Sonata en la mayor


Si la sonata en la mayor de Schubert no hubiese sido encontrada, el mundo sería el mismo sin duda, pero se habría perdido la posibilidad de que fuese otro para siempre, lo que no importa al fin, pues también es cierto que existe como mundo probable -enigmático y secreto- más allá del alcance de nuestra mente y de la razón, me dijo. No sé si esta afirmación, no era más que otra de sus extravagantes invenciones destinadas a sorprender al interlocutor o encerraban algún orden de verdad que escapaba al primer examen. Sólo años más tarde, pude comprender el verdadero sentido de las mismas. Pretendían abrir una brecha en la mente para prepararla, esta vez sí, a que accediera a un orden de realidad problemático, contrario a todos los hábitos pensantes que consideramos como irrefutables. Pues el propio contenido de lo que afirmaba, era ya, un primer hilo conductor a lo que vendría. Lo que sucede es que una aseveración como la que realizaba, estaba premeditadamente incompleta y descontextuada, siendo por ello percibida por su interlocutor como una insensatez.

La alusión a la sonata de Schubert era ocasional, pues acabábamos de escucharla. Si hubiésemos estado contemplado las nubes en su efímero pasaje por el cielo, la alusión se hubiera referido a ellas o a cualquier detalle del paisaje circundante, ya fuese una hoja, un insecto o un guijarro. Nos encontrábamos en una de las habitaciones de una casa rodeada de un bosque natural, donde la caída de una cascada acompañaba el canto de los pájaros. A través de la ventana llegaba hasta nosotros la última luz del día, generosa y tenue. Mi interlocutor era algo así como un perpetuo explorador de provincias inusuales a nuestros sentidos, pero a falta de paciencia para poner por escrito sus indagaciones y reflexiones, sólo las comunicaba a aquellos que, atraídos por su elocuente intelecto, lo visitaban para beber de la ambrosía de los dioses, al menos un trago.

Imaginemos por un momento a un Universo, que contenga a todos los Universos posibles en el que el nuestro sea sólo uno de ellos, continuó diciendo. Es sencillo inferir que en uno de sus innumerables mundos, hay un Universo exactamente igual al nuestro en el que la sonata de Schubert no fue encontrada y por ende ésta conversación tampoco estaría ocurriendo. Si proseguimos, llegaremos a la conclusión de que este Universo Total contiene todas las posibilidades imaginables. En él están plegados todos los mundos posibles que divergen entre sí por cuestiones de detalles, como es el caso del Universo sin la sonata de Schubert. Y lo que es más, cada uno de sus mundos se repite en forma monótona infinidad de veces. De algún modo pues esta conversación es sólo un eco de la misma que sostenemos una y otra vez en millares de mundos como éste en el que transcurre nuestro diálogo.

Pero este Universo que contiene a todos los otros supone, si nos guiamos por nuestra lógica habitual, la noción del tiempo como sucesión. Hay mundos que surgen y desaparecen, hay pérdida y nostalgia para la mente humana. En el presente del tiempo pensado como sucesión, habita el pasado y la incertidumbre del futuro, por ende el miedo primordial, tan oculto a veces que no logramos reconocerlo. En este Universo que es la suma total de todas las posibilidades de Universos posibles tanto como imposibles, hay nacimiento y muerte, por lo tanto desdicha y sufrimiento. En este Universo hay memoria, pues en él la mente humana es tiempo sucesivo, por lo tanto temor y esclavitud. Este Universo de Universos es efímero, exquisitamente fluente y está en una continua despedida, si nos atenemos a la ley de que su tiempo es la sucesión.

Mientras hablaba la luz del día había desaparecido lenta e irremediablemente. No sé si por influjo de su conversación o de mi carácter, sentí la tibia llama de la nostalgia. Recordé que uno de los personajes de la Historia del Genji , al escuchar las campanas de un templo cercano, reflexiona que éstas simbolizan la fugacidad de todas las cosas. Aware, término que los japoneses crearon para describir este sentimiento, tan delicado y complejo, de la nostalgia por aquello que para siempre se ha ido y nunca volverá...Conciencia de lo efímero de todas las cosas, sí, pero también sentimiento que presupone una mente que, agobiada por la memoria, utiliza como fundamento el tiempo como sucesión.

