actual estado psíquico dominado por la ilusión y el error, en el cual predominan todas las dualidades creadas por la mente humana o mejor dicho, por el pensamiento, tales como bueno-malo, agradable-desagradable, aceptable-rechazable y así. Ilusión de considerar la realidad como una diversidad, o mejor, una pluralidad de sucesos y objetos desligados entre sí y sin ninguna conexión. Ilusión de creer que somos un individuo separado y -por que no- enfrentado a todo, algo así como extraños en éste nuestro Mundo. Ilusión de que este individuo que somos, es permanente y continuo en el tiempo y espacio.

El centro del mandala, muchas veces representado por el Adi-Buda o Buda Primordial, supone el Despertar, es decir un estado de percepción y contemplación de la realidad en sí, desprovista ya de todo error, engaño o ilusión. Esta realidad verdadera que es develada al iniciado al llegar al fin de su viaje, no está sometida a las leyes del pensamiento, ni es una mera proyección de la psique humana. Se presenta como ausente de dualidad y separatidad, es decir, ya no existen los opuestos que regían el mundo habitual o Samsara. Tampoco es susceptible de conceptuación o simbolización alguna, ni siquiera mediante las herramientas del lenguaje convencional u otro recurso formal. Es lo que es, sin atributo alguno y la mente que la contempla vacuidad.

El espacio intermedio entre la periferia y el centro representa, una vez que el iniciado ha descubierto su falsa percepción de la realidad y de sí mismo, la lucha por acceder al conocimiento último, el que coincide con el centro del mandala. Paradojicamente, el conflicto del iniciado en esta etapa, se debe al miedo que le genera lo desconocido, es decir el centro. Ansía con todas sus fuerzas la liberación, pero resiste con todas sus fuerzas a la misma, con la falsa creencia que al dejar atrás el error y la ilusión se perderá a si mismo e ingresará a un abismo sin fondo, que confunde equivocadamente con el centro. Y como en un mandala, el conflicto intrapsíquico se expresa en forma pictórico-simbólica, las fuerzas contrarias a la superación de la falsa visión de la realidad, están representadas por cuatro temibles guardianes que custodian las cuatro puertas de acceso al centro.

Ahora bien, como he dicho, el texto está construido como un mandala. Es decir, éste reproduce en forma refleja el viaje que el autor -el iniciado- emprende desde la perifera hacia el centro. Por ende, dista mucho de ser una escritura lineal, predecible y sucesiva. En cuanto a la estrategia para abordar el mandala, el viajero pronto comprende que intentar llegar al centro del mandala en sentido radial es imposible. Cada vez que lo intenta, se encuentra con un guardián que le cierra el paso. Lo llamativo es que el número de guardianes se multiplica por doquier, lo que hace sospechar que en el mandala se desarrolla un complicado juego de espejos. De ese modo el viajero nunca sabe si el que le impide el paso es el guardia verdadero, o simplemente una imagen del mismo, lo que le daría la posibilidad en este último caso de sortearla y seguir avanzando. Dado que la reflexion puede multiplicarse al infinito, la intención de diferenciar entre lo real y lo especular se torna imposible. Es más, en el límite, la diferencia entre lo real y lo virtual desaparece. Una vez comprendido esto, el iniciado renuncia a avanzar en sentido radial por una parte, y por otra en tratar de determinar que es lo real, y que es lo virtual. Sólo le queda una posibilidad: avanzar desde la periferia hacia el centro en zigzag.

Hay algo que podria ser motivo de inquietud para el iniciado, y es que una vez emprendido el camino, ya no hay posibilidad de retorno. Lo extraodinario es que esto se refleja, o mejor dicho, emerge de la estructura del texto. En él nunca hay una repetición de palabras o significados. Es decir el texto se va perdiendo y recreando a la vez, en forma incesante, fluida e indetenible. Es como si el lenguaje se disolviese y se reconstruyese en forma continua y simultánea a los progresos del viaje. De ello se desprende una conclusión insensata. Es la memoria del viajero la que se esfuma. Es decir, al avanzar no conserva recuerdo alguno de su recorrido, como tampoco de todo aquello que fue ideando en su trayecto hacia el centro. Pero lo sorpendente es que lo mismo le sucede al lector, a medida que avanza en el texto. Su memoria, al igual que la del viajero, no retiene traza alguna de lo que ha leido. En lo que concierne al iniciado, sólo conserva en su mente su objetivo: llegar al centro superando los obstáculos que se le presentan en su viaje. Este extremo figura en el texto como: "tras la cuarta puerta, el estanque del loto blanco"

El encuentro con el primer guardia, no se hace esperar. Es un anciano de aspecto noble y reposado. Sorprendido, pues esperaba que un guerrero temible custodiase la primera puerta, la abre sin demora. La cruza y vuelve a encontrar la misma escena: el anciano de aspecto noble y reposado custodiando la primera puerta. Una y otra vez la cruza para encontrar la misma monotonía: el anciano frente a la puerta. Como sabemos, no puede volver atrás, lo que lo condena a una prisión de la que no puede escapar. Pero nada sugiere pánico o desesperación en el corazón del iniciado. Acostumbrado a hacer de la paciencia y la perseverancia las compañeras de su espíritu, cesa en sus intentos de cruzar la puerta y reflexiona. ¿Que es lo que he omitido que me permitiría continuar avanzando? Intenta hablar con el anciano, pero es inútil porque éste permanece mudo. Busca en su memoria las enseñanzas de sus maestros, para extraer alguna clave que le permita resolver la situación y llega a una desalentadora conclusión: el conocimiento previo no le resultará de auxilio alguno.

Fatigado decide dormir. Al despertar se siente renovado, pero algo pulsa en su mente. De improviso se le presenta la imagen de Jam pal yang, el Bodhisattva de la Sabiduría. No le es difícil ubicar su procedencia: es la misma representación que la del venerado tangka que lo inmortaliza. La recorre cuidadosamente. Cada detalle. Cada trazo. Aprecia su belleza y su simbolismo, que recuerda con esmerada precisión, contemplándola largamente. Pero observa una discrepancia entre la imagen que se ha presentado en su mente y aquella que representa el tangka. En la primera hay una inscripción, sobre el Sutra que Jam pal yang sostiene en su mano izquierda, escrita en una antigua lengua que conoce desde su niñez. Con cierto esfuerzo logra traducirla. Es una sentencia que dice así: "en lo obvio, en lo insignificante, se encuentra el verdadero sendero"

¿Capricho onírico o develación? En un primer momento, no puede decidir cual de ellos es y permanece en silencio frente al anciano y la puerta. Reflexiona que la sentencia es demasiado vaga en sus términos, demasiado abstracta. Puede referirse a todo y a la vez a nada. Intenta desprenderse de toda idea a priori sobre su significado, y espera. Entonces, como si se tratase de un relámpago, llega la solución. Ha tenido una omisión inaceptable, una imperdonable pérdida de budeidad. Se dirige hacia el anciano, junta ambas manos, las eleva y se inclina ante él. Abre la puerta sin dificultad y cruza su umbral. Con alivio y esperanza observa que ha logrado dejar atrás la monótona escena del anciano y la puerta. Ahora se encuentra en un nuevo nivel del mandala.

