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En cuanto a mi trato con él, digo trato, porque para Mouton la palabra amistad era un eufemismo recurrente en el habla de los hombres, comenzó en un salón donde los sábados a la mañana se jugaba ajedrez. Debido a su técnica superior, Mouton era considerado el más destacado entre los concurrentes. Su juego era claro descendiente del maestro que más admiraba: Mikhail Botvinnik. De allí que sus partidas eran meticulosas en la apertura, complejas en el medio juego e impecables en el remate final. Una profunda planificación y rigor mental eran la verdadera clave de su estrategia y de su táctica. No desdeñaba la claridad en el juego, pero la consideraba mas el resultado de la reconstrucción a posteriori de la partida, que un objetivo per se. Es decir, su estrategia estaba guiada mas por la complejidad en el planteo de la partida y en su conducción a la manera de una filigrana, que por la simplicidad de líneas o la súbita y fulgurante explosión táctica que tanto deleita a los aficionados.
Tampoco es posible subestimar otra influencia en su juego que lo distinguía vivamente. La del maestro Emanuel Lasker. Mouton había tomado de él, una idea clave que utilizaba cada vez que la oportunidad se lo permitía. Mantener la estructura de peones intacta durante el desarrollo de la partida, para llegar a un final ventajoso. Dominaba y practicaba en su juego la estrategia de Lasker de pasar por momentos de grave peligro en el mismo, con el solo objetivo de preservar la mejor disposición de su infantería. Así cuando conducía las piezas blancas, se decidía alguna vez por la apertura de peón rey y siempre que las respuestas de su adversario lo hicieran posible, forzaba la variante de cambio de la Ruy López, para crear el escenario óptimo en el cual desarrollar la idea del maestro alemán.
La mayoría de los concurrentes consideraba que Mouton practicaba el ajedrez como un pasatiempo que no iba más allá de sí mismo. Pero nada mas alejado del verdadero propósito que el juego tenía para el paleógrafo. Recuerdo que en una ocasión, me comentó que el ajedrez era para él una disciplina para ejercitar la mente, una gimnasia para fortalecer y aguzar el intelecto cuyo fundamento es el cálculo. Pero cálculo no en el sentido probabilístico, sino el de una cuidadoso curso de razonamiento que permitía crear una compleja sucesión de eventos interconectados entre sí, que se materializaban en las jugadas que los contrincantes desplegaban en el tablero. Cuanto más precisa y ajustada
a las características de la posición era esta construcción, mas probabilidades tenía el jugador de lograr la victoria.
Sin embargo, años más tarde, Mouton me comentó que había llegado a una conclusión distinta. Su concepción del ajedrez había cambiado y lo consideraba en ese momento y desde el punto de vista del jugador, como una labor de conexión de aquello que aparentaba estar desconectado e incompleto. Es decir, existía previamente un curso ideal de la partida que había que aprehender y que en un primer momento se presentaba a la mente como caótico y desgarrado en sus conexiones, lo que quedaba claro en las dificultades que experimentaba el jugador al intentar develar los secretos de una posición determinada, para poder realizar la mejor sucesión de jugadas y conseguir su objetivo. Todos los esfuerzos debían dirigirse pues, a restaurar lo que se presentaba en apariencia como inconexo e incompleto. De lograr revertir esta apariencia mediante el cálculo y el razonamiento en una partida cualesquiera, el jugador habría logrado encontrar esa otra partida, impecable y perfecta en su diseño, que preexistía a la que estaba jugando, de lo que resulta que su labor mental no era más que el intento de develar una trama, como solía decir.
En un primer examen, la nueva concepción de Mouton me impresionó como un platonismo más en la historia de las ideas humanas. Pero muchos años después pude comprender que su esencia y alcance eran otros, muy distintos a los que en un primer momento y en forma superficial -debo confesarlo- juzgué como un ritornelo de la filosofía del Académico. Pero jamás pude preguntarle a Mouton sobre el verdadero alcance de sus nuevas ideas, ya que en el verano de l966 partió a Camboya, en uno de los tantos viajes que había realizado al continente Asiático en su calidad de paleógrafo aventajado. Recuerdo que en mi último encuentro con él, comentó que había recibido una urgente comunicación de su colega Jacques Boulard que le informaba que cerca de Angkor, se había encontrado en una piedra inscripciones de contenido inquietante (sic). Nunca más volví a ver a Mouton. Sólo recibí a lo largo de los años siguientes una gran cantidad de notas en las que plasmaba el desarrollo de sus hallazgos, investigaciones y conclusiones.