¿Y si éste no fuese más que una creación de la mente humana, del pensamiento, y por ende una falacia más en la historia de las búsquedas del intelecto?, preguntó. Si así fuese vivimos en un mundo fenoménico de apariencias, de engaño e ilusión. Por lo tanto debemos suponer que existe otra posibilidad. Un Universo total donde el tiempo como sucesión no existe y sólo se sustenta en un perpetuo ahora, atemporal y fundante. En este Universo no habría nacimiento ni muerte, memoria o sucesión. La nostalgia, que siempre puede convertirse en una afición, nunca nos visitaría. Ud. sería un perpetuo desconocido, que mi mente una y otra vez percibiría como una deleitable novedad, así como Ud. a mí. Ud. sería siempre distinto, y en puridad, siempre otro, como yo y todos los demás. No habría deterioro, pérdida ni desaparición, fenómenos ligados a la memoria y a su persistencia. Sólo instante, tras instante, tras instante.

Una realidad última tal se asemeja a la técnica de construcción de la tercera de las piezas para orquesta de Schönberg. Allí el Maestro, tan incomprendido, como lúcido e irrefutable, resume hasta ese momento su búsqueda relativa a un elemento frecuentemente desatendido en la música: el timbre. En esta pieza presenta sucesiones de acordes iguales, cada una con diversas variaciones de timbre. ¿Y como lo logra? Reemplazando a través del desarrollo los instrumentos: el primer acorde lo ejecutan dos flautas, un clarinete, un fagot y un cello. Cuatro de ellos son rápidamente reemplazados por otros instrumentos, de tal manera que como anota el propio Schönberg: "los acordes deben cambiar tan suavemente que no se perciba ningún tipo de énfasis en las entradas instrumentales, de forma que el cambio no se perciba más que a través de un nuevo color". Es una música que se regenera a sí misma desde el punto de vista del timbre, novedosa e incesante que parece no tener principio ni fín. Siempre diferente pero siempre igual a sí misma, efímera y fluyente, pero basal y fundante.

Un Universo así, sin antes ni después, sin nacimiento ni muerte, donde nunca somos idénticos a nosotros mismos, si no que somos continuamente otros, me parece una monotonía intolerable, le dije. A pesar de que habría novedad, Ud. no la percibiría como tal ya que no tendría memoria y la novedad es hija de la comparación, continué argumentando. No habría continuidad alguna, ni siquiera olvido que es el bálsamo de la memoria tal como la conocemos. Para la mente este Universo total, sería como un río que se seca a medida que avanza, un fuego que se apaga a medida que arde. Sólo el perpetuo ahora, para nada inquietante, lo que le resta interés y emoción. No habría apego, ni pérdida, ni acumulación. Un existir, que sería sólo eso, ser, en un insobornable presente y nada más. Una realidad absoluta y tiránica, concluí.

Mi interlocutor no me respondió inmediatamente. Dado que era muy aficionado a los puros, se había entretenido en el ritual de encender uno. Exhaló el humo en forma de pequeños círculos, cuidadosamente moldeados. Por el contrario, continuó, es el Universo más intenso y apasionado que pueda imaginarse. Es perpetuamente vibrante y conmovedor. En él es imposible la desilusión, pues no hay comparación posible. Todo lo que acontece es único e irrecuperable. El canto de un ruiseñor sería percibido sin distorsión alguna por el recuerdo de otro canto, una gota de rocío sería un éxtasis inimaginable. Al no existir la memoria, que es el resultado del tiempo sucesivo y de la acumulación, no habría medida ni comparación y por ende no existiría la elección, que lleva en sí el germen del conflicto o más precisamente de la dualidad. No habría alto o bajo, placer o displacer psíquicos, alegría o pena, anhelo o nostalgia. Un Universo extremadamente exquisito si sólo nos queda la percepción. Piense en una hoja de árbol, en un grano de trigo, en los colores del amanecer, vistos siempre como si fuese la primera vez. Porque decir que es un Universo en la cual la mente se ha liberado del tiempo como sucesión, es lo mismo que decir que se ha liberado del pensamiento, y por ende de las representaciones mentales.