El viaje prosigue. Son innumerables las experiencias por las que el iniciado debe atravesar. Algunas de ellas sencillas como el escuchar el sonido del agua de una cascada hasta otras más complejas como cruzar un puente hecho de bambú a cientos de metros sobre el suelo. Muchas son intensamente místicas, cuando por ejemplo contempla el tangka de Avalokethisvara o el Bodhisattva de la Compasión, o compone esculturas en manteca que representan flores, joyas, agua, soles y lunas. Otras no están exentas de un cierto lirismo, dentro de su clara clave metafórica e iniciática. Como aquella en la que encuentra a un mendigo recostado sobre un árbol a la vera del camino y al que le pregunta donde puede hallar una fuente de agua donde calmar su sed, a lo que áquel responde: "Contemplarás el fulgor del loto blanco, cuando llegue la primavera del Dharma"

Llegado a este punto debo recordar al lector, que a medida que progrede en su trayecto, el iniciado ve esfumarse su memoria, salvo en lo que se refiere al objetivo de su viaje. De allí que su mente viva en un eterno presente, sin pasado, ni futuro. Por ende, cada situación, cada experiencia, cada encuentro, cada fulgor o destello que percibe, es olvidado y no le sirve como sustento para lo nuevo que va llegando hasta él. Aún más, el es lo que ahora es y nada más. Algo similar sucede con el lector como ya he indicado: su memoria se desvanece a medida que se interna en el texto. Es obvio que se pregunte, como me ha sido posible reconstruir la insólita escritura dado que no cuento con la ayuda de la memoria. Intentaré explicar en las medida de mis posibilidades, algo cuya comprensión está más allá de la inteligencia, algo que está a medio camino entre la sorpresa y la develación.

La respuesta es a la vez simple y compleja. Al perder la memoria del texto al que me refiero, no hay otra posibilidad que reconstruirlo mediante la conjetura y aún la sospecha. Pero nada garantiza que el mismo sea el mismo, es decir, que represente fielmente el original que ha sido olvidado. Por lo tanto, he reconstruído algunos de la infinidad de textos posibles que resultan de la ausencia de certeza de haber reproducido el verdadero. Ejemplo de uno de ellos, es el que he comenzado a reseñar párrafos arriba, aunque en realidad no es una narración, sino un resumen de uno de los posibles desarrollos a los que puede dar lugar el original.

Mucho he reflexionado sobre lo insólito de esta situación, intentando encontrar una explicación coherente a lo que a primera vista es inabordable por la razón. Por ejemplo, si al perderse el registro del texto en la memoria, ¿como es posible reconstruírlo o dar a luz un equivalente del mismo aunque sea al menos su pobre reflejo?¿Acaso ha quedado relegado a alguna capa del psiquismo innacesible a la conciencia y que actúa eficazmente al reescribirlo, sin que nos percatemos de ello? ¿O quizás queda inscripto como una experiencia cruda en un registro pre-verbal, la cual - sin que la conciencia tenga noticia de ello- nos inspira en el momento de recrearlo?

Temo haber agobiado al lector con lo que podría considerarse una sucesión de academicismos innecesarios y estériles. Pero, como podrá comprobar luego, no son del todo muestra de un preciosismo pensante, sino reflexiones imprescindibles para lo que considero un descubrimiento, una nueva América, que me ha sido dado contemplar. Es tiempo pues, de retomar las peripecias del viaje iniciático.

A medida que se aproxima al centro del mandala, una serie de desafíos -que van desde el horror al éxtasis- oponen una firme barrera a los esfuerzos del iniciado en llegar a él. Hay un momento en el que máscaras con rostro demoníaco, lo acechan, lo atormentan, lo persiguen. En otro, barreras de fuego le cierran el paso.Y mientras avanza, recuerda su infancia en un aislado pueblo del Tibet, el sabor de la manteca de yak, el vuelo de la oca, la montaña majestuosa, la roca, la gota de rocío, el roble y el manzano, el lobo solitario, el inmenso y envolvente cielo nocturno de primavera, la entonación matutina de un sutra, las ruedas de oración, las cometas, la invasión de los chinos, las muertes, el exilio y la pérdida de la compasión.

La segunda y tercera puerta son custodiadas respectivamente por un tigre rugiente y una mujer de extraordinaria belleza. Conoce entonces, dos formas de aquietamiento. La del miedo y la de la fascinación. Ambos lo detienen, lo conmueven, lo confunden. Logra cruzar las puertas, pero no se proporcionan indicaciones claras y unívocas de como lo hace. En este punto el texto se torna deliberadamente ambiguo, seguramente para mantener oculto a los no iniciados el secreto de las mismas. Sin embargo, hay sugerencias vagas de que una ardiente unión amorosa permite al viajero, abrir la tercera puerta. En cuanto a la segunda, se enumeran una serie de encantamientos y hechizos dirigidos a una divinidad maligna, que sospechamos podrían apaciguar al tigre.

Un brusco y desconcertante cambio de escenario espera a partir de ahora al iniciado, pues de improviso -al franquear la tercera puerta- se encuentra en un valle rodeado de montañas. Grupos de rocas, algún destello del sol en las cumbres nevadas, el predecible vuelo de unos pájaros, flores lilas y doradas aquí y allá, el verde primaveral joven y pujante, le permiten reconocer inmediatamente el lugar. Es el valle que tantas veces cruzó en su camino a Lhassa, hacia donde ahora encamina sus pasos. Hace girar las ruedas de oración, enciende cirios y quema incienso, contempla el Potala y en el décimo quinto día del mes del pájaro del año del Caballo de Agua, se confunde con la multitud que espera el despliegue del gran thangka del Buda Sakyamuni.

A partir de este momento, la búsqueda de la cuarta puerta -y con ello el arribo al centro- lo lleva a peregrinar por toda la geografía de Asia. Es así que, el texto serpentea una y otra vez enumerando cada uno de los lugares que el iniciado visita. Y digo serpentea, porque es imposible encontrar un plan, una lógica a su recorrido. Vemos al iniciado realizar una ofrenda en el altar de Shantipur y alimentar y jugar en la stupa con los monos del templo de Svayambhunath. Asciende las escaleras de Borobudur, se detiene varias veces a meditar frente a escenas de los Jatakas y de la épica de Sudhana y llega finalmente a la stupa primordial, donde realiza una ofrenda. Se inclina ante el gran Buda en Kamakura, descansa a la sombra de un árbol en las proximidades de Angkor, busca refugio de la lluvia en un templo sintoista, siente nostalgia de su patria mientras come en las calles de Bangkok, duerme una noche en un ashram camino a Benarés, observa el cielo estrellado en un monasterio en Bután, en fin, parece haber emprendido un viaje sin rumbo ni destino.