Las notas que Mouton me fue entregando, eran complejas, abigarradas de símbolos, de un razonamiento apretado, ajenas al circunloquio y cercanas a una partitura polifónica a varias voces. Esta última característica, quizás, no sólo se la imponía la esencia del tema que trataba, sino la preferencia que tenía el paleógrafo por el arte de Machault y en particular por el de Josquin des Prez. Mouton compartía la opinión generalizada de que el maestro flamenco había sintetizado el contrapunto riguroso, ornamentado y algo pesante del norte de Europa, con la levedad, claridad y cantabile de la música italiana.
En algún momento me escribió que si lograba formular sus conclusiones a la "manera de Josquin" habría arribado a una exposición donde sus descubrimientos serían una presentación acabada de los hechos, donde todos y cada uno de ellos se verían restituidos a su interconexión originaria, desgarrada en apariencia para la mente humana. Y ello con dos atributos ejes: la rigurosidad y la claridad o la pesantez y la levedad sincrónicas y simultáneas, al modo del arte de des Prez. Y dado que en estas regiones del espíritu la mera exposición lineal del pensamiento que resume la masa de hechos, es notoriamente un método insuficiente, Mouton había adoptado una técnica de exposición donde cada uno de los hechos, se relaciona con el otro,
en varios registros, a la manera de las múltiples voces en la partitura polifónica. Una vez desplegado el motivo o idea inicial pues, se presenta ante nosotros un desarrollo que es un verdadero entramado que tiene como fundamento la primera idea, que a la vez, va transformándose en otras en forma interconectada de acuerdo a una rigurosa ley de composición, equivalente en la polifonía a la utilización del canon.
La primera de las cartas que recibí, fue en el invierno de 1967. En ella me comunicaba que un grupo de paleógrafos franceses había descubierto cerca de Angkor una gran cantidad de inscripciones en piedra y había procedido a clasificarlas y descifrarlas. Las mismas estaban escritas en el sistema de escritura khmer como habría de esperarse y se referían a todo lo concerniente a la administración de un templo, cosechas, tributos, alguna que otra invocación a Shiva y así. Como pudo determinarse habían sido inscriptas alrededor del siglo XI D.C.
Pero una de ellas fue el comienzo del largo peregrinaje -literal y metafórico- de Mouton en los años siguientes. Esta inscripción, que fue el motivo de la urgente convocatoria por parte de su colega Boulard, se encontraba formulada en dos sistemas de escritura: el khmer y el devanagari. Pero eso no era todo. Las pocas líneas en devanagari eran algo inusuales. Invertían el sentido habitual de la misma, presentándola pues, de derecha a izquierda y para sorpresa de todos en bustrófedon. Pero sabido es que en la sorpresa anida la novedad, cuando no el éxtasis o el pánico. No sé cuál de los dos latió en la mente de Mouton, cuando al traducir esta insólita inscripción los paleógrafos encontraron que se trataba de los primeros versículos del Evangelio de San Juan entremezclados con algunas líneas correspondientes a los capítulos 9 y 10 del Bhagavad Gita. Y un giro inesperado. Tanto el texto del Evangelio como el del Gita estaban presentados en escritura khmer entremezclada a su vez, aquí y allá, con el devanagari en bustrófedon.
Los colegas de Mouton pronto advirtieron similitudes en los textos de las escrituras. Krishna es la causa última de todas las cosas, el creador del que emana todo lo existente que es equivalente al "todas las cosas fueron hechas por medio de él" del Evangelio de San Juan. Krishna se revela en su representación personal a Arjuna, tal como Dios se revela a través de Jesús el Cristo. Así como el que adora a Krishna alcanzara la vida eterna, aquel que cree en Jesús también lo hará. Y todo ello parecía converger en la sinonimia entre Krishna y Cristo, dado que Christos era la equivalencia griega de Krishna. De allí en más las conjeturas y conclusiones se multiplicaron en una floración exquisita, inquietante y sorprendente. El paleógrafo no descartó ninguna de estas interpretaciones, pero partió de un detalle que fue tempranamente descartado por los otros: el hecho de que las líneas en devanagari se presentaban en bustrófedon.