En él la simultaneidad sería la regla, todo sucede ahora y no hay más. Contiene la suma total del tiempo en este preciso momento. Es un Universo que la mente humana puede percibir si lo intenta, diferente por completo al que piensa que percibe, que es una creación de la misma, por medio del auxilio de la representación. Sin embargo, el Universo relativo o sea el creado por la mente, donde el tiempo es sucesión, es también un Universo existente ya que no podemos negar su realidad, al menos psíquica e ilusoria. Pero el Universo absoluto es de otro orden, de una distinta construcción y éste no es creación del ser humano. La mente puede por momentos confundirse y pensar que aquel que ha creado es el verdadero, el real y sustancial, cuando existe la posibilidad de que no sea tal, como he tratado de explicárselo a Ud..

He procedido arbitrariamente, utilizando el análisis para comunicarle este orden de realidad tan contrario -aparentemente- a los hechos, continuó diciendo. Porque el Universo absoluto tiene otras cualidades que también lo tornan algo extraño para una mente que sólo ha decidido confiar en sí misma, en la apariencia y en la ilusión. Este Universo absoluto o la realidad última si Ud. así lo prefiere, es de tal modo, que un instante equivale a todas las posibles unidades de tiempo, y en donde todas las unidades de tiempo imaginables entran en un solo instante. Por ejemplo, en un momento o instante, están contenidos cien, mil, millones, trillones de años y todos ellos son a su vez un instante, sin dejar de ser lo que son. De allí que un instante contenga todo el presente, pasado y futuro a la vez, en forma simultánea. Una región del espacio contiene todas las regiones y todas las regiones contienen a una misma región. Espacio y Tiempo se interpenetran de modo tal que no es posible distinguir uno del otro.

Así también con la Unidad y la Multiplicidad, la parte y el todo, ya que en él la parte no sólo pertenece al todo, sino que lo contiene y no se diferencia de él. Aquello que aparece como parte, no sólo contiene al Todo, sino que a su vez es el Todo. En un Mundo están todos los mundos y todos los mundos están contenidos en un solo Mundo. Y todo esto que podríamos considerar como una mutua interpenetración e interconexión permite la discriminación, es decir, que todos los mundos incluidos en cada uno de ellos, todas las unidades de tiempo incluidas en un instante y todas las regiones del espacio que se encuentran incluidas en cada una de ellas y en todas ellas, no pierden su individualidad ni sus diferencias, sus más exquisitos detalles y fiorituras.

Llegado a este punto, acordamos continuar nuestra conversación al día siguiente. La noche era generosa de estrellas, íntima y a la vez inaccesible y misteriosa. A medida que caminaba por el largo sendero que conducía al camino principal, la majestuosidad de la bóveda celeste parecía acentuar las palabras de mi amigo. Un silencio intenso, que me resultó el eco del misterio de los mundos y de la creación, era el amo del paisaje. La luna en lo alto, proyectaba su luz en los árboles y arbustos del bosque, lo que acentuaba el carácter evanescente del paisaje. Por un momento me pareció que toda la Tierra estaba suspendida en el espacio por un instante, con fragilidad, elegancia y transitoriedad. Pero una duda me inquietaba. La cautivante exposición de mi amigo, ¿acaso no sería mas que un artificio, un juego literario exquisito que utilizaba sutilmente la paradoja, cuando no la anáfora, el pleonasmo, el oxímoron y otros artificios retóricos?. ¿Un fascinante despliegue de fuegos artificiales, que tenían por objetivo crear una ilusión, una irrealidad de apariencia real y sustantiva.? ¿Un acto más cercano a la prestidigitación, a las ilusiones provocadas por un mago, que a una reflexión sustentable por la razón?

Al llegar por la mañana lo encontré revisando su biblioteca, seguramente en busca de algún libro o documento. Escogió uno y lo puso sobre una pequeña mesa redonda que se encontraba a un costado del sillón donde se sentaba. ¿Recuerda Ud. a William Blake?, preguntó. Le contesté que sí, pero que sus visiones me parecían algo desconcertantes ya que nunca las había entendido en profundidad. No es necesario que se esfuerce en comprenderlo, respondió. Voy a citarle una de sus poesías y su mente se abrirá: "Ver el mundo en un grano de arena y los cielos en una flor silvestre, tener al infinito en la palma de la mano y en una hora la eternidad." ¿Acaso no es esto el compendio de lo que he estado diciendo? Pero permítame adelantarme a una objeción frecuente. Usted puede argumentar que son meras imaginerias poéticas y que no contienen evidencia sustentable. Lo que sucede es que he tomado una dirección distinta en mis reflexiones, que tienen como suelo las visiones poéticas y las de la conciencia iluminada. Le sorprendería comprobar que en antiquísimos mitos, leyendas y escrituras sapienciales se encuentra el contenido y fundamento de todo lo que hemos examinado.

