El otro rostro de Miguel Servet
escrito por Carlos Fleitas


   

     La hora de mi muerte ha llegado. Aquí en Champel, cerca de Ginebra, lejos de Villanueva de Sijena en donde nací, arderé en la hoguera de los herejes, hecha esta vez con madera aún verde para prolongar mi tormento y agonía. Inútiles han sido mis argumentos en el proceso, nula la piedad de los jueces, indiferente el rostro de Juan Calvino a la hora de mi condena. He sido acusado de blasfemo y de hereje contra la Cristiandad, de Unitarista, sin excluir la sospecha adicional de Islamista, que no es sorpresa alguna ni me causa inquietud. Pues lo que verdaderamente me atribula, es que el destino tenga algo de extraño y monótono, pues sólo lo conocemos cuando menos lo anhelamos. De allí que, en estos breves instantes en los que antes de mi muerte La Luz continúa iluminando mi mente, pueda repasar mis días terrenos, la verdad y la causa de mi fin.

     En mi juventud me dí al estudio del Derecho, la Medicina y la Teología, tres disciplinas que parecerían divergentes en sus métodos y objetivos. Pero esta conclusión no sería mas que una falacia producida por un intelecto disminuido. La Norma, La Observación y la Reflexión son la ratio común a las tres. ¿Qué mejor modo de aguzar y disciplinar al espíritu impetuoso que extraer de la observación, la precisa via que lo guie a través de los afanes y confusiones del mundo? Pero ahora que mi vida llega a su fin, debo decir que su estudio obedeció a otra causa, a un motivo más profundo. El de explicar a los hombres, en los términos de su limitado conocimiento, La Luz que un día me fue revelada por Las Sagradas Escrituras.

     Siempre lei con rigor y sorpresa Los Libros Sacros. Pero al intentar develar los más profundos misterios de la Fe -como el de la Santísima Trinidad- las interpretaciones de la Filosofía Escolástica me resultaron incomprensibles y por sobretodo inexactas. Por ejemplo, es extendida la creencia de la naturaleza tripersonal de Dios. Pero mis conclusiones -para mi desdicha- refutan tal equívoco. Toda creencia lleva en sí el sello del error y cuanto más absurda, paradójica y artificiosa es, parece ejercer mayor fascinación al corazón humano, que la acoge con ferviente pasión. De allí que decidí poner por escrito en De Trinitatis Erroribus los resultados de mi aplicado estudio de las Escrituras, lo que fue el comienzo de un final que nunca he querido, pero que tampoco quize nunca eludir.

II

     Para la mejor exposición de mis conclusiones comenzaré con el hombre, es decir, con Jesús el Cristo, pues cualquier argumentación sobre la Trinidad tiene que comenzar con Él. Según mi entender, Las Escrituras son cristalinas, transparentes e inequívocas en lo que a Él se refiere, pues nos muestran que es hombre e Hijo de Dios y comparte con Aquel en forma plena la Divinidad, la sustancia de Dios. Jesús el Cristo es pues un hombre, es el Hijo de Dios...es Dios. De allí que las Tres Personas de la Santísima Trinidad no sean tales, sino sólo disposiciones de Dios, reflejos de un mismo Ser. Y la imagen de Aquel es Jesús de Nazareth.

     He de llamar la atención al hecho de que estas conclusiones, están basadas enteramente en Las Sagradas Escrituras y no en un mero discurrir mental ajeno y extraño a las mismas. Yo mismo he sido sorprendido en mis creencias y convicciones al encontrarlas. Pero La Luz al rasgar las tinieblas es invencible; no puede desconocerse. Pero ay!, los seres humanos son reacios a aquello que contradice lo que aceptan sin estudio ni reflexión, pues estas ideas fueron inmediatamente repudiadas tanto por católicos y protestantes. Temiendo por mi seguridad tuve que continuar escribiendo bajo un seudónimo, que para mi desdicha no pudo finalmente confundir a Juan Calvino.

