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La idea del destino siempre ha inquietado a los seres humanos. En su significación habitual designa algo que escapa a nuestra voluntad y determina los sucesos de nuestra vida. Sería pues el argumento que gobierna nuestra existencia y sus vicisitudes. Nada podemos hacer para atenuarlo, está allí silencioso e indomable. Asociado muchas veces a hechos nefastos, es considerado sinónimo de fatalidad. Ni siquiera podemos conocer de antemano su trama. Sólo nos queda abandonarnos a sus designios...
Para los antiguos chinos el concepto de destino, está encerrado en el signo Ming. Richard Wilhelm aclara que Ming significa vida, y más precisamente un mandato del emperador: "regulación, fatalidad, el destino deparado a un hombre....". Aclara que es un concepto supraindividual, dado que escapa a la voluntad del ser humano el gobernarlo. Esta concepción china parece confirmar la idea de muchas culturas: la existencia de una instancia supraindividual que moldea y dirige la vida de los seres humanos, mas allá de su voluntad.
Para el hombre occidental contemporáneo estas ideas son cada vez mas extrañas e incomprensibles. Muchas veces se las considera hijas de la ignorancia, de la superstición o de una actitud sumisa frente al devenir. Crecientemente convencido de que las tecnologías que ha creado son capaces de darle un completo dominio de los acontecimientos, desecha por insustancial toda idea de un acontecer que vaya más allá de su voluntad. Si hay algo que aún no ha sido sometido a su sujeción, es sólo cuestión de tiempo el que ello ocurra. Queda solamente como voluntad supranatural, la idea de un Ser Supremo, muchas veces personificado, que sería la única instancia que podría determinar los sucesos universales y el devenir individual. Pero más allá de él, no existiría ninguna potencia o acontecimiento que lo supere y a su vez lo dirija.
Esta concepción, no siempre fue considerada en Occidente como la explicación de nuestro destino. Otra vez la civilización griega nos sorprende, con lo que llamaban la moira. La moira significa precisamente: "la parte que toca" y a la vez "adjudicación de parte" según el erudito español Martinez Marzoa. Es decir que para el pueblo mediterraneo, los dioses son tales en virtud de la parte que les toca. Se les adjudica ser tales. Y ellos a su vez nos conceden el destino de ser humanos. Y aquí la notable precisión de Martinez Marzoa: la moira es algo supradivino y suprahumano a la vez. Es "el juego del conceder y ser concedido" y más aún el juego en sí mismo y por sí mismo mediante el cual hay dioses que nos conceden el destino de ser hombres. De modo pues que para los griegos, hasta los dioses tienen un destino...
La sorpresa tiene siempre algo de benéfico para el intelecto. Interpela sus hábitos y creencias, sus convicciones que tiene por ciertas, inmmutables y verdaderas en sí mismas. En este sentido el concepto de moira es una sorpresa. Me recuerda ligeramenta las concepciones de Oriente, quizás un ligero eco del Tao, pero por sobretodo la antigua cosmogonía hindú, en la que Brahm -que en su esencia es un principio impersonal- juega, y crea un mosquito convirtiéndose en un mosquito, me crea a mí y lo(a) crea a Usted, convirtiéndose en Usted. Todo se trataría de un gigantesco juego, donde no hay un Creador, sino Creación en si misma, donde nadie está detrás de la escena...
Las lineas que aquí se citan pertenecen al primero de los dos tomos
de "Historia de la Filosofía" de Felipe Martínez Marzoa, Colección
Fundamentos 21 Ediciones Istmo Madrid 1973, página 32.
Carlos Fleitas |