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Juncos


Atardecer. El sol se ha puesto hace instantes. Entonces, lentamente, una sinfonía de matices de color se adueña del cielo. Desde el celeste ligero hasta el azul claro. Son tonalidades pálidas, delicadas y evanescentes. A medida que la luz se va tornando más y más tenue, parecen adquirir una cualidad etérea, como si en su tránsito hacia la oscuridad, fueran despidiéndose lenta y gentilmente. Las pocas nubes que cruzan el cielo, son empujadas por un viento vigoroso y continuo. La superficie del mar ha adquirido un movimiento extraordinario, con un velocidad tal, que parece una corriente impetuosa e irrefrenable. De color maduro y opaco, conjugada con la dirección del viento, es un fluir como llamas de un fuego líquido que avanza y absorbe todo a su paso, pero sin consumir nada. Todo parece alejarse del ser y a la vez reingresar en él, en un torbellino de color, sonido y movimiento. Hay una fuerza inconmensurable en todo ello. Intensa, arrolladora y sin embargo pacífica y cuidadosa. Una contraparte de quietud sin movimiento, de reposo sin agitación.

En este lugar de la costa, no hay playa. Sólo una base rocosa, que con su variedad de formas y colores, llega hasta el mar. El sendero transcurre en una elevación del terreno que da directamente a ellas, por lo que es posible al recorrerlo, observarlas. Un grupo de juncos, arraigado en el suelo, se destaca. Es un conjunto vegetal único en este paraje. Está compuesto de ejemplares verdes de largos y delgados troncos, que se doblan ante el viento, con hojas que adquieren un temblor rítmico y breve. Algunos de ellos se han secado y parte de su tronco convive con los más jovenes. Otros se han partido y sus trozos han caído, mezclándose con la arena y las rocas del suelo. Están allí, a solas, sin la compañia de alguna otra forma de vegetación. En medio del color cambiante de este cielo, del fuerte viento y del empuje del mar. Incorporándose a la escena plenamente, participando con todo su ser. Pues a pesar de la inmensidad en la que se encuentran e incluyen, del reducido espacio que ocupan, poseen una apasionada presencia. No hay grandeza en ellos, ni esplendor, ni centro alguno. Poseen la cualidad de lo anónimo y de lo no familiar, de lo que la mirada elude, que es en donde la belleza y lo eterno surgen y se realizan.





escrito por Carlos Fleitas.
15 enero 2002.

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