     Pero la esperanza de ser comprendido en La Revelación que llegó hasta mi alma, me indujo a continuar adelante. Comenzé a enviar correspondencia a Juan Calvino a la ciudad de Ginebra pues supuse que quizás, por su rebeldía a la doctrina católica, podía estar mejor preparado para recibirla y acogerla en su corazón. Entre las numerosas cartas, le adelanté los nuevos descubrimientos que mi intelecto, iluminado por el Eterno, iba generando día a día. Mi conocimiento de la Medicina y la investigación del cuerpo humano, se convertirían en el cauce a través del cual habría de darlos a conocer a los hombres.

      Pues como he expuesto anteriormente, el estudio de una disciplina no es ajeno a las otras, ya que todo lo que ocurre en el Mundo creado por Dios, se encuentra interconectado y no aislado e inconexo entre sí. De lo que resulta que todo descubrimiento renueva El Descubrimiento, y que todo discurso sobre lo particular es una exposición que remite a la totalidad, a la explicación de La Creación, que incluye al Hombre, a la Naturaleza y a Dios. Pues el Mundo en toda su diversidad es un modo de autoexpresión de Él y es Eterno como Él. Por ende la Medicina es más que un Tratado sobre la materia corporal, la Medicina es Teología, es la búsqueda de la Verdad de Aquel revelada en el cuerpo humano.

III

     Es sabido que desde la Antiguedad, la circulación de la sangre en el cuerpo ha sido un tema que los más doctos han tratado de describir y explicar. Galeno afirma que la sangre venosa se encuentra poblada de espíritus naturales y es la que nutre los tejidos y elimina los desechos corporales. La sangre impura atraviesa el corazón a través de poros que comunican los ventrículos, mezclándose con el aire pulmonar para formar los espíritus vitales y luego ser conducida por las arterias al resto del cuerpo. Pero he descubierto que tales poros de comunicación no existen y que tales espíritus son cosa totalmente distinta. El fenómeno es muy otro y diverso del que el griego supo describir. La sangre del ventrículo derecho es bombeada por la arteria pulmonar a éstos, se aclara al entrar en contacto con el aire inspirado y de allí viaja al otro ventrículo por la vena pulmonar, siendo finalmente distribuida por las arterias. De este modo se mezclan la sangre y el aire.

     Pero como ya he dicho, el cuerpo humano, su conformación y discurrir son la manifestación de Dios y sus Designios. Nuevamente las Sagradas Escrituras iluminan esta Revelación. Pues el alma del hombre como principio vital es el resultado del aire inspirado y su mezcla con la sangre: anima ipsa est sanguins. De allí que en cada inspiración, en cada ritmo de nuestros días, en cada aliento y susurro, el pneuma, el Espíritu, es continuamente recibido por nosotros, en forma única e idéntica para todos, sin que que sea ya posible considerar al Espiritu y al Alma, como entidades individuales alojadas en cada uno de nosotros. El Espíritu como manifestación de Lo Uno, de Dios, es Universal e Indivisible.

IV

     Llega el tiempo en el que todo hombre estudioso de La Verdad y La Revelación debe decidir, a medida que progresa, si callar o hacer público su Saber. He optado por un camino intermedio. Hacer llegar a Juan Calvino, el resultado de mis investigaciones minuciosas que brevemente he expuesto. Mis anteriores obras -que han sido prohibidas- me han colocado en la posición de ser declarado hereje sin posibilidad de redención. No es que tema esa condena, no, pues sé que es absolutamente falsa. Temo algo peor: que mi voz sea acallada, que mi testimonio de La Revelación quede desconocido para los hombres. De allí que intente como último recurso atraer el interés del alma de Calvino. Confío en que, al leer los documentos que le voy a enviar, también pueda experimentar el estado de lumen gratia que a mí me ha sido dado por obra de Dios. En la luz de un hombre, quedará sellado el destino de mis días terrenos. La fé, que siempre ha sido mi báculo, sostendrá mi pluma una vez más.

     He enviado el manuscrito a Calvino, seguido de numerosas cartas. Pero sin darme a conocer el motivo ha interrumpido la correspondencia, que he firmado haciendo uso de mi seudónimo. No tengo otra posibilidad que publicar mis conclusiones ocultando mi identidad. Así lo he hecho. La obra, una nueva versión del manuscrito enviado al teólogo y reformador, se ha de llamar Christianismi Restitutio. Mil copias, impresas en secreto y bajo mi seudónimo, pronto circularán en Francia. Mi afán es que sean no sólo un testimonio docto, comprensible sólo a los teólogos, sino que pronto se convierta en la Voz de La Iglesia. No sólo de una Iglesia ungida por la Revelación y La Verdad de las Sagradas Escrituras, sino una Iglesia pura y sencilla en sus ritos y en su predicación, alejada de toda pompa y boato mundano.