No quiero, continuó diciendo, ser escandalosamente contemporáneo pues cuando nos declaramos tales, nos volvemos sospechosos de ignorancia. Ya que también es posible sustentar todo lo afirmado recurriendo por ejemplo, a David Bohm con su modelo del orden implicado, a las leyes de la física cuántica con sus formulaciones sobre las características insólitas de las partículas sub-atómicas, al holograma, a Karl Pribram con su modelo holístico del cerebro y en su inquietante afirmación de una estructura anatomo-funcional que sería la sede la conciencia trascendental, capaz de percibir realidades de un orden distinto del que nuestra conciencia habitual observa. Un estado mental radicalmente diverso que sería aquel de los místicos y visionarios. Como ve, la ciencia no es ajena a ellos, sino por el contrario, es capaz de nutrirse e inspirarse en las revelaciones de esos estados mentales inhabituales, como ha sucedido en los últimos años.

A esta altura de nuestro diálogo o más precisamente del monólogo de mi amigo, mi escepticismo había llegado a su punto más alto. Su cosmología me pareció un osado vuelo a regiones donde la imaginación va sutilmente desplazando al mundo real, cuando no, un refinado ejercicio intelectual carente de todo anclaje con los hechos. Reconozco que era cautivante y profunda, sumamente persuasiva para un espíritu no alerta, pero nada más que una de las tantas cosmologías que ha creado el pensamiento humano, destinada como todas a ser sustituida por otra. Una posibilidad entre muchas, que dado el carácter vivaz y elocuente de mi amigo, podía por un momento, transformarse en una certeza. Ni siquiera el recurso a su cientificidad, lograron quebrar mi descreimiento.

El día se había ido despidiendo sin que lo advirtiera. El atardecer era lento, pero lleno de una intensa actividad. Los colores se transformaban unos en otros, cada vez más leves y fugaces. El bosque iba adquiriendo una cualidad misteriosa en su tránsito hacia la noche. El juego de luces y sombras se volvía cada vez más inasible a medida que la oscuridad se adueñaba del paisaje, adquiriendo un matiz etéreo en su adiós. Me despedí y convinimos continuar nuestro encuentro en un futuro próximo, ya que a la mañana siguiente debía tomar un avión a Santiago de Chile, desde donde partiría hacia el Observatorio de Cerro Tololo en el cual me desempeñaba como experto asociado en un proyecto de investigación astronómica. Por un momento intuí que toda promesa es un acto de fé, pues supone la certeza de un futuro y por lo tanto de la incertidumbre. Quizás esta reflexión habría divertido a mi amigo, pues de alguna manera era un retoño de sus pensamientos .

Pasaron varios años sin que pudiera concretar el encuentro con él. Mis ocupaciones como investigador en el proyecto internacional sobre los quasars, me llevaron por todo el mundo a los distintos observatorios que formaban parte del mismo. En mi tiempo libre -que era escaso- practicaba algún deporte y leía libros que compraba en pequeñas y poco frecuentadas librerías de libros usados, ya que siempre estaba en busca de algún ejemplar único del que su dueño se hubiese desprendido y que fuese una obra inobjetable y extremadamente cuidada. La edición contemporánea me parecía siempre poco original y más el resultado del industrialismo desenfrenado, que tanto daño ha causado a la naturaleza y a la mente humana, que a la que, por el contrario, veía en el libro una materia prima para una obra de arte total, además del mero hecho de reproducir una escritura cualquiera.