Fatigado, errante y nostálgico, vuelve a Lhassa. Ni los cánticos, ni el festival de las cometas, ni la fragancia del incienso, capturan su atención. Deambula sin rumbo por las calles de la ciudad. Una mujer que barre lo saluda, un niño le sonríe, un perro le ladra, otro busca sus caricias. Hay aromas de comida y de manteca de yak, que despiertan su apetito. Se detiene en uno de los tantos puestos callejeros que ofrecen alimento. Ubicado frente a una casa de aspecto sencillo, tiene por techo un pequeño y colorido toldo. Pregunta por un lugar para pasar la noche y el vendedor le indica que la casa que está a sus espaldas, es una posada para peregrinos. Golpea a la puerta. Alguien abre una mirilla y le pregunta que lo trae allí. Al instante lo reconoce. Es el anciano de aspecto noble y reposado. Junta ambas manos, las eleva y se inclina ante él. Abre la puerta sin dificultad y cruza su umbral. Ha llegado al centro.

Es tiempo ya de entregar al lector mi propia versión del texto según lo adelanté al comienzo de estas consideraciones, no sin antes advertir que el olvido y mi ineptitud lo han transformado en una escritura lineal, predecible y monótona.

"Cuando en el mes del Cerdo del año del Dragón de Hierro, el Ejército Popular Chino -luego de cruzar el Yangtsé- entró en mi tierra, yo era un aprendiz de thangka. Muchos fueron los horrores y sufrimientos que mi pueblo padeció en los años que vinieron. La rebelión contra los invasores fue cruelmente aplastada. Millares y millares de tibetanos fueron ejecutados o encarcelados. Pero nuevas atrocidades nos esperaban, pues en el año de la Serpiente de Madera, comenzó la destrucción sistemática de templos, monasterios, reliquias, objetos sagrados y escrituras veneradas por el pueblo, prohibiéndose nuestras costumbres y nuestra religión.

He mencionado algo sobre mí que en realidad es insignificante pues no se dirige a mostrar logro alguno, sino por el contrario a dar cuenta de una habilidad meramente práctica, que exige eso sí, una extrema disciplina. Me refiero a los rollos pintados colgantes o thangka. Pero para ello es necesario que realize una serie de aclaraciones previas para una mejor inteligencia de su significado. Si logro hacerlo, contribuiré a una mejor comprensión del suelo sobre el que se apoya nuestra vida cotidiana, nuestras costumbres, nuestros anhelos y nuestro corazón. Pues me anima un propósito quizás ilusorio. El de que estas líneas sean leidas por nuestros opresores de modo tal que, si ellas logran iluminar su mente, opten por aliviar nuestro tormento, ya que la violencia es hija de la ignorancia y de la falta de compasión.

Es una característica esencial de nuestra cultura que todas las producciones, ya sea la pintura, la escultura en manteca, el grabado, el mandala de arena, no sean objetos creados con una finalidad meramente estética. En todos y en cada uno de ellos, arte, filosofía y religión están tan íntimamente soldados que no es posible diferenciar el uno del otro. De allí que sean percibidos por nosotros con un sentido muy diferente al que es habitual, por ejemplo, en Occidente. Aquí, todos ellos, son un soporte para la práctica y la realización espiritual, basada en las enseñanzas del Buda, mediante la contemplación y la meditación visual. De este modo son recordatorios y vehículos de la transmisión del Dharma en forma pictórica, auxiliando a la mente en su travesía espiritual.

Su simbolísmo es tan rico, que su enumeración agotaría la paciencia del lector occidental, pues lo consideraría como una curiosidad o quizás una extravagancia de un pueblo extraño, en una tierra lejana. Sin embargo, no creo actuar de modo imprudente reseñando algunos de los sentidos de las figuras de los thangkas más representativos. De este modo espero estimular su corazón, para que, guiado por su propio interés, avanze en el camino de su propia realización espiritual y de la comprensión de nuestra religión. Para ello, deberé tomar como ejemplo algún thangka de amplia difusión y profundo significado para nosotros.

Es una característica compartida por gran cantidad de thangkas que éstos representen figuras de Budas, Bodhisattvas o deidades. Cada detalle de las mismas no es dejado al azar, es más, puede contener la más profunda de las enseñanzas del Dharma, actuando -como dije anteriormente- como recordatorio y ejemplificación de ellas.Tomemos por ejemplo, el thangka que representa a Arapachana Jampalyang, el Bodhisattva de la Sabiduría, que tanto ha nutrido mi mente y mi corazón.

Su figura -que se encuentra en el centro del thangka- es presentada brillante como el sol, lo que significa una total claridad sin mancha alguna de oscuridad originada por la ilusión, el engaño o la ignorancia, enfatizado por signos y marcas propios de las virtudes del Buda. Su cabeza está rodeada por una aureola circular roja, y toda la figura por otra de color naranja teniendo como fondo, flores y abundante follaje verde. Sentado con las piernas cruzadas (padmasana), con vestimenta de seda, lleva una corona dorada con diamantes sobre su cabeza.Su delicada -algo enigmática- sonrisa representa un estado de armonía, paz y regocijo de aquel que ha alcanzado la suprema realización. Sus ojos están apenas entreabiertos en señal de meditación. Su pecho, orejas, muñecas y tobillos están adornados por cadenas con piedras preciosas. Su cuerpo, se apoya sobre la flor del loto de la Compasión, que emerge de un estanque, simbolizando su ecuanimidad y mesura que no conoce la duda, la incertidumbre o la parcialidad.

La mano derecha empuña, sosteniéndola contra su palma con los dedos pulgar, indice y anular, la espada de la sabiduría llameante en su extremo , que simbolicamente destruye la ignorancia, la dualidad, la ilusión, el deseo y la aversión, dando paso a la sabiduría, equilibrio y compasión. La mano izquierda, plegada sobre su pecho, sostiene con los dedos pulgar y anular, un tallo sobre cuya flor se apoya un manuscrito con tapas rojas: el Sutra del Corazón de la Perfecta Sabiduría, que contiene la enseñanza sobre la vacuidad. Su aspecto juvenil es el de aquel que no está sujeto a la inevitable vejez, decadencia o enfermedad alguna, permaneciendo inmodificado en su más profundo ser, a pesar de las vicisitudes de la impermanencia. Otros atributos lo muestran como protector y guía de todos los seres sintientes, asistiéndolos en su camino a la budeidad.

En la parte superior del thangka figuran tres lamas que ejecutan con las manos diversos mudras: el de la enseñanza del Dharma, el de la compasión y el de la bendición. El del centro y el de la izquierda, sostienen con sus dedos tallos de una flor de loto que florece sobre su derecha en el caso del primero y a derecha e izquierda en lo que respecta al segundo. En la parte inferior de la pintura hay tres figuras. Al centro se encuentra Chenrezi (Avalokiteshvara) el Bodhisattva de la Compasión, que es presentado teniendo cuatro brazos en una de cuyas manos sostiene el tallo de una flor de loto. A la izquierda destaca Chagnadorje (Vajrapani Detentador del Vajra) de aspecto terrible rodeado de llamas. A la derecha se representa a Gurgyigonpodorjenagpochenpo (Panjarnata Varjra Mahakala) que en este caso es una divinidad protectora, aunque su aspecto no lo aparente.

