El seki-tei del Templo de Ryoanji


El jardín del Templo de Ryoanji es quizás uno de los paradigmas del arte japonés, su esencia desprovista de todo agregado. Esencia en el sentido que le damos a lo que hace que algo sea de ese modo, nada más que de ese modo y diferente a toda otra cosa. Esencia en el sentido en el que hablamos de la esencia de un perfume. Núcleo último e irreductible a partir del cual se construyen una diversidad de obras que, aunque a primera vista parezcan alejadas de él, se relacionan al menos indirectamente con su matriz. Y éste es el caso del jardín, pues en él confluyen todos los principios básicos del arte japonés, que estarán presentes en mayor o menor medida, en toda otra producción artística de esa procedencia.

El seki-tei o jardín de rocas está ubicado actualmente en el extremo sur del Templo Ryoanji y mide 9,4 X 23,7 metros. Está formado por dos materiales básicos: arena que es rastrillada todos los días por un monje y rocas, que en un total de 15 aparecen en grupo o aisladas, sin formar un patrón o disposición simétrica alguna. Manchas de musgo verde rodean y cubren las rocas. Pertenece pues al tipo de jardín seco (sin la presencia de agua) que los japoneses conocen como karesansui. Su construcción data del siglo XV y formaba parte del Templo que respondía a la escuela budista- Rinzai-Shu Zen. Su diseño e intencionalidad fue objeto de cambios a través del tiempo. Originalmente el jardín fue llamado: “Cachorros de Tigres cruzando el Océano" para luego transformarse en el actual seki-tei del Templo de Ryoanji ("Dragón pacifico".)

Sin duda, son muchas las influencias estilísticas y filosóficas que han guiado su construcción e intencionalidad a lo largo del tiempo, pero las que más se destacan son las de su presentación original -que recoge en forma simbólica el pensamiento de Confucio- y la de su actual diseño que es considerada la expresión más acabada del budismo Zen. Y a los efectos de no reiterar las habituales explicaciones sobre lo que este último es, -paso previo a intentar encontrar una primera aproximación al sentido del actual jardín-, podemos recurrir a un tratado que no es precisamente de jardinería: el Hagakure.

Redactado en el siglo XVIII e impregnado de Zen, aparece en él una frase que a primera vista impresiona como enigmática, cuando no extravagante: "la vía del samurai ha de ser encontrada en la muerte." Muerte que en este caso no significa la desaparición de la existencia como tal, sino el estar simbólicamente muerto en vida. Y aquí nos encontramos de pleno en el Zen, pues estar simbólicamente muerto en vida significa la anulación de sí mismo, del ego, o más precisamente del pensamiento y de la memoria, -en este caso todas las imágenes de un jardín que guardemos en nuestra mente-, que son la barrera o pantalla que impide contemplar la realidad en sí, lo que es, sin agregar ninguna elaboración o comparación que pueda hacer la mente sobre ella. Pues es el ego el que se *distancia psicológicamente* de lo que es mediante la separatidad con aquello que experimenta, creando la división de la experiencia en el observador y lo observado y por ende el conflicto entre ellos -como enseña Krishnamurti- lo que impide una captación profunda del fenómeno del que se trate.

De allí que el diseño del jardín sorprenda al no encontrar en él lo que esperábamos encontrar. De este modo, al provocar la demolición de los contenidos de nuestra mente, los silencia, abriendo una brecha en ella para poder contemplar este jardín y sólo éste, sin compararlo con la memoria de ningún otro, única manera de penetrar en su esencia más propia. Y como el samurai, es la muerte simbólica en vida, la vía que posibilita el acceso a la realidad de lo que es y sucede, -sin la interferencia de la mente con sus procesos, contenidos e inquietudes,- anulándose de este modo la brecha entre lo que se percibe y lo que es percibido. Entonces, al eliminarse la *distancia psicológica* que establece la mente y el ego con el jardín, es posible una comunión total, de la que surgirá la captación plena de su verdad. Así -siguiendo a Heidegger- podemos afirmar que el seki-tei de Ryoanji, posibilita el estado de aletheia que permite la develación del Ser. Y cuando este surge a la luz, es pura presencia y nada más. Un conjunto de arena y rocas que no por ser escueto en su presentación es menos significativo y conmovedor. De este modo, la verdad en cuanto a manifestación plena del Ser, coincide con el máximo de belleza...

¿Pero agota allí el jardín su significado último?¿Acaso hay algo más que esté en juego, que al ser desatendido permanezca oculto? ¿Algo que esté tan profundamente presente, que por ello sea visto como un mero accidente del diseño?¿Que es ese rastrillado que marca la superficie, esa huella débil pero percutientemente visible? ¿Que significa este agregado a los objetos naturales que son la materia prima del jardín de Ryoanji, en el que estaría representada sólo la naturaleza y únicamente ella? ¿Que es esta súbita marca, esa impresión aparentemente intrusiva, que contraría la recíproca armonía de la arena y de las rocas?¿Acaso nos hemos convertido en jardineros al prestar atención a este hecho aparentemente trivial? Si, porque el rastrillado en la arena del seki-tei de Ryoanji, es el símbolo vivo de la presencia humana en lo natural que lo sostiene y de lo que forma parte. Presencia que en este caso es inaparente, cuidadosa, pues sin violencia alguna se limita a agregar un sencillo trazo, una pincelada que denota un recorrido, un movimiento en lo inerte.