Hay un momento, en la vida de todo ser humano, en el cual el más profundo sentido de sí y del mundo le son revelados. Es solamente un suceso aparentemente casual que parece filtrarse en la realidad cotidiana, sin que lo convoquemos. Ahora sé de esa brecha que conecta los mundos entre sí y con la mente humana. Pues en una de las tantas librerías de Buenos Aires, adquirí un libro ilustrado con los Ukiyo-e de uno de mis maestros favoritos. Al llegar a mi casa comencé a hojearlo en forma casual. En una de sus páginas encontré un manuscrito, cuidadosamente plegado, redactado en inglés con esmerada caligrafía y letra pequeña. Lleno de curiosidad comencé a leerlo de inmediato. Ante mi estupor, mi sorpresa y mi júbilo, pude contemplar -sólo por un instante- el secreto de los mundos, mi imposible rostro, el suyo y el de todos, liberados de toda máscara y engaño. Sólo me queda presentar ante un improbable lector de estas líneas, el manuscrito que para mi dicha o mi desgracia encontró mi destino.

"El monzón del verano ha pasado. Avanzamos lentamente por la planicie formando un grupo numeroso. Nos dirigimos hacia Borobudur, el templo budista, aquí en Java Central. El día es caluroso y recién comienza. Envuelto en una túnica sencilla, soy uno de los tantos peregrinos que subirán la montaña sagrada, en busca de la liberación final. Pues completado el ascenso hasta llegar a su cima, quizás, si he seguido las diez etapas de la acumulación de la virtud, con el auxilio de la apropiada meditación, habré alcanzado mi propósito. Será pues éste mi último día como prisionero de la rueda del devenir del karma, pero también el primer día en que mis ojos dejarán atrás el mundo de los opuestos, de la forma, del anhelo y la ilusión. Sé que el deseo de lograrlo puede enturbiar mi meta, como el barro al agua cristalina. Sólo puedo confiar que en su infinita compasión, el Buda purifique mi mente y mi corazón.

Quizás he obrado con prisa y con cierto descuido al llamar a Borobudur un templo. Excusadme, soy un ser humano como cualquier otro, sujeto al error y la imprecisión. Pues Borobudur no es un templo, es a la vez un centro de peregrinación, una stupa, un mándala, una vía a la iluminación y una representación simbólica de las tres esferas o divisiones del Universo: Kamadhatu, la del deseo, en la que estamos encadenados a la codicia, Rupadhatu la de la forma, en la que nos hemos liberado de la codicia, pero aún sin trascender el mundo material y Arupadhatu, la de la ausencia de forma, donde el espíritu se ha liberado de todo apego mundano. Rectificada así mi ligereza, puedo pasar a describir sucintamente las características de Borobudur, no sin antes advertir que estas líneas serán sólo un menguado reflejo de su riqueza y perfección.

Su construcción corresponde a la de una pirámide escalonada a cielo abierto, con cinco niveles o terrazas en cuyas galerías se encuentran representadas diversas escenas, siendo la de la base aquellas que ejemplifican el mundo del karma, seguida en forma ascendente por las de la vida del Buda, de los Jatakas, de la vida de Bodhisattvas y finalmente las que ilustran la épica espiritual de Sudhana, extraídas del Gandavyuha Sutra. Los últimos tres niveles están construidos en forma circular en las que 72 stupas, con una imagen del Buda en su interior, conforman su diseño rodeando la stupa que remata la construcción y que no contiene representación alguna. El ascenso hasta la stupa final se realiza por la escalinata labrada en la piedra.

Ya estamos cerca. Un silencio intenso, casi apasionado, se adueña del paisaje. Caminamos lentamente, sin prisa, aquí donde el cielo parece contenerlo todo, en un mundo sin tiempo ni fronteras. Algunos visitantes de Occidente, acalorados y curiosos visitan las terrazas y la stupa. En cuanto a mí, he recorrido el camino entonando rítmicamente y en voz baja fragmentos de los Sutras que más me han inspirado, a veces conmovido, -debo confesarlo- que a la manera de mantras me preparan para la ascensión. Y por momentos me sorprendo de estar aquí, hoy, en un día como tantos otros, a miles de kilómetros del lugar donde nací.

Vine al mundo en Chicago, en la madrugada de un día de noviembre de 1942. Siendo niño tuve escasa conciencia de los años de guerra que envolvieron a mi nación. Mientras los frentes Europeos y del Pacífico ardían en el horror del combate, yo jugaba y corría por doquier, en una dicha que sólo es reservada a la mente infantil temprana. Al cumplir los 18 años, me establecí en San Francisco para completar mis estudios en Ingeniería Eléctrica, que nunca finalicé, pues los acontecimientos de la década del sesenta en mi país, cambiarían para siempre mis planes o mejor dicho: me llevarían por la senda de mi verdadero destino que aún desconocía.