Dejo aquí de enumerar los atributos de esta venerada figura, que el thangka representa. Creo haber presentado los más relevantes aspectos de su nobleza y espiritualidad. Confío pues que han de ser motivo de meditación y contemplación y permitirán al lector, comenzar a recorrer -si así lo desea- el camino hacia el Despertar. Ya que luego de cierto tiempo, el auxilio de un thangka para la visualización del Dharma no será necesario, pues será sustituído por el Universo y el Mundo donde cada uno de sus aspectos, aún los más olvidados y desatendidos de sus detalles, serán una manifestación de las cualidades del Buda, por ende fuente de inspiración, sabiduría, regocijo y realización espiritual.

Es por ello que, para nosotros, todo lo creado habla. Las flores silvestres que crecen en los pastizales de la llanura, el rumor del agua cristalina en las cascadas, los copos de nieve cuando llega el invierno, las rocas y los árboles que pueblan las laderas, los pájaros, el sendero de la hormiga y el yak, la majestuosa montaña, el viento de la tarde y la luna, las estaciones que llegan, permanecen brevemente y se van, el sol con su luz y calor, el roble y el manzano, el lobo solitario, la cabra salvaje y la oca, el bosque, el caudaloso río y las efímeras nubes, son todos retoños de la mente del Buda, omnipresente y generoso.

¡Cuan hondo es mi deseo de continuar describiendo el significado de otras producciones de nuestra religión! Como es el caso de la escultura en manteca, que es a la vez recordatorio y símbolo de la ilusoriedad e impermanencia de todas las cosas condicionadas, aún las más bellas y apreciadas, pues son destruidas una vez que finaliza su construcción en las ceremonias rituales. O la Rueda de la Vida, circulo que ilustra mediante imagenes las Cuatro Nobles Verdades y que muestra el camino para salir de los Seis Mundos del sufrimiento y por ende de las interminables reencarnaciones. O los thogchags, los amuletos hechos de metal para alejar el mal y atraer la buena fortuna, que se colocan sujetados alrededor del cuello. O las variedades de los mandala hechos de piedras preciosas, arroz seco, flores o arena de colores. O el manuscrito con letras de plata que contiene las enseñanzas del "Sutra de los Mil Budas"... Tan rica en manifestaciones es nuestra cultura que podría extenderme largamente en la enumeración de sus creaciones. Pero mi propósito es otro, como pronto comprenderá el lector.

Cuando fracasó la rebelión contra el ejército chino, decidí huir de mi país. Perseguido de cerca por los soldados, el viaje estuvo lleno de peligros. Exhausto y débil logré cruzar la frontera y refugiarme en la India. Busqué en mis pertenencias y con alivio comprobé que el thangka que había comenzado a pintar en Lhassa -años atrás- estaba intacto. Destinado a representar a Arapachana Jampalyang, sería la culminación de mi oficio y de mi peregrinaje espiritual. Año tras año el dolor del exilio, fue conjurado por su ejecución. Trabajé lentamente, pues se fue transformando en una inagotable fuente de meditación. Día tras día fue cobrando forma y vigor. Aquí bajo un cielo que no es el mío, aquí lejos de donde nací.

Es hora de terminar mi obra. Con mucho cuidado comienzo a confeccionar los bordes de brocado en tres colores: amarillo, azul y rojo. Al finalizar, me dispongo a elaborar en la parte inferior de la pintura, un cuadrado de brocado -particularmente trabajado- que es el que permite a la manera de una "puerta" -así la llamamos- la entrada al mundo contenido y representado en el propio thangka, en el viaje espiritual y meditativo que he emprendido al pintarlo. Mañana quedará finalizado, en un día de júbilo, recogimiento y celebración. Pintaré los ojos del Boddhisatva -lo que de acuerdo a la tradición- se reserva para el final. Sólo me queda aguardar el momento en el que he de conocer mi destino.

La mañana es hoy, particularmente luminosa y diáfana. Esplendentes, las montañas iluminadas por el sol, envuelven la ciudad. Sin prisa, me preparo a la apertura de los ojos de Jampaljang. Observo la pintura y con satisfacción compruebo, que lo he podido representar fielmente con todos los atributos simbólicos que la tradición recoge. Poco a poco los ojos van cobrando forma y vida. Son intensos y sin embargo apacibles. Hay algo indefinido en ellos que pugna por manifestarse, algo que no puedo definir y sin embargo está allí palpitante. La culminación de la obra esta cerca, sólo restan algunos retoques. De improviso, algo sucede. Parecería que un destello de luz emanara de los ojos. Un destello que va cobrando más y más intensidad a medida que pasan los segundos. Entonces....

Es el décimo quinto día del mes del pajaro del año del Caballo de Agua. Me encuentro aquí, en Lhasa, esperando el despliegue del gran thangka del Buda Sakyamuni, al pie de la colina donde se eleva el Monasterio Drepung. Como todos los años, una multitud de devotos espera pacientemente el acontecimiento. En mi caso, el motivo de mi presencia es distinto, no exactamente ajeno al ceremonial, pero desconocido por los que hoy me acompañan. Siento una cierta fatiga, debo confesarlo, pues mi travesía comenzó hace muchos años atrás. He conocido los laberintos secretos de la mente, sus fulgores y sus sombras, sus tiranías y sus libertades, sus espejismos y sus verdades, sus fantasías y sus realidades, sus delirios y sus corduras, sus éxtasis y sus horrores, sus desiertos y sus oasis.

He recorrido el circulo de la Rueda de la Vida, he sido mendigo, anciano, niño, mujer, emperador, lama, mosquito, tigreoveja, monje, arce, flecha y arco, rio, montaña, piedra y arena. He sido padre, madre, hijo, rio y bosque, gusano y elefante, pájaro y musgo, luna y sol, estrella y meteoro, madera y acero, espada y escudo, rueda y arado. He recorrido los seis mundos del sufrimiento, lacerado una y otra vez por el Monstruo de la Impermanencia. He vuelto a conocer lo que conozco y desconocer lo que conozco. He mirado hacia atrás y he visto hacia adelante. He mirado hacia abajo y visto hacia arriba. He conocido el pasado contemplando el futuro. El tiempo ha transcurrido sin transcurrir. Tres de las puertas se han abierto, sólo debe franquear la última, que está aquí en alguna parte, como lo supe luego, sin saber que ya lo sabía.

Ya es hora de proseguir, la ceremonia ha terminado. Recorro sin prisa ni rumbo las calles de Lhasa. Hago girar las ruedas de oración, enciendo cirios y quemo incienso, contemplo el Potala, me confundo con la multitud. Aspiro los aromas de comida de los puestos callejeros, las risas, las voces, los ladridos de los perros, el paso ágil y vivaz de los monjes, todo el colorido de las frutas y vegetales de los puestos de venta callejeros con sus toldos multicolores. Todo llega hasta mi como un bálsamo, en este día en el que busco, no un destino ni una justificación, sino algo quizás imposible, a saber: que mis ojos contemplen -aunque sólo sea por un instante- el Universo con la mirada del Buda. Se que toda búsqueda es insensata, que la esperanza es una ilusión, que la felicidad es la contracara del sufrimiento, pero no renuncio al viaje que he emprendido, porque aún recuerdo la antigua sentencia que mi maestro montonamente repetía cuando le agobiaba con preguntas sobre el Dharma: "Muévete y el camino se abrirá"

La noche comienza a abrirse paso lentamente. Las montañas a lo lejos adquieren una luminosidad tenue, que realza su majestuosidad y misterio. Es hora de buscar una posada donde descansar. Pregunto a un feriante donde encontrarla. Es un hombre robusto y afable, de mirada aguda e inquisitiva. Me responde que en esta parte de la ciudad no conoce ninguna, pero que a dos calles de donde nos encontramos hay una anciana viuda, conocidad por su compasión, que vive en una casa con muchos cuartos que sus hijos han ido dejando vacíos, al momento de llegar a la edad adulta y dejar el hogar familiar. La viuda tiene por costumbre albergar a aquellos que, ya sea que están de paso en la ciudad, o que golpeados por la pobreza, no tienen lugar donde reposar durante las noches. A esto se agrega generalmente, un plato de comida, para que el huésped ocasional, reponga fuerzas.