     Pero a pesar de haber resguardado mi identidad, he sido descubierto por el Santo Oficio de la Inquisición en Vienne, donde desde hace años soy médico personal del Arzobispo. He sido encarcelado y condenado a muerte por herejía. Mi obra y mi efigie han sido quemadas, como ya sucedió con otras en el pasado. Pero he logrado escapar y viajando a través de Italia me dirijo a Ginebra. Allí espero demostrar mi inocencia y demostrar a los doctos, La Verdad de La Revelación que me ha sido otorgada. Pero al llegar a la ciudad, descubro que ha sido la certera mente de Juan Calvino quien me ha reconocido como autor del Christianismi Restitutio y el que ha enviado el manuscrito y mi correspondencia a la autoridad eclesiástica.

     Llegado a este punto, sería apresurado describir la denuncia de Juan Calvino como traición. Cierto es que la palabra es aborrecida y sinónimo, en un primer examen, de una oculta malignidad en el corazón. Pero prefiero otra interpretación, dado que nunca fuí dado al juicio y a la condena del alma de un hombre, como en este caso, la de mi ejecutor. Pues la traición no es más que la confesión de un fracaso, de la claudicación de un intelecto atormentado que se debate entre La Verdad y La Tiniebla. Es la pérdida de la Luz del Espíritu en el alma, que queda condenada a un eterno debate entre la fé y la negación de la misma. Sí, Juan Calvino es un alma torturada, una potencia que se ha negado a si misma para cosechar sólo los frutos de su amargura y dolor. El verdugo que me ha condenado, hace ya tiempo que padece de la máxima pena: una inquietante y perpetua soledad....Y su fria furia no se ha hecho esperar. A instancias de él se me arresta, acusa e inicia juicio por herejía.

V

     El juicio ha sido monóntono, abundante y parcial. He hablado sin ser escuchado, he argumentado sin ser comprendido, he apelado sin ser amparado. Aun así, las innobles condiciones de la prisión donde palidecen mis días, no han podido doblegar mi fe. Ni la oscuridad, el escaso alimento, el frío y la ausencia de higiene, han menguado la llama de la luz interior. Ni siquiera la intervención del Procurador General, preguntándome porque he leído el Corán, lo que agrega la sospecha de Islamista a la de hereje, ha logrado torcer mi camino. El fin está cerca. El Consejo de los 25 ha dado su veredicto. He sido condenado a la hoguera.

     Ya las llamas enlentecidas por la inmadurez de la madera, comienzan a lacerar mi cuerpo. Ya mis ojos comienzan a velarse y a perder el esplendor de su mirada. Ya mi olfato y mi lengua se saturan con el olor intenso del azufre. Mis dias terrenos han llegado a su fin. Nuevamente he sufrido el martirio, el escarnio y la agonía interminable. Porque desde aquel día, hace ya mil quinientos veinte años en que, por primera vez, fui crucificado junto a dos ladrones, el tormento se ha repetido. He sido envenenado, lapidado, acuchillado, ahorcado, apaleado, innumerables veces. Los hombres aún no están preparados para oir La Palabra, ni Reconocerme a Mi: Elohim. El Unico. Pues Yo Soy el que Es...









La exposición en esta narración de las ideas de Miguel de Servet, ha sido tomada de sus obras. Las mismas han sido adaptadas y ligeramente modificadas para los propósitos de la misma, pero en esencia son las mismas. Para una exposición más detallada, así como los datos históricos de su vida, su obra y comentarios críticos de las mismas recomiendo los siguientes Sitios Web.

"Instituto de Estudios Sijenenses Miguel Servet" -"Michael Servetus Institute"

Servetus International Society - Todo sobre Miguel Servet

Pueblo Natal de Miguel Servet

Miguel Servet: La Biblia y La Ciencia

Del Alma y la Circulación Sanguínea

Writings of Servetus

Sabios Cristianos estudiosos del Islam