Las Pirámides del Cielo
escrito por Carlos Fleitas


Cuando los guías exclamaron: "el palacio, el palacio", John Loyd Stephens supo que las palabras perdidas en un libro de improbables geografías, habían encontrado un destino. Ni la extranjera fiebre, ni el urgente rostro del hambre, ni la lluvia copiosa y sonora, ni la selva que todo lo devora y nada lo devuelve, lograron el ocaso de su voluntad. Había llegado a las ruinas solitarias de la ciudad Maya que los indígenas choles llamaban Otolum, o sea, lugar fortificado y que para Stephens era la anhelada Palenque. Y a poco de comenzar a explorar la ciudad descubre con Frederick Catherwood, un dibujante que había llevado para refutar a sus refutadores, una pirámide escalonada al suroeste de El Palacio. Con paso fatigoso e invencible, suben los escalones hasta encontrar en la cima una construcción con cinco puertas decoradas con relieves de estuco. Entonces sus ojos, conocieron las espirales del tiempo que transforman el olvido en zarza ardiente, en éxtasis e imagen develadora. Pues ante ellos vieron desplegarse las inscripciones, los jeroglíficos y los dibujos esmeradamente labrados más de mil años antes de su llegada. Sin saberlo, no sólo habían llegado a la tumba del Gran Señor Escudo Solar Pakal II soberano Maya entre el 615 y el 683 A.D., sino que por un momento entraron en otra dimensión del espacio y del tiempo. Habían ascendido la Montaña Cósmica hasta la copa del Arbol del Mundo, simbolizado en estelas e inscripciones por la Gran Ceiba o Eje del Mundo en el Universo que supusieron los Mayas.

El Templo de las Inscripciones de cuya ambrosía bebieron Stephens y Catherwood, es una pirámide escalonada de 8 cuerpos, sobre la que se encuentra una construcción con un cuarto frontal en el que se hallan 3 entradas a los interiores, en uno de los cuales se halla la que corresponde a la tumba subterránea de Pakal II, a la que se accede por un túnel con escalinatas hasta por debajo del nivel del suelo de la plaza principal. La cripta funeraria está llena de relieves, inscripciones y jeroglíficos y esculpidas en la lápida sepulcral se observan astros y deidades celestes, cabezas humanas y jeroglíficos. Su diseño central consta de tres figuras: la representación del monstruo de la tierra devorando a Pakal II y sobre él una cruz que simboliza el maíz.

"Quienes logren entender Palenque podrán comprender cualquier cosa hecha por los mayas" escribió Linda Schele. Y sabía lo que decía, pues este Templo más que cualquier otra de sus construcciones, es el reflejo especular, imaginario y simbólico, del Universo tal como lo idearon los Antiguos Mayas. Y aquí el verdadero desafío para comprenderlo, comienza. Pues el espacio y el tiempo, lo representado y lo que es símbolo en la Visión Maya, sucede en una dimensión similar a la de "la otra escena" en la que Freud ubica el discurrir del sueño. Son las del mito y las imágenes, las de las visiones shamánicas símbolos de los develamientos en el éxtasis iniciático y paroxístico inducido por alucinógenos.

"El Cosmos Maya es representado por una pirámide de niveles múltiples, que está ubicada sobre un monstruo cósmico en medio de un mar primordial", leo con sorpresa y júbilo en el artículo de Michael Ripinsky-Nakson. Sorpresa por aquello que desgarra el tejido del pensamiento contemporáneo y júbilo por la promesa de una aventura intelectual que emprendo para comprenderla. Pues son muchas las versiones del Universo creadas por los Antiguos Mayas. Difieren en detalles propios de la diversidad que como pueblo constituían. Pero así como podemos encontrar una unidad común, en sus calendarios, en sus mitos, su ritos y religión, es posible trazar una versión que resume el corazón de su visión del Universo. Y es por eso que el Templo de las Inscripciones es el paradigma luminoso, la materialización de esta extraña y poética visión cósmica.

Para los Mayas hay un supra-mundo que tiene 13 niveles en los cuales gobiernan diferentes divinidades y unl infra-mundo con nueve niveles adonde van los espíritus de los difuntos y en donde se enseñorea el dios de la muerte. Ambos eran representados como una pirámide escalonada, invertida en el caso de la región inferior (y que en este caso simbolizaba la gran caverna, o el vientre de la gran madre tierra), por lo que su forma sería la de un romboedro. La tierra era una superficie plana cuadrangular, que en su simbología era representada por un cocodrilo o lagarto que flotaba en el mar primordial y que los mayas yucatecos llamaban Itzam Cab Ain, "Dragón tierra-cocodrilo". Estaba dividida en cuatro regiones o rumbos a los cuales se les adjudicaba un color: negro para el oeste, blanco para el norte, rojo para el este y amarillo para el sur. En algunas variantes a cada región le correspondía, ademas de un color, una ceiba con un ave posada sobre ella, un tipo de maiz y varios de animales. En el nivel más bajo del infra-mundo llamado Xibalbá (lugar de los que se desvanecen) reinaba el Dios de la Muerte: Ah Puch que significa: "el descarnado". El punto más bajo del inframundo coincidia con el Sol en el nadir o el Sol muerto.

