Mediodía. El día es claro, soleado. Con una luz intensa pero suave,
que parece sostenerlo todo. En el horizonte, algunas pocas nubes
recostadas contra el cielo. Con sus formas
redondeadas, cada una de ellas es un todo pleno. Están allí,
a lo lejos, estáticas, sin prisa por
realizar su destino efímero y fluyente. En el mar, un grupo de
veleros regresa al puerto desde donde partieron. Son pequeños,
con una vela triangular de color blanco que contrasta con el
ocre del agua. Navegan cerca de la costa formando un
pequeño grupo. El viento es generoso con ellos, pues los
empuja entre innumerables olas que forman un vaivén rítmico.
Allí están. Gráciles. Ligeros. Pequeños. Destacándose en el
paisaje, pero sin quebrar su armonía. Formando parte del mar,
como la blanca espuma que llega a la playa.
Una y otra vez. Una y otra vez.
Continúo la marcha y llego hasta una pequeña plaza, que se encuentra
sobre un elevado promontorio rocoso. Salvo algunos senderos pavimentados,
el césped y los árboles fructifican por doquier y sus copas
se balancean plenas del verde joven de la primavera. Al
final del sendero, se puede apreciar la costa desde
lo alto. La arena es escasa y predominan las rocas. Dispersas. Moldeadas
por el mar milenario, hora tras hora, día tras día. Sus formas son
innumerables y sus colores abarcan todos
los matices del marrón, predominado los tonos opacos.
Un pequeño muelle se adentra en el mar. Rústico y abandonado.
Sólo el musgo y el agua lo visitan. Está allí junto a las rocas.
Asemejándose a ellas, absorbido por el entorno. Entonces algo
ocurre.
Como si tratase de una presencia
que se ha mantenido anónima, en el trasfondo de todo este
esplendor.
Que comienzo a percibir poco a poco. Que comienza a adueñarse
totalmente de mis sentidos y de mi mente. El Silencio.
Un silencio que parece ocuparlo todo. Del que todo surge
y al que todo retorna. Silencio. Sólo Eso. Plenitud y Vacuidad.