| Home |
ImpermanenciaAntes de morir, el Buda preguntó a sus discípulos si tenían alguna última interrogante que hacerle. Los discípulos permanecieron en silencio. Y entonces, el Buda dijo sus últimas palabras: "Todas las cosas condicionadas son impermanentes. Busquen su salvación diligentemente!. Y esta afirmación, a manera de un legado a sus discípulos y a toda la humanidad, contiene el corazón de su enseñanza. Anitya, es decir: la impermanencia o transitoriedad de todas las cosas... En el período clásico de la historia del Japón, se acuño el término Aware, que significa sensibilidad, sensibilidad ante la transitoriedad de las cosas. El cerezo blanco que florece y declina, las nubes que forman tenues trazos en el cielo y se van, los cantos rodados que el mar envuelve y se lleva, las hojas marrones que en otoño se aferran a los árboles para desaparecer inevitablemente, en fin, la vida misma, breve e inasible, que reverbera sólo fugazmente para eclipsarse en la muerte. Pero en su esencia Aware es nostalgia, la etérea y tibia tristeza por lo que se despliega, flota por un momento y huye para siempre del Ser. Así en "La Historia de Genji", clásico de la literatura de esa época, escrito por una dama de la Corte la Sra. Murasaki Shikibu, el protagonista percibe la realidad como una serie de apariencias cambiantes y evanescentes que evocan en él la impermanencia de las cosas. Y concluye que "el sonido de las campanas del templo de Heian proclama la fugacidad de todas las cosas" (1) Todo es efímero y la propia realidad algo ilusorio, vacuidad pura, el sunyata de la enseñanza del Buda. Pero esta vacuidad en el Budismo no es un concepto, es una experiencia directa, innombrable y evidente. Cuando en el Sutra del Corazón el Buda habla de la misma, la define por una ausencia de Ser, por una negatividad, es decir por lo que no es: "no hay ojo, oreja, nariz, lengua, cuerpo, mente,...no hay ignorancia, no hay fin de la ignorancia, no hay vejez y muerte, no hay fin de la vejez o la muerte, no hay sufrimiento, no hay cese del sufrimiento..." Todo lo que aparece como existente es impermanente, no es eterno, ni continuo. Es en ese sentido que el mundo es irreal para el Budismo. Irreal, no porque sea algo así como una ilusión óptica, o que los cosas no existan fuera de nuestra mente. Irreal porque creemos, que lo que se manifiesta es permanente, o más precisamente, por el deseo de que lo sea. En este sentido el deseo de permanencia triunfa de algun modo, en contra de toda evidencia. Es la tendencia del yo a cristalizar la fluencia y la fugacidad del mundo, inclusive a él mismo. Es el intento de capturar aquello a lo que nos apegamos e inmovilizamos para sacarlo de la corriente de la transitoriedad, es la sed de existencia la que crea un mundo donde en apariencia todo pervive, ocultando la clave final: su vacuidad... Vacuidad. Experiencia última que es también evocada en el período clásico por el Budismo Shingon, liderado por Kukai, en quien la transitoriedad es no solamente conciencia aguda, sino también convicción serena y liberadora. De su pincel surgen no sólo imágenes plásticas sino poesía, que antes que gesto estético, es enseñanza y doctrina: "Contemplando un solemne castillo, repleto de caballos, hombres y mujeres, los tontos lo toman como realidad. Los sabios conocen su vacuidad, y que pasarán con el tiempo. Patios celestiales, templos, palacios terrenos, alguna vez parecieron reales, pero retornaron a la nada. Cómicos, infantiles son aquellos que se extravían: no ameis ciegamente. Meditad seriamente y pronto habitareís en la Talidad del Palacio de la Esidad." (2) Y los poetas del Heian al destilar y cultivar la quintaesencia del sentimiento de nostalgia ante la impermanencia de las cosas, fundaron una estética, que tiene como divinidad el instante inapresable y soberano. Recreación de un mundo lleno de frágilidad, como una pompa de jabón, donde el Arte es sólo una captura de lo que continuamente escapa a nuestra mirada y a la permanencia como objeto de deseo. Intento último de mitigar la despedida de lo existente, muchas veces amado y apetecido, fijándolo en la expresión poetica o pictórica, es decir, en la memoria objetivada, pero con el perpetuo percutir de los versos que escribió Rainer Maria Rilke: "nuestra vida es una eterna despedida"... Y éste leit-motiv es de alguna modo un gesto desesperado, como lo es quizás todo el Arte Japonés. Un juego suspendido en la conciencia de la vacuidad, de la fragilidad y fugacidad de las cosas. Un juego que es la esencia misma de la lucidez y de la iluminación, porque reconoce y percibe la misma. Respuesta llevada al plano del arte, de ese mundo intermedio entre lo real como ausencia y la recreacion de lo irreal que llena el vacío percibido. Irrealidad real como ninguna, sólo que consciente de sí misma. Afirmación final de la vida en toda su belleza y esplendor, fijando lo que huye al Ser en la recreación del mismo, para luego entregarlo al destino de su definitiva despedida. Y es en el Ukiyo-e del Período Edo, que encontramos una conciencia renovada de la transitoriedad. Mas sobría si, menos efusiva y explicita que en el Heian, pero tan aguda y reveladora como ésta e impresa en su propio nombre: Ukiyo-e: Imágenes del Mundo que Flota. Así en el arte de Hokusai, de Sharaku, de Kitagawa, de los dos Hiroshige, encontrámos una estática persistente, detención, congelamiento del instante para perpetuarlo. De este modo, sacándolo de la corriente del río de la fugacidad, es posible sostener el mundo y recrearlo. Memoria que como ninguna otra, es conciencia plena de la vacuidad. Memoria cultivada como el último nexo: como el último puerto del adiós.
|
| Home |