Son frías, las mañanas de diciembre en Nôtre Dame,
pero éstas no inquietan tu carne ni tu espíritu,
regidos ambos por los signos del Fuego.
Te levantas, encomiendas tu alma al Eterno,
observas las últimas estrellas de la noche,
y te encaminas a los frágiles pergaminos,
que impacientes te aguardan.
Tu tarea es ardua, pues no te diriges a nosotros,
sino a las esferas y epiciclos celestes,
buscando su música, sus ritmos, sus claves,
pues tus minuciosas manos,
saben extraer de la sustancia inmortal,
las moléculas, que en sus giros y vibraciones,
se transforman en canto, melodía y contracanto.
Escucho el íntimo diálogo de las notas,
el incesante amanecer de las vocales,
que se cruzan y suceden en firme melodía.
Entonces me pregunto: ¿dónde está el secreto
de tu música, la ley de tu inspiración?
Levantas tu cabeza, me miras y me dices:
¿Acaso no escuchas la suave brisa del Cosmos?
 
Carlos Fleitas