Camino algunas cuadras, doblo a la derecha y encuentro la casa a la que el feriante me ha dirigido. Al frente se encuentra un jardín, algo descuidado, en el que un corto sendero señala la direccion hacia la puerta de entrada. A medida que lo recorro, observo con mas cuidado el jardín y veo que hay un pequeño estanque, donde la luna -que hace poco ha salido- se refleja en forma tenue. A la izquierda y derecha del sendero observo grupos de flores silvestres por doquier. Su distribucion es irregular, y porque no azarosa. Han crecido siguiendo una ley que no comprendo, pero que puedo intuir. Hay una atmósfera etérea y difusa en todo esto, algo unido al misterio y a la creación.

Al llegar a la casa, observo que esta es de dos plantas y de construcción sencilla, donde la madera es protagonista. La hiedra cubre las paredes en forma generosa y serpenteante. Las ventanas están entreabiertas, y respiran el fresco aire de la noche. Una luz difusa y tenue proviene del interior. Golpeó la puerta y luego de algunos segundos, ésta comienza a abrirse lentamente. Poco a poco una figura va cobrando forma y presencia. Es una anciana de cabello blanquísimo, sin arrugas en su rostro, curiosamente lozano y claro. Le digo que se que allí, ella tiene por costumbre alojar visitantes que no tienen lugar donde pasar la noche, y que de concederme refugio le estaré agradecido al partir a la mañana. Sorpresivamente, sin contestarme, vuelve a entrar a la casa, dejando la puerta abierta. Dado el carácter débil de la luz no puedo ver el interior y por ende saber que está haciendo. Tan súbita y rapidamente como se alejó, vuelve y me dice. "Aquí no es tu morada, tu morada está aquí" y me entrega una flor de loto blanco. La sostengo en mi mano y la contemplo sin prisa..."

No he podido poetizar lo que sigue, confieso mi fracaso. Y es que en el momento en que el iniciado comienza a contemplar la flor, se abre una brecha, por así decirlo, un claro, en el devenir y la estructura del texto. Se trata de un detalle aparentemente insignificante y es que las palabras "loto blanco" aparecen cientos de veces, a la manera de un cantus firmus, siempre contextuadas de diferente modo en vertientes literal, análogica y metafórica, que no siempre son fáciles de recrear. Así por ejemplo, "la gota de rocío sobre el loto blanco"; "en un estanque donde se multiplica el loto blanco" "vio que llevaba un loto blanco en la mano" "postrado ante un loto blanco" "puro como el loto blanco" "el fulgor del loto blanco" "perlado loto blanco" "el invierno del loto blanco" y así.

El reiterado -cuando no abusivo- uso de la elipsis y la paradoja en este tramo de la escritura, parece dirigido a sugerir de que se trata de un acertijo sumamente complejo, que se ramifica en un sentido tanto horizontal como vertical en el texto propiamente dicho, es decir, conforma una estructura similar a la que presenta un ejercicio de palabras cruzadas. Este extremo, por otra parte, es bastante obvio a poco de intentar resolver el sentido de esta porción del texto, de modo tal, que esta clave es pronto aprehendida por el iniciado, que se lanza de pleno a intentar resolverlo, previa una tarea de ordenación de los elementos, que le permitan efectuar los cruzamientos necesarios en forma análoga al de un crucigrama. La tarea es fatigosa, monótona, aparentemente invencible. Son tantos los posibles cruzamientos que parece una labor imposible de completar en el término de una vida. A medida que el iniciado avanza, queda atrapado en las redes del lenguaje, en su materia prima de fonemas y de todas sus posibles combinaciones, quedando lentamente destronado el sentido, para ingresar en un mundo de sonoridades fugaces e irrepetibles.

Es como estar inmerso en un baño tibio, acogedor. Y en el se mece, fluye sin norte, esperanza o desesperación. Sin los límites de la piel se confunde con la sinfonía de sonoridades que ha engendrado sin proponérselo. Exiliado el pensamiento, sólo experimenta un presente atemporal, como si todo estuviera en una absoluta quietud y sin embargo en un vértigo de movimiento incesante. Y ante su vista desfila toda su vida, sus afanes y apetitos, sus desdichas y sus búsquedas, sus bálsamos y desgarros, su pasiones y aquietamientos. Pero todo ello como si se tratase de las memorias de otro, de un extranjero que ya ha dejado de ser él. Entonces lo sabe: esta es la primera mañana de sus días.

Vuelve a su pueblo natal, enclavado en las montañas, de nieves perennes. Camina por sus polvorientas calles, reconoce las casas de amigos y vecinos. Ve a los niños jugar con trompos, observa el valle reverdecido por la elocuente primavera. Se cruza con hombre y mujeres que lo vieron crecer, pero nadie lo reconoce. Cierta inquietud recorre su ser. Saluda, le devuelven el saludo más como un acto de cortesía que de familiaridad. Entonces reencuentra su casa natal. Allí vive aún su familia, padres y hermanos. Golpea a la puerta. Una anciana de cabello blanco, noble y de rostro inquisitivo abre. Le pregunta que es lo que desea. Atónito advierte que su propia madre no lo reconoce. Entonces sin dar a conocer su identidad, pregunta a la anciana que ha sido del destino de su hijo que un día partió. Sin dudar le responde que el amado joven murió hace treinta años, en algún lugar de los Himalayas. Y le entrega a él, ese desconocido que ha golpeado a su puerta, una flor de loto blanco.

Desconcertado, insomne, errante, vaga por la geografía del Tibet varios meses. El ciclo de las estaciones lo acompaña, la noche estrellada, la luna y el aroma de naranjos en flor. Hay momentos elocuentes, como cuando una mariposa se apoya inesperadamente en la punta de su bastón de montaña. O como cuando la lluvia le entrega sus sonidos en una solitaria noche de otoño. Hay momentos de profundo recogimiento, cuando la nieve empieza a caer en forma de copos gentiles y suaves. El color y la belleza no le son ajenos cuando contempla el Festival de la Cometas del mes de mayo.