Es sabido que como sistema silábico, el devanagari, tuvo su origen en el siglo XI D.C y su sentido de escritura es de izquierda a derecha. Nunca presentó la característica del doble sentido propio del bustrófedon. Mouton en su búsqueda de claves para la comprensión de la inscripción, recurrió a otro sistema que fue el origen del devanagari: el brahmi, del cual derivan no sólo una innumerable cantidad de escrituras indias sino también a aquellas que sirven de soporte a lenguas de una familia totalmente diferente como es el caso del khmer y las dravídicas. Había pues un antepasado común del khmer y el devanagari: el brahmi que apareció en la India en el siglo V A.C hasta su declinación en el siglo V D.C.
Hasta aquí Mouton había procedido en forma metódica y convencional sin lograr ningún resultado extraordinario. Pero luego de inquirir durante meses, la solución llegó por sí misma. El paleógrafo reparó en el hecho de que los lingüistas habían señalado hacía ya un tiempo, que las inscripciones brahmi más antiguas (anteriores a la era cristiana en varios siglos) aparecían escritas de derecha a izquierda y hasta en bustrófedon, modalidad que desapareció para dar paso al sentido más tardío de escritura unidireccional de izquierda a derecha. De allí Mouton llegó a la conclusión de que la clave y el secreto de la inscripción, se encontraba en el común denominador al khmer y al devanagari, es decir el sistema de escritura bhrami. Pero, ¿cual era esta clave? ¿Se encontraba en la asombrosas similitud entre el contenido de los textos? ¿O el bhrami no era más que una pista hacia el corazón de un develación asombrosa?
Meses después recibí una carta del paleógrafo en la que, luego de una serie de razonamientos un tanto crípticos, concluía con una enfática afirmación: "el secreto de la clave es que es una clave." Dado que no comprendí el alcance y significado de este enigmático aserto, solicité por única vez a Mouton una explicación. Supongo que mi pedido le habrá sorprendido, al comprobar que el destinatario de sus cartas y notas era un ser real, un interlocutor; pues hacía tiempo sospechaba que para el paleógrafo, el destinatario del mensaje era una duplicación de sí mismo, en un diálogo aparente que disfrazaba un monólogo, utilizando el lenguaje como técnica y mediador.
En la carta me explicaba que había llegado a la conclusión de que la reducción a un común denominador del khmer y el devanagari no debía ser tomada en forma literal sino como una alusión, quizás como una pista que conducía a otra idea completamente diferente. Y el hecho de que las líneas en devanagari estuvieran escritas en bustrófedon, significaban que la alusión se refería al tiempo histórico.
Sólo a partir de allí era posible formular una versión diferente de la reconstruida por la historiografía religiosa y encontrar una verdadera develación, que las innumerables exégesis habían pasado por alto, cuando no ocultado. Ciertamente no era posible subestimar las equivalencias semánticas entre Krishna y Christos o el hecho de que devanagari significa "ciudad de los dioses". Tampoco el contenido y similitud entre ciertas líneas del Evangelio y el Bhagavad Gita podían ser ignorados. Pero éstas no eran más que el último detalle de una conjetura más global e inquietante, que poco a poco comenzaba a tornarse verdadera, finalizaba diciendo el paleógrafo, prometiéndome exponerme en detalle sus conclusiones en una próxima carta.
La primavera llegó a París. Los días eran cálidos y claros. La luz adquiría lentamente una cualidad etérea y evanescente. Por mi parte, me complacía repitiendo el ritual de Hemingway, que pasaba muchas horas sentado en una mesa de un café al aire libre, viendo como las variaciones de la luz se sucedían en una especie de danza efímera y sin embargo eterna. Mis responsabilidades en la cátedra, aumentaban en este momento del año y es por ello que dejé a un lado las investigaciones de Mouton. La prometida carta no había llegado. Pasó el verano y el otoño. Llegó el invierno y con él la carta del paleógrafo. Era extensa, metódica y detallada. Mouton en su escritura daba la impresión de una sólida seguridad en su exposición.