Mi vida era una exploración continua. No tenía un rumbo fijo, pues todo era parte de una deliciosa bohemia. Leía con voracidad todo tipo de literatura, en particular poesía y filosofía oriental. Recuerdo la intensa impresión que causó en mi la obra de Jack Kerouac, en sus novelas "The Dharma Bums", "Big South" y "On the Road" y en sus iluminados haiku, el Riprap de Gary Sneider, las visiones de Allen Ginsberg en su "Sunflower Sutra" y su recurrente inspiración en William Blake.

Pronto comencé a interesarme en los Sutras. No sólo en virtud de su sabiduría, sino también de su honda poética. Encontraba en ellos no sólo virtud, sino una exquisita belleza de expresión, poco frecuente en los textos sacros de Occidente. Como ejercicio matinal entonaba siempre un fragmento de los mismos, a fin de impregnarme de su sonoridad y enseñanzas. No diré que mi vida cambió radicalmente por efecto del interés que en mí despertaron, pero algo comenzó a moverse, lentamente al principio, para convertirse luego en una energía vibrante y fresca.

Por ese entonces llegó a mis manos el Avatamsaka Sutra, el que para muchos de los seguidores del "flower power" y de la generación beat, constituía una fuente de visiones inagotable, que parecía superar en mucho aquellas obtenidas mediante el ácido o el peyote. Entre los Sutras que lo componen fue el Gandavyuha el que fascinó mi mente. En él básicamente se narra la épica espiritual de Sudhana en busca de la verdad última. En el texto es presentado como el hijo de un mercader y como un niño, mientras que la tradición lo presenta como un joven noble o un príncipe. Viaja solo y encuentra en su camino a cincuenta y tres maestros que lo van auxiliando a lograr su propósito. Siendo el Sutra de origen Mahayana, Sudhana, en última instancia, representa la posibilidad de todo ser humano de alcanzar la budeidad latente en el corazón de todos, oculta por la percepción errónea de nosotros mismos y de la realidad.

Pude intuir -dada mi limitada comprensión para interpretarlas- que se trataba de una escritura de extraordinaria profundidad y riqueza de sucesos, que cautivaba a quien se acercaba a ella con desprejuiciado interés, brindando además, una visión cósmica -por así decirlo- de la naturaleza última de la realidad. Y ésta -a su vez- era descripta de un modo tan exquisito y a la vez tan enigmático, que se acercaba a aquellas de los místicos, al bosquejar realidades más allá del espacio y el tiempo convencionales, siendo la nuestra, en comparación con las del Sutra, extremadamente rudimentaria y simple. No sabía entonces, como luego lo supe, que en esta escritura pulsaba el secreto de mis días, de los de todos los otros, de la identidad y diversidad del micro y macrocosmos, del secreto de los mundos, de la sorpresa, la paradoja y la revelación.

Entretenido en mis pensamientos, no había reparado que habíamos llegado a Borobudur. Allí estaba, majestuoso y sereno. Como es la costumbre, rodeamos tres veces el monumento, para luego comenzar el ascenso escalón por escalón hasta la cima, a la cual no todos se aventurarían. En mi caso anhelaba llegar hasta las galerías de la tercera y cuarta de las terrazas para contemplar los relieves de la historia de Sudhana que serían mi último auxilio contemplativo antes de arribar a la stupa final. Pero descuidar la representación de la vida del Buda y de los Jatakas en las primeras terrazas era imposible. Sus imágenes están cargadas de un sentido tan profundo, que van creando la atmósfera apropiada para el espíritu que se prepara para llegar a la cima.

Al llegar a las terrazas que en sus galerías contienen la épica de Sudhana, las recorro sin prisa admirando sus imágenes, deteniéndome en la que considero la más significativa e intrigante. Es aquella en la que Sudhana llega a la Torre Vairocana y se encuentra con el Bodhisattva Maitreya y su séquito, quien advirtiendo la nobleza del corazón del viajero, lo elogia frente a todos. Sudhana comprende que ha llegado a un mundo diferente del que conocen sus sentidos. Entonces pide a Maitreya que abra la puerta de la Torre a lo cual aquel accede. El viajero cruza el umbral y le son revelados los secretos de la realidad última en una serie de visiones esplendentes y desconcertantes. Comprende entonces, en medio de la presencia de todos los Budas y Bodhisattvas, pasados, presentes y futuros, que el misterio de los mundos le ha sido entregado.

