Atardecer. El sol se ha puesto hace instantes.
Entonces, lentamente, una sinfonía de matices de color se
adueña del cielo. Desde el celeste ligero hasta el azul
claro.
Son tonalidades pálidas, delicadas y evanescentes. A
medida que la luz se va tornando más y más tenue, parecen
adquirir una cualidad etérea, como si en su tránsito hacia
la oscuridad, fueran despidiéndose lenta y gentilmente. Las
pocas nubes que cruzan el cielo, son empujadas por un viento
vigoroso y continuo. La superficie del mar ha adquirido un
movimiento extraordinario, con un velocidad tal, que parece
una corriente impetuosa e irrefrenable. De color maduro y
opaco, conjugada con la dirección del viento, es un fluir
como llamas de un fuego líquido que avanza y absorbe todo a
su paso, pero sin consumir nada. Todo parece alejarse del
ser y a la vez reingresar en él, en un torbellino de
color, sonido y movimiento. Hay una fuerza inconmensurable
en todo ello. Intensa, arrolladora y sin embargo
pacífica y cuidadosa. Una contraparte de quietud sin
movimiento, de reposo sin agitación.
En este lugar de la costa, no hay playa. Sólo una base
rocosa, que con su variedad de formas y colores, llega hasta
el mar. El sendero transcurre en una elevación del terreno
que da directamente a ellas, por lo que es posible al
recorrerlo, observarlas. Un grupo de juncos,
arraigado en el suelo, se destaca. Es un
conjunto vegetal único en este paraje. Está compuesto de
ejemplares verdes de largos y delgados troncos,
que se doblan ante el viento, con hojas
que adquieren un temblor rítmico y breve. Algunos de ellos
se han secado y parte de su tronco convive con los más
jovenes. Otros se han partido y sus trozos han caído,
mezclándose con la arena y las rocas del suelo.
Están allí, a solas, sin la compañia de alguna
otra forma de vegetación. En medio del color cambiante de
este cielo, del fuerte viento y del empuje del mar.
Incorporándose a la escena plenamente, participando con todo
su ser. Pues a pesar de la inmensidad en la que
se encuentran e incluyen, del reducido espacio que
ocupan, poseen una apasionada presencia. No hay grandeza
en ellos, ni esplendor, ni centro alguno. Poseen la
cualidad de lo anónimo y de lo no familiar, de lo que la
mirada elude, que es en donde la belleza y lo eterno surgen
y se realizan.