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El avión acelera y despega de la pista, elevándose a la morada del Dragón Celeste. Me alejo de la numerosidad de Beijing, donde en la Plaza de Tienanmen cultivé el anonimato hasta sus últimas consecuencias; del Salón Para Cultivar La Mente en la Ciudad Prohibida y del jardín donde bebía vino y recitaba poesías de vaga melancolía, el último de los Hijos del Cielo. Me dirijo a mi ciudad natal, llevando en un discreto portafolio, la copia del manuscrito que el azar que todo lo teje y desanuda, hizo llegar a mis manos meses atrás. Un amigo que enseña cibernética en la Universidad de Shangai, enterado de mi afición por las obras canónicas de la Antigua cultura china, me comentó mientras bebíamos té en la sala de la Biblioteca, que su anciano abuelo era un erudito en esos temas. A las pocas semanas me hizo saber que al día siguiente su antecesor me recibiría en su casa. Me advirtió que no era afecto al diálogo y que rehuía todo contacto social, siendo su única afición, cuando no estaba concentrado en sus manuscritos, pasear por su jardín de colores puros e intensos. Llegué cerca del mediodía, hize sonar una campana y nadie me recibió. Luego de insistir prudentemente y esperar una hora más, empujé la puerta que resultó estar abierta. Crucé varias habitaciones hasta llegar al final de un corredor, donde una puerta con el dibujo del ideograma li inscripto en ella, se abrió a mi paso. Un hombre anciano, insensatamente anciano, estaba reclinado sobre una mesa estudiando un manuscrito. Esperé mas de dos horas, pero no parecía percatarse de mi presencia. Comenzé a jugar con una moneda ritual que siempre llevo en mi bolsillo y que por accidente -¿o secreta decisión?- cayó al piso y rodó hasta sus pies. Con un movimiento rápido, sin mirarme, la tomó entre sus dedos pulgar e índice y dijo: "está tibia", para continuar absorto en su lectura. Pasaron las horas y la luz del atardecer comenzó a insinuarse en la ventana de la habitación, cuando de improvisó, el anciano se levantó y con agilidad y armonía, se dirigió a un pequeño armario, extrajo un pergamino, me lo entregó y salió rapidamente al jardín. Al llegar a mi casa, comenzé a examinar la obra. Supe de la sorpresa, del vértigo y la paz, de las sincronías y los misterios del cosmos y de la posible versatilidad de la mente y el corazón humanos cuando logran reflejarlo. La poesía del texto, su rítmica y melodiosa prosodia, me recordaron el modelo de la elegancia para los chinos: el feng-liu. Amable lector, si acaso llega a vuestras manos este breve epílogo, estas confesiones, comprenderá las dificultades para verter a un idioma occidental la íntima belleza del texto. Aunque no creo haberlo logrado, acepté el desafío y traduje con torpeza y exaltación el manuscrito de La Garganta del Dragón Entregué el original a la Universidad de Beijing y fui autorizado a traducir y editar en Occidente la obra. Las dificultades surgieron pronto y fueron innumerables, pero pude superarlas. Decidí dejar ciertas expresiones tal cual aparecen en el original chino, convenientemente transliteradas, a los efectos de recordar continuamente al lector, que se encuentra en otra atmósfera mental totalmente distinta a la que está habituado. No modifiqué pasajes simbólicos -a veces crípticos- que se encuentran en la obra. Pero he renunciado a la divulgación masiva de la traducción del texto. ¿Como transmitir a la mente occidental, habituada a la causalidad, al excesivo culto del self y al desconocimiento de los principios que rigen el Cosmos, una via antigua que literalmente arroja al hombre fuera de sí? A mi llegada a Montevideo, mi esposa me comunicó que habíamos recibido una invitación de bienvenida. Inmediatamente llegaron los recuerdos de nuestra amistad con el matrimonio B..., las innumerables cartas que intercambiamos mientras estaba en Beijin y las novedades académicas que me comentaba el Sr.B...Con su habitual generosidad nos ofrecieron una cena preparada por ellos mismos, que me devolvió a los más íntimos sabores de mi infancia. Me distraje varias veces en el curso de la conversación, pues me concentré en un enigma que quedaba por resolver, para completar la traducción: no había logrado traducir uno de los caracteres, o mejor dicho, un criptograma del texto. Había consultado en Beijing a las más sabias mentes, tuve entrevistas a la luz de la luna menguante con místicos retirados del mundo, pero todo fue en vano. Sólo pude llegar a una imperfecta e incomprensible traducción del criptoideograma de 36 trazos que literalmente se lee: cerofutupresado. La súbita chispa de la sincronicidad se apoderó de mi cuando el Sr.B..., mencionó el nombre de un investigador, que en el curso de una exposición ha desarrollado el concepto de No-Tiempo, donde están todos los tiempos y ninguno de ellos, plegados en una mónada eterna, inmovil y fluyente. El Cielo y La Tierra son generosos para aquel que sigue sus leyes con armonía y rectitud. A miles de kilómetros de China, gracias a la maestría y sensatez de un científico occidental, pude finalizar mi traducción: 36 trazos=cerofutupresado=No-Tiempo. Indago e inquiero insistentemente. Se trata de La Teoría del Ser en Psicoanalisis, creación del Dr. Hector Garbarino. Cosmos, yo-Ser, el Ser, las energías, presentaciones....comienzan a poblar la conversación y finalmente, el Sr.B...., me alcanza un trabajo sobre la paranormalidad. Ya desprendido de toda etiqueta social, urgí a mi amigo en forma enfática que mediara ante él, solicitando ser recibido a la brevedad. Días después me comunicó que el Dr. Garbarino y su esposa Mercedes habían aceptado amablemente dialogar conmigo. En ese momento, recordé el día en que miré el amanecer en los jardines cercanos al Salón de La Suprema Armonía. Sus tenues luces anunciaban el imperio del yang sobre la tierra. Mi impaciencia por conocerlos, alivia mi nostalgia por las suaves tardes de mi amada Beijing.
Carlos Fleitas |