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Meditación


Mediodía. El día es claro, soleado. Con una luz intensa pero suave, que parece sostenerlo todo. En el horizonte, algunas pocas nubes recostadas contra el cielo. Con sus formas redondeadas, cada una de ellas es un todo pleno. Están allí, a lo lejos, estáticas, sin prisa por realizar su destino efímero y fluyente. En el mar, un grupo de veleros regresa al puerto desde donde partieron. Son pequeños, con una vela triangular de color blanco que contrasta con el ocre del agua. Navegan cerca de la costa formando un pequeño grupo. El viento es generoso con ellos, pues los empuja entre innumerables olas que forman un vaivén rítmico. Allí están. Gráciles. Ligeros. Pequeños. Destacándose en el paisaje, pero sin quebrar su armonía. Formando parte del mar, como la blanca espuma que llega a la playa. Una y otra vez. Una y otra vez.

Continúo la marcha y llego hasta una pequeña plaza, que se encuentra sobre un elevado promontorio rocoso. Salvo algunos senderos pavimentados, el césped y los árboles fructifican por doquier y sus copas se balancean plenas del verde joven de la primavera. Al final del sendero, se puede apreciar la costa desde lo alto. La arena es escasa y predominan las rocas. Dispersas. Moldeadas por el mar milenario, hora tras hora, día tras día. Sus formas son innumerables y sus colores abarcan todos los matices del marrón, predominado los tonos opacos. Un pequeño muelle se adentra en el mar. Rústico y abandonado. Sólo el musgo y el agua lo visitan. Está allí junto a las rocas. Asemejándose a ellas, absorbido por el entorno. Entonces algo ocurre. Como si tratase de una presencia que se ha mantenido anónima, en el trasfondo de todo este esplendor. Que comienzo a percibir poco a poco. Que comienza a adueñarse totalmente de mis sentidos y de mi mente. El Silencio. Un silencio que parece ocuparlo todo. Del que todo surge y al que todo retorna. Silencio. Sólo Eso. Plenitud y Vacuidad.





escrito por Carlos Fleitas.
2 diciembre 2001.

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