Reflexiona sobre su actual condición. ¿Ha sido arrojado nuevamente al Samsara o se trata de un renacer pleno en la mente del Buda? ¿Ha atravesado finalmente la cuarta puerta? ¿Ha llegado al centro del mandala? ¿Este es el fin de su viaje y de su más hondo anhelo? ¿Porqué la dicha, la serenidad, no lo acompañan? ¿Ha vuelto hacia atrás en una regresión inesperada al lugar desde donde partió? La memoria no lo ayuda, ya que ésta, sin que el lo sepa, se va esfumando a medida que continúa su incierto viaje al centro del mandala. Sólo queda el loto blanco que su anciana madre le ha entregado y que conserva en su morral.

¿Es el loto blanco la solución al enigma? ¿Es la anhelada cuarta puerta que lo conducirá al centro y por ende a la mente del Buda o lo que es lo mismo a la iluminación? ¿Podrá algún día contemplar el mundo como el Buda lo hizo? Anidará en sus ojos la tibia luz del saber sin saber? ¿Será como el pájaro de la montaña que continuamente emprende vuelo y sin embargo siempre retorna a la quietud de su nido? Infiere que la cuarta puerta es la solución al enigma del loto blanco, que le ha sido entregado para su salvación o quizás para su condenación eterna.

Inquiere en su interior que significado podrá tener el loto blanco e inmediatamente le viene a la mente que entre los muchos nombres que los tibetanos dan al Dalai Lama hay uno que concuerda: El Señor del Loto Blanco. Intuye que en encuentro sería la semilla de la cual a la manera del Buda, crecería el arbol de bodhi, cuarta puerta final -sin duda - para llegar al centro.

Ahora bien, sabe que el Dalai Lama viaja continuamente, residiendo poco tiempo en la India, hogar de su exilio. Pero cada vez que llega al lugar donde el guia espiritual se encuentra éste ha partido uno o dos días antes de su llegada. Mas su propósito es firme y decidido. Emprende un viaje que lo llevará por ciudades de altas torres, avenidas, muchedumbres, monumentos, agobio, calor, nieve, esperanza y claudicación. Verá los diez mil rostros del hombre que desconocía. Amanece en Manhattan, ve el atardecer sentado en un cafe en el Barrio Latino de Paris, se refugia en la Iglesia de la Sagrada Familia en Barcelona, dialoga con los ebrios y mendigos en el Bowery, habla quechua en Bolivia, asciende a una piramide maya en Tikal, deja las huellas de sus pisadas en las nieves de innumerables suelos, el sol de Benarés lo hace arder, y el agua fresca de un manantial en Australia calma su sed.

Entonces un atisbo, un claro en el bosque de sus pensamientos se abre. Un débil destello, pero intenso y enceguecedor. Sabe sin saber que todas sus reflexiones han sido inútiles, pues está "quemando las semillas de su propia iluminación" Ha confiado a su mente , o mejor al pensamiento, la tarea de liberarse a sí misma por sus propios medios. Su deseo de llegar al centro del mandala ha sido su perdición. Al intentar perpetuarlo se ha extraviado. Debe volver a entrar al mandala.

Como hoja que se deja llevar por el viento, cual nube que navega fugazmente por los cielos abiertos, sin esperanza ni desesperación, sin búsqueda ni afán de resultado alguno, sin renuncia ni afirmación, sin demanda alguna retoma el camino. Adquiere una infinita paciencia, diríase que una extrema lucidez, su atención se afina. Llega el otoño y se regocija con su luz, tenue y cálida, bañandose en ella. Aquí en un monasterio perdido en las montañas, allá en medio de una multitud de peregrinos, anónimo, invisible, casi un fantasma, olvida al Buda y al Dharma. No hay guia, brújula, ni camino.Nunca estuvo tan solo, sin embargo nunca estuvo tan acompañado. Es como si perteneciera al mundo sin pertenecer a él. Ya no tiene patria, ni credo, ni bandera, ni cielo que lo defina. Ha cesado de ser él, sin dejar de serlo. Es como si esta mañana que hoy le toca vivir, fuese la primera mañana de todas y el adiós de todas a la vez.

Sé que el lector o lectora que ha llegado a este punto, se sentirá sorprendido, escandalizado o escéptico luego de leer el párrafo antecedente. Si dejara aquí ésta narración, ésta tentativa mía de reproducir lo irreproducible, de nombrar lo innombrable, los comprendería. También es mi caso, pues estuve tentado a renunciar a escribir esta versión torpe de un texto inusual. ¿Que puedo decir? Porque es así, no lo sé, pero lo es. Me tomó muchos años poder transmitir uno de los diez mil senderos que son el camino, por ende no creo haber traicionado la verdad más íntima del original. Y de haber incurrido en error, su magnitud -sospecho- es infinitesimal. Permítame pues lector o lectora transcribir el texto original no sin antes advertirle que en un principio impresionará críptico, y a la vez contrario a las reglas de la sintaxis. De este modo quizá puedan encontrar otra dimensión, otro vuelo, otra joya por sí mismos, en este camino donde todos los caminos parecen entrecruzarse y porqué no, a la vez esfumarse. He aquí pues un fragmento de la escritura:

Pasado futuro abismo pensamiento persistir inquietar perpetuar el cuenco ejemplo joya no contener mente purificada loto blanco, loto blanco, florecer, florecer busqueda peligro motivo corrupción corazón, loto impuro no blanco preferir no ser evitar mundo no evitar mundo corazon de loto blanco nadie es lo alguien alguien ilusión peligro abismo querer persistir devenir peligro abismo no escalar montaña contemplar yak no sabe yak cuenco vacío plenitud camino planear ilusion peligro diez mil verdadero loto blanco todos uno sin dharma sin buda perlado loto blanco contemplar contemplar no mover no recorrer aqui sólo ir de marcha peligro ojos cerrados sólo mirar hoja de bodhi peligro peligro no disecar atras adelante abismo no detener marchar marchar no adelante no atras marchar marchar sin mover loto blanco puro advenir medir corromper destruir atención atención ser sin ser loto blanco al mirar centro ilusión mente no buscar encontrar loto blanco florecer estallar no peligro no abismo no temer no camino loto blanco florecer en la mano no abismo aqui aqui ahora ahora contemplar contemplar no devenir estar estar florecer loto blanco luz de luna baña corazón, loto blanco purificar, no buscar fulgor loto blanco advenir no propósito encontrar encontrar luego perder perder loto blanco hablar quietud quietud marchar marchar vacuidad loto blanco vacuidad luz de luña baña corazon niño jugando aparecer entregar entregar no temor dejar ser existir existir sin ser no recordar loto blanco florecer contemplar contemplar niño vendrá niño vendrá matar dharma no temer dharma vacuidad no llenar no poseer poseer peligro olvidar olvidar luz de luna bañar corazon inmaculado cuidado no nacer ir buscar futuro peligro peligro invierno del loto blanco montaña preservar no mover ...

No he de hacer reproche alguno a quien afirme que el párrafo anterior que corresponde a un fragmento de la escritura original, es una insensatez, un extravío de la mente, cuando no un juego de palabras sin propósito ni sentido. Pero no es así, por el contrario, a mi juicio encierra un sentido. No sé si lo he podido plasmar con precisión en éste mi texto. También soy plenamente consciente que la conclusión a la que llegué es una posibilidad entre otras, una cara de un poliedro infinito, innumerable, inmortal. De allí que dejo al lector o lectora que extraiga de él su propio nectar, y de ser así, beba de esta copa embriagadora y cautivante.

