Phi~Psi

 

     Hace ya muchos años cuando era joven, probé de la copa de Eros, de sus suaves y ardientes vinos. Conviví con hombres y mujeres, con niños y animales. Ahora que mi Maestro se ha ido, me encuentro completamente solo.Soy anciano y estoy ciego. Se que mi habitación en la que estoy acostado, da a un jardin de colores puros e intensos, que cambian según las estaciones. Sé que la bóveda celeste, ampara mi espíritu. Tengo lo suficiente. No pido más.

     Conocí a mi Maestro hace ya mucho tiempo, pero no recuerdo su nombre (excusadme, la memoria no es mi asunto). Era anciano, apasionadamente anciano, pero su rostro era el de un niño fresco y lozano, como la piel del jazmín luego de la lluvia. El me enseñó a gobernar la violencia de mis dones. Conocí la alquimia y el secreto de los signos. Practiqué la hechicería, la cábala,la magia y el exorcismo. No para adquirir sus leyes, sino como técnicas para dominar el indomable torrente de imágenes, que continuamente me acechaban.

     Phi deviene psi, el no-tiempo es el Tao de la imagen, dijo mi Maestro un día. Quisiera intentar una explicación a sus palabras, siempre cristalinas, siempre enigmáticas: estoy en íntima comunicación con las presentaciones de ondas, prefijos de las imágenes, que despliego con esperanza y temor. Con el instante en donde están todos los tiempos del Tiempo y ninguno de ellos: el No-Tiempo.

     Se que esta palabra puede ofender vuestro intelecto y ser rechazada como un cuerpo extraño, pero esta herejía de los sentidos existe. Yo lo he comprobado con sorpresa, extasis y agobio. Ya no me abandona. Aquí estoy, testigo mudo e imparcial del mundo, de sus desdichas y alegrías. Pero no creais que me habita la dicha o la vanidad. Por el contrario, siento una intensa fatiga, hija de la soledad y del vértigo de las imágenes.

     Es hora que revele mi Secreto, el equinoccio de mi Saber. Aunque a mis ojos les está vedada la luz, las formas y las geometrias del mundo, no conozco el color de la oscuridad. Puedo conocer el futuro en forma inmediata e irrenunciable. Soy Vidente.

     He experimentado el horror y la alegria, el pánico y la paz, el dolor y el placer con agotadora e infinita intensidad. El único bálsamo que calma mi espíritu, es cuando llega hasta mi, la nostalgia de los sabores de la infancia: la fresa, la naranja y el durazno; y las suaves y tibias fragancias de la rosa, la madreselva, y el jazmín. Solo entonces puedo dormir, ajeno al torbellino de las imágenes.

     Pero que la compasión no anide en vuestros corazones. También he conocido sensaciones mas tenues cuando estaba cerca de mi Maestro. El aburrimiento -que no es precisamente un pecado venial- fue una de ellas. En los intervalos entre lección y lección, intentabamos distraernos, con sencillos fuegos de artificio. Probamos con el juego del ajedrez. Pronto desistimos, pues cualquiera de los dos podía anticipar los movimientos del otro.

     He visto, anticipado y predicho: la construccion de los zigurat, las pirámides y los cinco grupos de rocas del jardín Zen en Ryoanji. La lenta muerte del sol y la oscuridad adueñandose de todo. El nacimiento de un niño a quien su hermana llamaba Wolferl. Los tres rostros de Shiva en el Templo de la Elefanta. Las invencibles tecnologías que a todos nos aguardan. Las caras de los amigos y parientes que concurrieron a tu vigésimo cumpleaños. La bomba de Hidrogeno. El Poema Conjetural de Jorge Luis Borges. El color de tus ojos y la forma de tu nariz. La super- nova de Sirio. El dolor y la piedad en el rostro de Miguel de Servet, mientras ardía en la hoguera. Tu nacimiento y el júbilo de tus padres...

     Sería apresurado de tu parte concluir que poseo el Noveno Atributo del Innombrable. El razonamiento es sencillo: el número de imagenes es transfinito, pero la cantidad que puedo recortar de dicho conjunto es finita, humillantemente finita. Soy un hombre cualquiera, no soy Aquel. Sólo me ocupo de lo mío. En cambio el Creador no se ocupa del futuro, pues los fieles continuamente lo distraen con sus ruegos y peticiones, que debe escuchar -eso sí- con infinita paciencia y esmero.

     Es hora de despedirme, nuevamente comienzan a llegar las imágenes. Me espera una noche de tormento o de paz. No lo sé aún. Espero no haberos distraido, de vuestras diarias ocupaciones, que hace tiempo conozco con detalle. Si acaso llega a vuestras manos, este breve relato, estas confesiones, que no os invada la urgencia de la curiosidad, amable lector. No intentes buscarme. Nada quiero recordar de tus mañanas.

 

 

Carlos Fleitas