La tarde se ha ido alejando gentilmente mientras completo la ascensión al llegar a las 72 stupas del nivel superior. Las rodeo lentamente admirando las representaciones del Buda en su interior hasta que llego a la que corona el monumento que está vacía de imagen. Me siento frente a ella con las piernas cruzadas imitando la posición del Buda. Aquí estoy, mientras la noche llega con su cielo estrellado y su misterio. Sé, tras años de intensa meditación, que la purificación de la mente y corazón, son la verdadera vía a la iluminación. Comienzo pues a ingresar en un estado de honda concentración y serenidad. Mi respiración va volviéndose cada vez más lenta y empiezo a perder la sensación de pesantez de mi cuerpo. Es como si flotase sin rumbo ni destino, como una nube en el cielo a la que sólo el viento lleva. Lentamente mi mirada empieza a percibir una forma algo borrosa que parece llegar desde las profundidades de la stupa vacía. Como si se dirigiese hacia mí, la figura comienza a hacerse más clara y definida. Entonces, mi corazón se llena de dicha, pues lo reconozco al instante. Es el Bodhisattva Maitreya que ha tomado forma en el interior de la stupa vacía. Allí está, majestuoso y sereno frente a mí, con su cuerpo sólido y traslúcido a la vez. Y sin dilación alguna, así me habla: Viajero, has llegado al comienzo de los comienzos, al origen de la realidad verdadera, que se extiende a todas las direcciones conocidas del espacio y en todas las dimensiones posibles del tiempo y que es sólo perceptible por los innumerables Budas y Bhodhisattvas, que han sido, son y serán. Dime pues ¿que es lo que buscas?

Oh, venerable Maitreya, he llegado hasta aquí en busca de la perfecta iluminación, en busca de la realidad verdadera y de mi verdadero ser, ocultos por la apariencia engañosa de los sentidos y las distorsiones de la mente. Oh venerable Maitreya, he recorrido el camino de Sudhana y he confiado, como él lo hizo, en la guía de innumerables maestros. He entonado todos los sutras que contienen la enseñanza del Buda Sakyamuni y llegado hasta aquí confiando que en tu infinita compasión abras la puerta, -tal como hiciste con Sudhana-, que conduce a la morada de los innumerables Budas y Bhodisattvas, que han sido, son y serán.

Entonces ante mi desconcierto la campana que conforma la stupa se eleva y se abre como si fuese una puerta. Me levanto lentamente e ingreso en su interior. Una luz diáfana, cristalina e impredecible surge de la nada e ilumina todo el espacio. Al desaparecer la luz, observo que a mi alrededor hay joyas de todos los tamaños, formas y cualidades que se extienden al infinito y abarcan todas las direcciones posibles que mi mirada puede alcanzar. Algunas son gemas exquisitamente cinceladas, muchas toscas y rugosas y otras irregulares. Las hay desde las que poseen intenso brillo que enceguece, pasando por otras menos esplendentes, hasta llegar a aquellas que son opacas. Me detengo a contemplar una de ellas, una esmeralda de un tallado incomparable y dando un grito de asombro veo que toda la red de joyas que he estado observando se refleja y está contenida en cada una de sus caras. Comienzo a observar a las más pequeñas, opacas rugosas e irregulares y compruebo siempre lo mismo. Cada una de las joyas de este Universo, contiene la totalidad de joyas que hay en este Universo. Extrañamente, todas parecen estar próximas y lejanas a la vez, pues cuando me acerco a una de ellas, me acerco a todas las otras, y cuando me alejo de una de ellas todas las otras se alejan de mí. Me sorprende comprobar que cuando toco una de ellas, toco a todas las otras a la vez. Y al contemplar cualesquiera de las joyas, veo con estupor que es igual a todas las demás en cuanto a tamaño y forma, aunque en un primer momento me parecieron todas diferentes y así persisten cuando las veo reflejarse simultáneamente en todas las otras.