Fatalmente convencionales buscamos en un ordenamiento del lenguaje, en una sintaxis y gramática predeterminadas un ancla para así crear un mundo permanente y predecible. Aquello que creemos que nos libera, fatalmente nos encadena. Consciente de ello continuaré mi intento de convertir el texto original en una narración predecible y lineal. Quizás así Occidente pueda entreveer algo de las riquezas que la escritura - a mi juicio- encierra.

Es el décimo quinto día del mes del pajaro del año del Caballo de Agua. Me encuentro aquí, en Lhasa, esperando el despliegue del gran thangka del Buda Sakyamuni, al pie de la colina donde se eleva el Monasterio Drepung. Como todos los años, una multitud de devotos espera pacientemente el acontecimiento. En mi caso, el motivo de mi presencia es distinto, no exactamente ajeno al ceremonial, pero desconocido por los que hoy me acompañan. No siento fatiga alguna, aun cuando mi travesía comenzó hace muchos años atrás. Por el contrario la frescura del rocío de la mañana es una analogía que describe perfectamente el estado de mi corazón. He conocido los laberintos secretos de la mente, sus fulgores y sus sombras, sus tiranías y sus libertades, sus espejismos y sus verdades, sus fantasías y sus realidades, sus delirios y sus corduras, sus éxtasis y sus horrores, sus desiertos y sus oasis. Más todo ello ha quedado atrás. No es fácil de explicar. Hoy es como si fuese la primera mañana de mi existencia. Ahora mi mente tiene la claridad del cielo abierto y luminoso que todo lo abarca.

Nuevamente me despido de Lhassa. La ceremonia ha terminado. No sé adonde me llevarán mis pasos. Es como si de pronto hubieran germinado en la tierra diez mil senderos que se pierden en la lejanía, se entrecruzan, se separan como las olas en el océano. Antes no podía verlos, mi ignorancia me cegaba. Ahora están aquí invitándome a recorrerlos. Eligo al azar uno de ellos y de algún modo presiento que me internado en un laberinto. Algunos conducen a la montaña, otros a Katmandú, otros al océano barrera infranqueable para un simple caminante como yo, muchos se internan en China, en la India, y así abarcan toda la geografía de Asia.

Y en un día como tantos, me veo vagando por un camino polvoriento, seco, que finaliza en un pequeño pueblo de apenas un centenar de moradores. Cruzo a un anciano de aspecto noble y reposado, que está sentado bajo un árbol en silencio. Su porte, su serenidad me impresionan. Hay algo lozano en él que no acierto a definir. Junto ambas manos, las elevo y me inclino. Sigo la marcha y encuentro a un mendigo recostado sobre un árbol a la vera del camino y al que le pregunto donde puedo hallar una fuente de agua donde calmar mi sed, a lo que áquel responde: "en la plaza del pueblo hay una fuente de agua donde puedes beber." Así es, pues al llegar al pequeño pueblo la encuentro. Bebo abundantemente. La noche se aproxima lentamente, la tarde parece resistirse a dar su adiós. Los colores del cielo se vuelven tenues, ricos en matices e íntimos a la vez. Por un momento todo parece estar suspendido en el vacío, frágil y efímero. Es hora de buscar una posada donde descansar.

Al encontrarla, observo que ésta es de dos plantas y de construcción sencilla, donde la madera es protagonista. La hiedra cubre las paredes en forma generosa y serpenteante. Las ventanas están entreabiertas, y respiran el fresco aire de la noche. Una luz difusa y tenue proviene del interior. Golpeo la puerta y luego de algunos segundos, ésta comienza a abrirse lentamente. Poco a poco una figura va cobrando forma y presencia. Es una anciana de cabello blanquísimo, sin arrugas en su rostro, curiosamente lozano y claro. Le digo que sé que allí, ella tiene por costumbre alojar visitantes que no tienen lugar donde pasar la noche, y que de concederme refugio le estaré agradecido al partir a la mañana. Sorpresivamente, sin contestarme, vuelve a entrar a la casa, dejando la puerta abierta. Dado el carácter débil de la luz no puedo ver el interior y por ende saber que está haciendo. Tan súbita y rapidamente como se alejó, vuelve y me dice. "Aquí no es tu morada, tu morada está aquí" y me entrega una flor de loto blanco. La sostengo en mi mano y la contemplo sin prisa...

Lentamente observo en su centro, en su corazón por así decirlo, en su íntima verdad, millares de flores de loto blanco que empiezan a emerger, entrecruzándose, reflejándose unas en otras de modo tal que cuando observo una las observo a todas en la compleja red que forman. Y en el centro de cada una de ellas la serena figura del Buda Maitreya, con una ligera sonrisa en su boca. Entro en la morada del loto blanco bañado en una luz etérea, donde un estanque de agua cristalina se extiende más allá de lo que mi vista puede alcanzar. Y en él me sumergo, dejandome llevar sin prisa ni meta alguna. Simplemente floto. Simplemente soy. Me acuno, me mezco.

Súbitamente veo emerger del agua, a los innumerables Budas y Bhodisattvas, que han sido, son y serán, entrando y saliendo de toda la infinidad de mundos posibles, en un vértigo, una suerte de danza cósmica embriagadora y extática. Soy testigo de la eternidad -ahora lo comprendo- en su simultaneidad plena de la míriada de seres e innumerables universos. El tiempo ha sido abolido. Millares de pétalos de loto de todos los colores imaginables comienzan a caer. Uno de ellos -de color azul- cae en mi mano. Lo contemplo. Entonces ante mi estupor, dicha y sorpresa veo la numerosidad de todos los universos: los que han sido y se fueron, los que son y pulsan, los que han de venir y aún no se insinuan. Cada uno de ellos está construído como un mandala. Veo la sonrisa del Buda Azul en cada uno de los centros (al menos presiento que lo son) en su inagotable numerosidad. Comprendo. Mi búsqueda ha sido insensata, una quimera, una ilusión de mi mente. El centro adonde anhelaba llegar estaba en todas partes y en ninguna, a tal punto que no puedo distinguirlo de la periferia. Centro y periferia son uno consigo mismos.

Estoy donde comencé, en el centro mismo del mandala. La otra cara de la misma moneda. El Nirvana que anida en el Samsara. Oculto -o quizás omnipresente- a la mirada habitual, pero íntimo, vivo y apasionado, simplemente a la espera de ser descubierto. Entonces una dicha tibia, indescriptible y exultante se apodera de mí. Han quedado atrás la soledad, la incertidumbre, la certeza, la ajenidad, la autoafirmación, la esperanza, el temor, la separatidad, las pasiones, la ignorancia, los deseos y engaños de la autoperpetuación, la búsqueda, el devenir, el sufrimiento, los mil rostros de mi rostro, la ilusión del camino y del centro. Sonrío y lo sé sin saberlo. Soy lo que siempre fui, oculto por el velo de mi ignorancia. He atravesado mi sombra. Ahora conozco mi destino en éste mi ciclo en el Samsara. Sé cual es mi misión en este efímero, amado, deshonrado, desgarrado y fragmentado mundo, pues soy el que es, fué y será: Avalokiteshvara, el Boddhisatva de la infinita compasión.

