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En el año de 1923 se sella en Monet un destino ineludible. El Maestro de la luz, quien dijo en una ocasión tener mas temor "a la oscuridad que a la muerte", queda prácticamente ciego. Llega a su fin el proceso que había comenzado en 1911, cuando aparecen los primeros síntomas de deterioro en su visión. Pero en un inesperado giro, la insistente oscuridad le otorgará la máxima claridad: el develamiento del secreto que presidió su búsqueda de lo que está más allá de la forma y la organización. En 1873 pinta el cuadro que dará el equívoco nombre de Impresionismo a todo un movimiento, precipitando un sentido que nunca tuvo en sus creadores. Porque la pasión de Monet es otra: revelar el surgimiento de la forma partir de lo indiferenciado e infinito. Una y otra vez en su obra, consciente de la fragilidad de la misma, la hace surgir desde lo evanescente, llevándola a una semidefinición, al umbral de lo discriminable, al límite mas allá del cual retorna al Oceano del Ser. Y avanza indeclinablemente por este sendero, al percatarse que los fugaces efectos de la luz le arrebatan la posibilidad de un objeto único, inmortal, imperecedero. Sólo puede limitarse a capturar lo efímero, un centelleo, una provisoriedad radical que sólo puede acompañar en su movimiento. Testigo solitario del rio de Heráclito y Chuang Tzu, intenta asir la forma condenada a la fluencia incesante, para cristalizarla en un ahora que está en perpetuo movimiento, cambio y transformación. Poesía instántanea y volátil que reescribe una y otra vez en sus series, a partir de 1877. Fijar así el ahora, pero no para mostrar la continuidad de la forma, sino por el contrario, para testimoniar su surgimiento y su declinación, el breve estallido de apertura y cierre que la caracterizan. Homenaje al perpetuo fluir y a sus breves floraciones, que preanuncian el nuevo paradigma que la Relatividad conceptualizará como acontecer último: el continuo fluir del espaciotiempo que incesante alberga todo a su paso y que en sus giros y torsiones, construye geometrías para luego olvidarlas. Asi la obra de Monet, está mas cerca de un Museo del Cosmos que el de un naturalismo ingenuo. Refutación evidente de la subjetividad humana y la fatuidad e ilusoriedad que la caracteriza en lo que tiene de enajenacion como ego en continua expansión, que lo aleja cada vez más del proceso que lo engendró y sostiene. Porque al mostrar lo que está más allá de la mente y de la existencia del hombre, lo restituye a su verdadero lugar que es sólo un resto, un accidente prescindible en la dinámica del todo. Si en su obra algo se conserva como constante es la luz, esa cualidad perceptible de las ondas que a su vez se descompone en la infinidad de matices que dan lugar a los colores y que desde siempre los humanos han visto como un símbolo. Patria última a la que arribará Monet cuando ya prácticamente ciego compone la series de Water Lilies y el Japanese Bridge, donde ya la forma se eclipsa para dar lugar al fundamento de la realidad organizada tal como la percibimos. Porque él y sólo él pudo entregarnos en 1897, esa fúlgida gota de esmeralda y plata, donde al enseñorarse la luz sobre la forma, destierra para siempre la permanencia en cuanto entificación mental. Giverny. Construcción lenta de un reservorio de lo cósmico, donde puede observar la diversidad que la luz imprime a las formas y la paleta de colores que en su metamorfosis produce. Tiempo vegetal, donde el abigarramiento de variedades se sucede y multiplica guiado por su propia mano, para mostrar la fluencia perpetua como clave universal. Tiempo cósmico más allá de la mensura humana, que Monet escuchó latir en su tránsito hacia la verdad, en la aparente desventura de un sufrimiento subjetivo. Porque por una insólita paradoja del destino, la pérdida de visión no se convirtió en oscuridad ni en ausencia de percepción, sino la via que le permitió observar mas allá de las presentaciones de la forma y la organización, la matriz de donde surgen, a saber, la cualidad de lo infinito y lo atemporal: el infatigable latido de la eternidad. Porque sus retoños, que tanto nos cautivan en su ilusoriedad de permanencia, son solamente eso: retoños, efímeros destellos del Oceano del Ser
Carlos
Fleitas
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