Y en cada una de ellas veo mi reflejo que me incluye observándolas, de modo tal que hay infinitas stupas en la stupa y en cada una de ellas me veo mirando a una joya que refleja a todas las otras y a la stupa en la cual me encuentro, infinidad de veces. Es como si en ella se incluyeran a la vez y simultáneamente todas las stupas que se repiten una y otra vez en este frenesí de los mundos que se contienen y conectan unos con otros. Y ante mi júbilo extático, escucho las más bellas melodías concebibles, huelo las fragancias de numerosos inciensos y perfumes, tenues o intensos y una lluvia constante de flores cae desde un cielo que lo abarca todo: aquí, allá, a izquierda, derecha y en todas las posibles direcciones del espacio. Son flores de todos los colores muchos de los cuales no conocía. Combinaciones de la luz inéditas e indescriptibles, en todos los matices, variaciones e intensidades. Recogo un pétalo y nuevamente compruebo lo mismo: en él se reflejan todas las flores cayendo sobre la stupa que incluye a infinidad de stupas en las que estoy observando el pétalo de la flor. Es una escena sublime, una apoteosis de la danza cósmica y universal de los mundos.

Pronto, el cielo comienza a cambiar de colores que se suceden rítmicamente unos a otros en una gradación infinita. Innumerables rayos descienden sobre la tierra y al penetrarla surgen millares y millares de árboles compuestos de todas las materias preciosas posibles. Un viento gentil pero firme comienza a sacudir sus copas y al hacerlo surge de ellas pequeñas gotas de rocío que se adhieren a los millares de hojas de plantas que han comenzado a crecer por doquier. Son gotas traslúcidas y esféricas. Y la tierra se cubre con campos de azucenas, de violetas, de amapolas, de girasoles, estanques con infinidad de flores de loto blanco, cascadas de perlas y polvo de diamantes, valles de jade, montañas y mares de esmeralda y añil. Camino a través de este paisaje y para mi sorpresa veo que nunca avanzo, aunque mis sentidos me dicen lo contrario. El paisaje cambia y cambia de continuo pero siempre estoy en el mismo lugar a pesar de que me estoy moviendo.

Después de un lapso que no puedo precisar, ante mí aparece una playa de granos de arena blancos como la nieve y un cielo con millares y millares de soles incandescentes pero que no hieren la vista. No percibo su calor, ni el reflejo de su luz de fuego en las blancas arenas. Tomo un grano en mi mano y siento un peso desmesurado que no provoca en mí malestar alguno. Sorprendido compruebo al levantarlo que está hecho de un cristal pulido y traslúcido. Al observarlo veo en él a todos los mundos con sus seres, sus estrellas, sus lunas, galaxias, cometas y meteoros, todos diferentes unos de otros, que surgen y desaparecen como pompas de jabón. Y todos ellos se reflejan en cada uno de los otros, formando infinidad de imágenes caleidoscópicas, ricas en colorido, textura y profundidad. Son la totalidad de los mundos posibles, pasados, presentes y futuros que se concentran en este instante y sólo en él.

Súbitamente mi visión llega a su fin. Nuevamente me encuentro aquí frente a la stupa que abrió su puerta por el poder de Maitreya. Observo que la luna se encuentra en el mismo lugar en donde estaba, es decir, no ha avanzado en su recorrido nocturno por el cielo. Todo ha sucedido en un instante, aunque sin embargo me siento milenario y anciano. Entonces percibo una sensación húmeda en la palma de mi mano derecha. Al extenderla y volverla hacia mis ojos, veo que hay en ella una gota de rocío traslúcida y esférica. Lleno de júbilo y sorpresa, veo en su interior los rostros de todos los Budas y Bodhisattvas, los rostros de todos mis semejantes, conocidos y desconocidos, el suyo, el de él, el de ella, el de todos. Y compruebo que se reflejan en el mío y el mío en ellos. Poco a poco uno y sólo uno empieza a mostrarse nítidamente y desplaza a todos los demás. Es el de mi propio reflejo. El de mi propio rostro. Y ante mi desconcierto veo por vez primera mi verdadero yo. Soy Sudhana, mi viaje ha llegado a su fin."

por Carlos Fleitas
marzo 2003

Fuentes
The Gandavyuha part 1
The Gandavyuha part 2
H.H.Stuckenschmidt:"La Música del Siglo XX" Ediciones Guadarrama S.A pág. 54