Temo que el lector o la lectora de haber llegado a este punto de la narración, vean en la última aseveración del iniciado una suerte de extravío mental indicadora de una pérdida de realidad, de una identificación grandiosa resultado de una expansión inmoderada del ego. Pero permítaseme ensayar una explicación propia apoyándome en los fundamentos del budismo. Todo ser humano es potencialmente un Buda, término que significa en su raíz sanscrita, el que despertó. Este despertar o iluminación significa que la mente se liberado de sí misma con su carga de error, parcialidad, ilusión, esperanza, temor o desesperación. Es en última instancia, la desaparición de la ignorancia sobre sí misma, de su esencia y fundamento. Por ende, es una experiencia transformadora interior, que permite la visión de la realidad última. En el caso del Boddhisatva, éste es alguien que una vez alcanzado el despertar, no se retira del mundo, sino por el contrario, se involucra profundamente en él, para ayudar a sus semejantes a alcanzar la iluminación.

De allí que el logro de ésta, no es mérito alguno, no es una experiencia trascendente o estado mísitico de dudosa condición, por el contrario es sólo un suceso, un ocurrir sorpresivo, algo que llega por sí mismo y que no otorga distinción alguna a aquel que le toque en suerte, lo cual no es de sorprender, pues tal estado es la superación de los opuestos o dualidades, bueno o malo, superior o inferior, mejor o peor, rico o pobre y así. De este modo no es aventurado suponer que en el texto, aparezcan innumerables Budas, quizás la dueña de la posada, quizás un mendigo, quizas el anciano y porqué no, uno de los aterradores guardias que custodian las puertas en el mundo del devenir del mandala.

En lo que a mí concierne, creo que el iniciado en su larga travesía, encuentra una vasta cantidad de iluminados, seres anónimos y desconocidos. Son encuentros breves, fugaces, como el pasaje de las efímeras nubes por el cielo. El protagonista ve en ellos un algo, un destello, un fulgor momentáneo, que no reconoce, que no acierta a identificar, pero que intuye que es la puerta a un florecer del loto blanco en su corazón. Serían encuentros similares a los que todos habitualmente experimentamos en una ciudad, cuando por ejemplo cruzamos a alguien y nunca más lo vemos. Quizás haya en ese alguien un Buda latiendo. En el carácter efímero e impermanente de ese encuentro reside su propia grandeza. Si nos detuvieramos a platicar con él o ella, e intentaramos establecer una relación la budeidad desaparecía inmediatamente, dejándonos prisioneros nuevamente del inexorable giro de la rueda del Samsara.

Me he alejado momentáneamente del texto que intento esclarecer y transmitir. Una suerte de impulso pedagógico se ha apoderado de mi pluma. He de advertir sin embargo que el original no contiene elemento alguno de esa naturaleza. Nada quiere enseñar ni predicar. Es sólo un continuo e indetenible devenir que se rehusa a ser testimonial o argumentativo por cierto. Parecería que el propósito que guía al autor o autores es sólo un fluir perpetuo, un fuego que se consume mientras avanza, un curso de agua que se diluye al discurrir. Quizás el creador sea un músico -a la manera de algunos altos maestros de Occidente- que utiliza la técnica de fortspinnung de Bach, o como el cantus firmus que se repite una y otra vez en la obra de los flamencos donde está presente la simbología o la técnica utilizada por Schoenberg en su Klangfarbenmelodie. De allí que el texto parece no tener un final, como es tradicional en toda escritura. Quizás el final (descartado su carácter de convencionalismo) no sea más que una puerta abierta a otra realidad y que el verdadero sentido -la perla de las perlas- esté en lo no escrito, en ese silencio que se apodera de la mente luego de leerlo. No lo sé. Sólo me queda proseguir con mi labor de divulgador.

El número nepalí ek visita mis sueños una y otra vez. Noche tras noche, con insistencia, pulsante y urgente. Como si se tratase de un vortex que me arrastra hacia su centro. Me siento inquieto, deseo liberarme de él. No comprendo porqué no puedo desterrarlo de mi mente. Entono mantras antes de dormir, medito, me preparo cada noche para expulsarlo, pero fracaso. Vuelve indetenible como un torrente de agua que fluye sin cesar, como el sol que cada día nos alumbra, como la estrella matutina con su fulgor intenso, como la inmutable montaña que se sostiene a sí misma. Es como si me llamase, como si me hiciese señas, como si quisiera transmitirme algo. Entonces decido entregarme a él, a conocerlo, amarlo único modo de comprender el sentido de porqué pulsa en mi mente. Adentro ceder y afuera perseverar. Entonces se presenta la solución. El número ek -el número uno-, que simboliza la unidad, es el que está cuidadosamente pintado debajo de los ojos del Buda, en la stupa de Swayambunath. Allí he de dirigir mis pasos.

Amanece en Kathmandu. Ya se escucha el murmullo de las oraciones de los devotos y peregrinos en la stupa, que depositan sus ofrendas. Hago girar las ruedas de oración situadas en los muros de la puerta de entrada. Con mis dos manos también hago girar la gigantesca rueda de oración que se encuentra dentro de aquella. Es pesada pero sé que la riqueza de sus plegarias ascenderán a los cielos. Veo a mujeres postrandose ante las tres coloridas estatuas del Buda en la posición de meditación. Comienzo a subir la larga escalinata que conduce a la stupa colina arriba. Al llegar a la cima contemplo el Vajra gigante con emoción y recogimiento. No es su tamaño el motivo de mi sentir, sino su majestuosidad y significado. Es como si de algún modo mi mente comenzara a aquietarse.

Me detengo en la stupa propiamente dicha, en su núcleo y corazón. Sobre un gran hemisferio, se apoya un cubo, en cuyas caras se representan los ojos del Buda, y el número ek, simbolo de la unidad, y de la única vía hacia el despertar a través del Dharma. Sobre el mismo y en color dorado, observo los trece discos que representan las trece etapas del camino hacia la iluminación, rematada por una forma de parasol que representa el despertar final, el centro de los centros. Mientras observo, previa una inclinación ante el Buda, los monos saltan aquí y allá, interrumpiendo a veces mi concentración. Sé lo que representan: el pensamiento con su inquietud, fluctuación y capricho, que omnipresente en nuestras mentes es el verdadero intruso, la barrera hacia la meta final. Simplemente no dejo que se interpongan en mi contemplación, los aparto de mi conciencia, como quien barre las hojas caídas de un árbol.

Me concentro en el tercer ojo, que simboliza la sabiduría del Buda, que todo lo abarca.



por Carlos Fleitas
agosto 2003-?

Fuentes
Himalayan Art
Himalayan Art:Museums Exhibition World Wide
Tibetan Religious Thangkas and their Religious Significance by Tulku Thondup 
Buddhist Artifacts as the Support of Spiritual Realization by Tulku Thondup 
Visual Dharma: The Buddhist Art of Tibet by Chogyam Trungpa Rinpoche 
Tibetan Calendar
Elias Caprile:Mandala Tibetano