|
A Pierre Simone de Laplace le perturbaba lo imprevisible, aquello que escapaba a una regularidad predecible y por qué no, monótona. En el prefacio a su "Théorie analityque des probabilités" publicado en París en 1814 escribió: "Una inteligencia que conociera en un instante dado todas las fuerzas que animan a la naturaleza y la situación respectiva de los seres que la componen, si por otra parte fuese lo suficientemente capaz como para someter todos esos datos al análisis, en una misma fórmula llegaría a englobar los movimientos de los cuerpos más grandes del universo, así como los del átomo más ligero: nada sería incierto para ella, y el porvenir y el pasado estarían presentes ante sus ojos."
Laplace no suponía que de hecho una inteligencia tal existiese, pero sí que podría existir, lo cual al fin de cuentas es lo mismo, pues el futuro es de alguna manera una vocación, cuando no un deseo que de algún modo pugna por abrirse paso. La mera insinuación de su existencia inaugura la posibilidad que se abra una brecha en lo real y que pueda surgir a la luz. La historia llamaría a esta inteligencia "el demonio de Laplace" no en el sentido de un ser maligno, sino en el de una inteligencia pura desprovista de toda materialidad, con los atributos con que la dota el matemático francés en su conocido párrafo.
Mihai Popescu tenía en común con Laplace sólo dos extremos: su pasión por las matemáticas y el origen románico de ambas lenguas. Su íntima dicha era la práctica del juego de ajedrez, al que con vehemencia se dedicaba en los ratos libres que disponía. No era extraño encontrar su habitación iluminada hasta altas horas de la noche, señal de que se encontraba inmerso en algún problema o en algún ejercicio avanzado del juego ciencia. Era poco propenso a la práctica del ajedrez, en el sentido de una partida real y escasamente se le veía en uno de los tantos salones donde los jugadores se enfrentaban. Había enseñado durante años matemáticas, cuando le llegó la noticia de la publicación del "Essai". Lo leyó con cierto descuido, casi sin detenerse en sus hojas, hasta llegar al párrafo donde el francés describe la hipotética inteligencia.
Popescu releyó una y otra vez el párrafo pasando de la parálisis a la perplejidad, hasta llegar finalmente a la develación. En su mente surgió una vorágine de configuraciones del juego, de probabilidades, de cálculo, de exaltación y esperanza. Supuso a priori que si Laplace preveía la existencia de dicha inteligencia ésta era susceptible de existir, o mejor, de ser construida. Para delimitar su alcance decidió centrar sus esfuerzos en el juego de ajedrez, como un primer paso a un nivel superior, es decir, a la adquisición de la inteligencia total: el demonio de Laplace. De allí que durante años intentase crear un artefacto mecánico, bastante complicado a medida que progresaba, que albergase el tal demonio. A pesar que había logrado que dicho incipiente golem, pudiese prever y conocer todas las posibilidades de una partida de ajedrez hasta la decimoquinta jugada, comprendió que su construcción era una quimera pues no logró progreso alguno más allá de aquella.
Desalentado Popescu abandonó por un tiempo el proyecto, pero pulsaba en él un ímpetu del que no lograba escapar. Cuanto más trataba de olvidarlo, más percutía en su interior. De allí que decidió retomar su aventura. Esta vez utilizaría su propia mente como sujeto y vehículo de su propósito. Infirió que debía recorrer un camino infinito con su intelecto finito. La imposibilidad, la contradicción que esto suponía no logró amedrentarlo. Algo más allá de sí mismo lo esperaba.
Supuso que la partida tendría en la apertura jugadas predecibles. Luego se iría complicando hasta que la cantidad de jugadas probables aumentaría en forma exponencial. Poder conocerlas en todos sus detalles y anticiparlas describiría perfectamente la esencia de tal inteligencia. Obviamente esto tendría por consecuencia que tal inteligencia -de ser alcanzada por un humano- vencería inevitablemente a todo adversario por avezado que fuese en el juego ciencia. Disponía ahora de sólo una herramienta para lograrlo: su propia mente.
Entonces emprendió una desenfrenada, voraz e insomne vorágine de cálculo, configuraciones de piezas, jugada-respuesta, siempre con el mismo contrincante: él mismo. Pasado el tiempo comenzó a percibirse con dos rostros, el segundo el de un extraño, un alter ego que se había ido gestando lenta pero irreversiblemente. En un primer momento se sorprendió y por qué no, sintió algo de pánico. Pero la presencia de ese otro que era él y que enfrentaba docenas de veces a diario, comenzó a adquirir una beatífica familiaridad.
Era tal su concentración, su conocimiento del juego a estas alturas, que en cierto momento prescindió del tablero. Comenzó a descuidar sus obligaciones académicas, su aseo, dejó de escuchar el canto de la lluvia, el sonido de las campanas de la iglesia cercana. Sus ojos parecían extraviados, bajo el imperio de una realidad de otro orden que se apoderaba de su cerebro. A partir de cierto momento pasaba todo el día tendido en la cama boca arriba mirando el techo, en apariencia inmóvil pero lleno de agitación en su interior.
Fue honda su conmoción cuando descubrió que había superado al artefacto que había construido y había llegado a conocer todas las posibles variaciones de una partida de ajedrez hasta el movimiento veintidós. Sintió un alivio, como el que experimenta la tierra luego de la lluvia bienhechora. Supuso que de continuar, en algún momento, quizás un mediodía o en un atardecer de un día como cualquier otro, lograría su propósito. Recordó que los alquimistas creían que la transmutación de un metal en otro sólo era posible si una revolucionaria transformación de sí mismos ocurría. Quizás éste era el secreto que debería develar. Una brecha, un claro en el espacio y en el tiempo se abrirían en él, en un instante, en un suspiro de la eternidad y entonces advendría la suma de todas las jugadas pasadas, presentes, futuras de una partida dada. Una partida de ajedrez que incluiría a todas y a ninguna. Solitaria, impensable existía en algún lugar predestinado a ser conocido por un solo hombre.
Mihai Popescu murió de un infarto masivo, la madrugada del veinte de noviembre de 1852 en Bucarest. Nada sabemos del resultado de su iluminada o insensata búsqueda.
Quizás lo logró. Quizás -al menos por un instante- fue el demonio que previó o soñó Pierre Simon de Laplace. Tampoco nos es dado conocer, que es lo que vieron sus ojos, en el infinito mar que está más allá de la mente. Cuales fueron las formas y los cánones, los éxtasis y luminarias que a él y solamente a él le fueron reservadas. De ser así, sin lugar a dudas, fue -entre otras cosas- el más brillante, exuberante y contundente maestro del ajedrez de todos los tiempos.
En lo que a mí respecta, me atrevo a conjeturar que tal inteligencia o sea el demonio de Laplace existe, solitario e impensable, y que sólo a pocos les es dado conocer. En lo que se refiere al juego del ajedrez, creo que este demonio aparece continuamente. Veo sus reflejos, sus fiorituras, sus ingenios, sus malabares en cientos de partidas, en determinados momentos del juego de Morphy, Alekhine, Fischer, Capablanca y en el de tantos otros como también en alguna de las suyas, lector o lectora. Si Popescu lo intuyó no lo sé, pero en caso de haber accedido a tal inteligencia ello supuso la más grande revolución en el juego ciencia: el arte de derrotar al adversario sin haber comenzado la partida.
|