En el nivel más alto del supra-mundo reside el Dios Supremo, o Hunab-Ku el Dios Uno, que en algunos pueblos era irrepresentable y correspondía a un principio vital cósmico, como el que hoy puede representar la energía. Otros pueblos situaban a Itzamná Kinich Ahau "Señor dragón del ojo solar" como la divinidad más encumbrada del supra-mundo y era representado por un dragón. El nivel más alto coincidía con el zenit o el Dios Sol en su apogeo. Cuatro seres sobrenaturales, los bacabs, sostienen la bóveda celeste, representada por un dragón de dos cabezas. Tanto en los diferentes niveles del infra y el supra-mundo los mayas situaban a una gran cantidad de dioses y de animales míticos a quienes el hombre debía honrar y temer. El eje vertical del Mundo, que atravesaba los tres niveles terrestres, del supra e inframundo. es la "Gran Madre Ceiba" que hunde sus raices en el submundo, atraviesa la tierra determinando en ese punto el centro del Universo y remata con su copa al mundo superior."Sobre ella se posa el pájaro verde-azul o quetzal, con cabezas de serpiente en las alas, símbolo del dragón, dios supremo".

No quiero continuar con los exquisitos detalles, ni con las fiorituras de esta cosmo-mitología, pues el lector ya habrá advertido que el Universo Maya está poblado de geometrías, éxtasis, pánico, dioses, planetas, colores y símbolos, pero es huérfano de algo que agrega rugosidad al discurrir del mundo: el azar. Pues, para los Mayas, el Universo es ordenado, rítmico y predecible. Todo sucede como debería suceder y la astronomía, el cálculo y los calendarios, no son más que instrumentos para conocer las voluntades de los dioses y de las fuerzas supra-naturales, que determinan todos los eventos conocidos. El tiempo universal es cíclico: una y otra vez el Universo se destruye y vuelve a renacer, infatigable y perseverante. Es el tiempo del eterno retorno, presente en gran cantidad de Culturas Antiguas. Cíclico sí, pero que adopta la forma simbólica de una espiral donde los movimientos centrífugo y centrípeto se anudan generando el fluir del Cosmos, que graficaron en el Tzolkin. Y aquel que tiene la función del saber sobre el tiempo es el shaman ("aquel que sabe"), pues es el encargado de cuidar que los rituales se realizen en el momento apropiado.

Es este orígen shamanístico del Universo Maya el que le da un peculiar color al mismo, a través de sus símbolos, muchos de ellos grabados en elongadas estelas. Su visión del Universo no es una representación del espacio físico en sí, sino de las visiones de los shamanes en el trance con alucinógenos. Espacio mito-sacro, que no coincide con el espacio físico visible; pues es el espacio invisible, el de la "otra escena". Así, el Arbol del Mundo o la Gran Ceiba Verde que atraviesa los tres niveles del Universo, es la representación simbólica de la escalera que el shamán utiliza para subir y bajar al supra e inframundo, atravesando el mar primordial que tiene su correlato real en el cenote, límite entre lo superior e inferior, entre el mundo de la luz y el mundo de la oscuridad. Y esa escalera por la que el shaman sube o baja, está materialmente representada por la pirámide escalonada coronada por un templo, que vemos monótonamente en las construcciones mayas como en el Templo de las Inscripciones.

Xibalba, el infra-mundo, está formado por varios niveles que tiene que atravesar el espíritu del muerto; numerosamente poblado de animales y dioses hostiles. Y era el shaman el que lo auxiliaba en su descenso, de los ataques y asaltos de las fuerzas malignas. Pero también devolvía nuevamente al mundo de la muerte, -mediante ritos adecuados- a las enfermedades que las potencias nefastas enviaban a los humanos en la tierra. Al llegar la noche, este mundo rotaba sobre su eje y se convertía en la bóveda celeste. De allí que el conocimiento del mismo y de sus habitantes terroríficos fuera parte del saber del shaman, único que podía indicar los rituales y conjuros para preservar a los hombres de su destrucción. El supra-mundo era el ascenso a una transformación que permitía obtener el conocimiento divino de dioses y potencias amigables. Y en el éxtasis provocado por las sustancias psicodinamizadoras, el shamán se transformaba él mismo, en una divinidad y hacía suyo el conocimiento sagrado.

Dejaré aquí inconclusa la exquisita simbólica del Universo Maya, pues dejar una exposición inacabada no es el síntoma de una renuncia, sino el de recordarnos siempre que toda poética es un precario florecer en la vacuidad, como enseña el arte japonés. Sólo quisiera detenerme en un una brizna, un detalle de la iconografía Maya. La ninfea. Pues el primer día del Tzolkin está simbolizado por ella, representando la fuente de la vida. Se ha agregado que tambien simbolizaría el otro mundo, pues aparece en el contexto de uno de los dioses de Xibalbá. Y sorpresivamente se ha confirmado que la planta contendría alcaloides psico-activadores para los estados de éxtasis shamánicos. Significado ritual de la ninfea que se puede encontrar en antiguas culturas como la egipcia. Siglos más tarde un anciano casi ciego, pintó como nadie lo ha hecho, estanques poblados, insistentemente poblados de ninfeas. Entonces me pregunto,¿que fueron esas ninfeas para Claude Monet? Testamento, rúbrica o la tierra prometida de su arte, donde la forma se eclipsa, para dar paso solamente a un éxtasis de la luz y del color...?






Sitios Web Consultados

Templo de la Inscripciones
Palenque
Shamanistic Cosmology of the Ancient Maya
Ciudad de Reyes
Religion Vinculo del hombre con los dioses