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Conozco la montaña y el trueno, la región del tigre blanco y el sonido de la flauta de bambú. Soy el Señor de los Diez Mil Años. Todos los días, sentado en el Trono del Dragón Imperial con mi rostro vuelto al Sur, administro la economía y la justicia del Imperio del Centro. Todas las noches, en el Salón Para Cultivar La Mente, espero ese destello, ese fulgor, que anuncia en mis sueños lo porvenir. Hace ya un tiempo, los desordenes y la amenaza de una invasión en la frontera Norte, inquietan mis días y mis noches. Ni los excesos del lecho, ni los reflejos de la luna de mayo en los jardines, o el evanescente fluir de la Nan Hsiao cuando describe su curso, ni los elegantes vuelos de las ocas salvajes cruzando la bruma, ni el cincelado arte de la Opera de la Corte Imperial, ni los cientos de aromáticos y coloridos platos de alimento, -que previamente prueba con palillos con punta de plata el Jefe de la Guardia de Palacio- atemperan mi íntima desdicha. El arte de la guerra nunca fué mi pasión. Es quizás, un deleite como mera abstracción mental, como un juego de wei-chi en varias dimensiones, que no excede los límites de un tablero de jade con piezas de marfil. Su concretud es tenebrosa como el Reino de las Diez Mil Tinieblas, pues trae muerte y desdicha por doquier. En vano mis embajadores intentaron disuadir al enemigo de ojos oscuros y corazón maligno. Nada se ha logrado, pues amenazan cruzar la frontera de un momento a otro. Y entonces, la recta armonía del Imperio del Centro será destruída. Ya no volará la grulla amarilla sobre el río Hsiao, ni las cosechas de arroz serán abundantes, ni se respetarán las ofrendas a los antepasados en la Montaña Occidental, ni se escuchará el grave y sugestivo sonido del Ch'in en el silencio de la noche. Un tirano de la Casa Chou Hsin, que despreciará el color amarillo, ocupará el Trono del Dragón.
Pero el aleteo de una esperanza apacigua
mi temor. Si pudiera
anticipar el curso de los hechos y determinar previamente el rumbo
que tomará la batalla decisiva, entonces y sólo entonces podría
cambiar el curso de la misma y derrotar al adversario. Sé que está
en mí esta inquietante posibilidad. He de confiar en el poder de la
Casa de los Cielos, que en su recta sabiduría guía el destino de los
hombres.
Una noche cuando era niño, se presentó en un sueño una visión, un relámpago de claridad, que agitó mi mente. En ella veía a mi padre junto a mí, leyéndome en un jardín donde moraba un acueducto, las rimadas sentencias de Kung Zi. Como esto nunca había sucedido, ni mi genitor me había comunicado su intención de moldearme en las enseñanzas del Maestro, descarté la imagen como una ociosidad de una mente no sometida a disciplina alguna. Días despues ante mi agobio y sorpresa, mi padre me llevó al jardín cercano a la Sala de la Suprema Armonía, y con voz grave, pausada y rítmica comenzó a leerme los venerables dictamenes. Son innumberables las videncias que han visitado mis sueños. Enumerarlas sería extenuar el delicado papel de arroz, donde con esmerada caligrafía, estoy escribiendo este testimonio. Sólo quisiera comentar que pronto aprendí a distinguirlas de otros sueños y saber con precisión y certeza, si uno de ellos era una imagen de un suceso futuro o meramente uno como tantos otros. La diferencia es sencilla. En las videncias oníricas la imagen se presenta clara y sin deformaciones, al contrario de las otras en las que un rostro conocido puede presentar mil formas, o un paisaje mostrar los colores mas extraños y donde el tiempo es -quizás lo que sea- un entremezclarse de la sucesión natural a la que nuestra mente está habituada. El sueño habitual es memoria, pero las videncias son un pulido espejo del futuro.
Los mensajeros han traido noticias que llenan mi corazón de
tristeza. El enemigo cruzará mañana la frontera si no es detenido a
tiempo. Hoy es un día de presagios y acechanzas. Se acerca la hora
de la batalla final. Mañana comandaré a mi ejército. Soy el
heredero de un innumerable tejido de sucesores de Fü-Hsi. Debo ir al
encuentro de mi destino.
La noche es intensa y solitaria. Y a la manera de un bálsamo, el suave vino de la nostalgia invade mi mente. Recuerdo los paseos con mi padre en el jardín en donde me leía los clásicos de la Antiguedad. Recuerdo sus aromas, los delicados colores de sus flores, su secreta armonía, el equilibrio entre el yin y el yang, el viento cantando en las hojas y el acueducto construido con la forma de los caracteres Ru-Yi: cualquier cosa que desees... Me despierta el grito del pájaro de la montaña y el aroma del té de jazmín. He dormido inquieto, como si algo hubiese descendido de la Casa del Dragón Amarillo hasta mi mente. Entonces comienzo a recordar mi sueño...Veo el campo de batalla, su intensa pasión y soledad, veo a mi ejército combatiendo, veo los estandartes amarillos y rojos de la Casa Imperial, veo las oscuras banderas del invasor, veo sus rostros, su agobio y su esperanza, veo a los jinetes y a sus sombras, veo flechas certeras abatiendo el Ch'i de los hombres... Alli estoy, frágil e imponente como la montaña. Combatiendo en el mar de espadas aladas, venerado y aborrecido, gregario y solitario. La batalla no se ha decidido aún. Falta su agonía final. El grito de la victoria aún duerme en la garganta de los hombres. De improviso, como la picadura de una serpiente letal, una cabalgadura me sorprende por el flanco derecho. El guerrero es decidido y feroz. Levanta su espada y se apresta a dar el golpe fatal. Intento frenar el filoso borde con mi escudo pero.... El grito del pájaro de la montaña me despierta e interrumpe la videncia de mi sueño. Inútiles han sido mis intentos de conocer su final. Ni siquiera la consulta con las varillas de milenrama me han dado la anhelada respuesta. No sé si detendré el golpe del guerrero. No sé si hoy es el día de mi fin, de mi inquietante muerte o de mi triunfo y apoteosis. Los estandartes, los caballos, los arcos y las flechas, el sol y las espadas me esperan. Ha llegado el momento de partir.
Carlos Fleitas |   |