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Una noche -cuando era niño- mi padre me llevó a la Gruta del Espiritu del Hielo. Atravesamos en trineo la Llanura de las Focas, para luego cruzar a pie el Desfiladero de los Cristales, donde acecha el oso blanco. Entramos y me sentó frente a él. Tomó un pequeño tambor que llevaba consigo y comenzó a golpearlo ritmica y suavemente, entonando cantos que jamás había oído en las ceremonias de mi pueblo. Cuando terminó de tocar, se levantó, arrancó del techo un pedazo de hielo -largo y punzante- y mirándome a los ojos, lo hundió en mi pecho atravesándolo de lado a lado. No sentí dolor, ni tuve herida alguna. Mi cuerpo era transparente como el viento que vuela en las noches de primavera: nadie lo ve, nadie lo puede tocar, pero está allí, etéreo e informe. Regresamos a la aldea y esa misma noche mi abuelo habló largamente en el Consejo de Ancianos que se sentaron en círculo y lo escucharon en silencio. Al amanecer, mi padre me despertó y me dijo: tu eres el elegido para ser el nuevo chamán de nuestro pueblo, como lo fue tu bisabuelo. Los ancianos y los espíritus de tus ancestros te enseñaran el camino. Yo era un niño aún, pero comprendí que jamás volvería a beber de los tibios pechos de mi madre. Permanecí varios meses en mi tienda, prisionero de la fiebre y las convulsiones, mientras los demonios-perro devoraban mis entrañas, disputándose mis brazos y mis piernas, arrastrándome al pais de las tinieblas, en la región de los muertos. Sé que el ascenso al Reino de los Hielos Celestes será arduo, pues los demonios inferiores no quieren liberarme. Pasan las lunas y los días, que guardo como blancos copos de nieve en mi memoria, aquí en el mundo sin tiempo. Y veo acercarse al Espíritu del Oso Blanco, que entabla batalla con los espíritus oscuros y cargándome sobre su lomo, asciendo hacia los cielos. Entonces veo las tierras más allá de la llanura del blanco eterno y conozco a pueblos de extraños ritos y de corazones a veces claros, a veces oscuros. En la inmensa noche del Artico, he aprendido los secretos del arriesgado viaje a los mundos subterraneos del hielo. He disputado largos combates con espíritus y fuerzas malignas, para traer de vuelta a su cuerpo el alma perdida de los enfermos y así sanarlos. Y los ritos de iniciación me han conferido el dominio sobre mi espíritu. Mi cuerpo es un cuenco vacío del que me separo y en el que vuelvo a entrar, según mi voluntad, luego de viajar hacia el mundo más allá del horizonte, donde las estrellas y los cometas son mi única compañía. No puedo prescindir de él sin embargo, pues el alma sin casa puede perderse para siempre. Ya es tiempo de recibir la luz que todo lo sabe y todo lo ve. Sentado con los ojos cerrados en medio del círculo de ancianos y rodeado por mi pueblo, me dirijo a La Gruta del Espíritu del Hielo. En su entrada, ante mi sorpresa y asombro, veo a un anciano encorvado que espera por mí. Es mi bisabuelo, el gran chamán de nuestro pueblo. El me otorgará el don de ver a través de los plieges del espacio y del tiempo. Podré conocer el futuro, seré el nuevo chamán que mi padre anunció. Mi ancestro se sentó frente a mí, y mirándome a los ojos tocó mi frente con sus dedos. Sentí que mi cerebro estallaba. Una fuerte luz cegó mi vista. Cuando pude mirar nuevamente, se había ido. No lo volvería a ver, pero su espíritu habitaría en mí para siempre. Me quedé en silencio, en esta soledad sin tiempo. Lentamente comenzaron a llegar imágenes borrosas, que luego aprendí a enfocar para tornarlas nítidas. El futuro llegaba hasta mí en forma inagotable e inflexible. Y de pronto, un grito de horror se apoderó de mi garganta. Vi la mañana en la que hombres de tez clara y corazón violento llegaron a mi aldea, capturaron a niños y mujeres, mataron a nuestros guerreros, golpearon a nuestros ancianos y todo lo destruyeron. Ante mi espanto y desgarro veo que han asesinado mi cuerpo terreno. Ya no podré volver a él. Aquí me quedaré, envuelto en mi cuerpo cósmico, hasta el fin de los hielos. Esperaré a mi pueblo. Sé que las invencibles estrellas del Artico guiarán su retorno a La Gruta del Espíritu del Hielo.
Carlos Fleitas |