Es pues a través del silencio de la mente que puede advenir la contemplación de la pura presencia, paso previo a la develación de la verdad que encierra el jardín. Verdad por siempre ligada a la belleza, que en el arte japonés se manifiesta en paisajes austeros y despojados, como el árbol sin hojas cuando llega el invierno, o mejor aún, en el árbol anciano que se mantiene erguido a fuerza de Ser. Koko, principio fundante a través del cual sus creadores, han querido mostrar la más profunda esencia del mundo. Así cuando llega el invierno y lo cubre de nieve, dejando entrever solamente alguna que otra roca coronada de blanco, el jardín no sólo devela su ser más íntimo, sino que alcanza su máximo fulgor.

¿Pero, en que consiste esa esencia y como se manifiesta? ¿Es posible expresarla? La respuesta llega por el lado más inesperado. La develación del ser más intimo del jardín, sólo es posible de recrear a través de una poética que se apoye en la experiencia cruda de la contemplación que silencia la mente, vaciándola momentáneamente de todo contenido. Una vez despojada de sus soportes convencionales la mente puede renovar su perspectiva, su captación de las cosas, y extraer de lo que se presenta ante sí -como es el caso del jardín- una nueva frontera.

Fue Shiki quien dijo que una sola impresión basta para escribir innumerables haiku. De este modo a través de unas breves líneas, el jardín se abre al mundo y a la existencia poética y ofrece lo que contiene. Pues llegaríamos a una conclusión errónea si consideramos que en su austeridad y despojamiento tiene poco que entregar. Por el contrario, en su aparente parquedad es posible encontrar una fecundidad inagotable de significados que habitan en él prontos a ser descubiertos y poetizados.

Entonces el jardín se muestra y ofrece sus dones: allí está la roca con su dureza y rugosidad, está la paciente labor del monje rastrillando la arena cada mañana, está el musgo milenario adherido a la piedra, está el bambú del que está hecho el rastrillo del monje, está la sucesión de luces y sombras al paso de las estaciones, los colores tenues del otoño, el resplandor del verano, la luz seca del invierno, la claridad nueva de la primavera, está la luna con su etéreo fulgor reflejándose sobre la nieve cuando ésta cubre al jardín, está el rítmico sonido del sutra entonado por los monjes y el del viento, está la gota de rocío matinal, está el canto del grillo, está el misterio del cielo estrellado cuando llega la noche, está el tañido de la campana del templo, está la mirada del visitante que lo contempla, está la firmeza y la maleabilidad, lo que resiste y lo que cede, lo que es duro y lo que es blando, lo liso y lo rugoso, lo oscuro y lo claro, lo fuerte y lo débil.

Está la arena y en la arena está la playa, el rítmico sonido de las olas y el grito seco de la gaviota. Está la almeja y el canto rodado, el alga, la medusa y el pez. Está el ardiente mediodía de verano. Está la huella de las pisadas del caminante solitario. Está el cangrejo, la rompiente y la espuma. Está el niño jugando con la arena. Está la bruma matinal, la barca del pescador, la mujer que lo espera y el regreso a casa. Está el cangrejo, el caracol, la ballena y el delfín. Está el cielo frío de invierno, la mañana de primavera, la roca, el musgo y el liquen. Está la hierba, el follaje, el pino, el arce, el castaño y el bambú. Está la tierra y sus nutrientes, la lombriz, el gusano y el sudor del labrador. Está el fuego crepitando, luego de la jornada de trabajo. Está la siembra y la cosecha, el caballo, el buey, el arado, la vid, el vino, el trigo y el maiz.

En la arena está el desierto, la palmera y el oasis. Esta la caravana de camellos y de hombres, el sol ardiendo y la luna jugando en la noche entre las dunas. Está el vidrio que surge de la arena en un taller de artesanos. Está la copa de cristal, está la mesa tendida, está el pan y el pescado. Y en el pescado está el oceano, y en el oceano está la luna reflejandose pálida y fugitiva. Y en la luna está la bóveda celeste y en ella los planetas, las estrellas, las galaxias, las novas y los cometas, los meteoros y el polvo cósmico.Y en el polvo están todas las edades del mundo, el pasado, el presente y el futuro. En el jardín está el Universo entero, el jardín es el Universo...

Así al abrirse al mundo momentáneamente, previa la epoje de la mente que posibilita la contemplación de su ser, el jardín pasa del orden de la pura presencia al símbolo que recrea una poética. Pero, antes de agotar el universo de sus significados, se cierra nuevamente ante nuestros ojos. Destino efímero de nuestra captación, que nunca mas volverá, pues al intentar capturar nuevamente su sentido, encontraremos otro distinto al que recreamos anteriormente. Queda entonces un núcleo ultimo, inexpresable, un reducto de silencio que sólo es posible entrever, circunvalar, pero no poetizar. Silencio que representa el límite de lo que nos es dado conocer mediante la razón y que es la verdad última que encierra la genuina obra de arte.

por Carlos Fleitas.
setiembre 2002.