En ella recordaba que la alusión al brahmi, según lo había inferido, era una alusión temporal. El contenido de los textos con sus similitudes entre sí, mostraba las dos caras de una misma moneda: Krishna y Cristo. Los rostros se fundían en uno solo, la diversidad se plegaba a sí misma en una única fuente de agua. El tiempo histórico parecía dislocado, pues el hecho de que la escritura en bustrófedon fuera más antigua que la aparición del Cristo de los Evangelios, llevaba a una conclusión insólita cuando no a un escándalo. Jesús había existido mucho antes que Jesús y el Cristo de los Evangelios no era otra cosa más que la anhelada parusía del Señor.
Pero Mouton no se detuvo allí. En su carta reseñaba una serie de conclusiones, a su juicio muy plausibles, de innumerables eruditos e investigadores. Estas tenían como premisa fundante la duda sobre la muerte de Jesús en la Cruz, y por ende la de su posterior resurrección. Había aquellos que sostenían que Jesús había caído en coma en la Cruz y que la herida provocada por la lanza no habría afectado los pulmones. Al entrar en la tumba uno de los guardianes lo habría encontrado vivo y lo habría liberado, apareciéndose a sus discípulos para luego continuar viviendo en secreto. Otros habían sostenido que Jesús había entrado en un estado de catalepsia, que el relato sobre la lanza hiriéndolo podría no ser cierto y que en la tumba el Salvador había sido asistido por José y Nicodemo, proveyéndolo de nueva vestimenta. Karl Bahrdt aseguraba que Jesús había escapado de la muerte ya que Lucas le habría suministrado ciertas drogas antes de su crucifixión para que sobreviviese. Una secta del Islam -los Ahmadiyyas- afirma que Jesús habría sufrido un profundo desvanecimiento en la Cruz, que la lanza no le habría provocado una herida mortal y que en la tumba habría recibido atención médica y que había sido ayudado a escapar. El corolario de todas estas conclusiones era muy simple. No sólo Jesús habría sobrevivido en la Cruz, sino que a posteriori habría viajado extensamente, llegando incluso hasta la India.
La tradición de los viajes de Jesús, recordaba Mouton, era copiosa y podía encontrarse -no sólo en forma oral- en toda el Asia Central, sino en escrituras del Islam y aún en registros budistas tempranos. Afganistán, Kashmir, Ladak, Tibet habrían conocido la prédica y presencia de Cristo. También el paleógrafo señalaba, que algunos maestros budistas percibían en Jesús y en Avalokitesvara la misma sustancia. Y ésta tradición estaba firmemente ligada a la presencia de Cristo en el Tibet e India luego de su crucifixión.
En su carta, Mouton se extendía en citas, examen de tradiciones, comentarios de maestros del Islam, del Budismo y enumeraba una gran cantidad de datos en forma precisa y convincente. Pero mantenía una gran cautela y no se apresuraba a sacar conclusiones definitivas. Sobre el final de la carta, reflexionaba una vez más sobre las múltiples posibilidades de interpretación del conjunto de sus investigaciones, ya que tenía que considerar otra novedad que contradecía la historiografía tradicional, como lo hacían las que venía examinando. Se refería al discutido hallazgo de Nicolás Notovich.
Notovich, como es sabido, fue un médico ruso que viajó al través de Afganistán, la India y el Tibet. En uno de éstos, mientras visitaba Leh, la capital de la región de Ladak en India, sufrió un accidente y se fracturó una pierna, lo que le impuso permanecer durante un tiempo en el monasterio budista de Himis. Allí supo que existían antiguos registros del pasaje de Jesús en esas regiones. Según Notovich los monjes le habían enseñado dos volúmenes conteniendo la "vida de Issa". Con el auxilio de un traductor comprobó que el texto no era otra cosa que la referencia a la estadía de Cristo y su prédica allí. Anotó cuidadosamente el contenido de los volúmenes y regresó a Occidente anunciando su descubrimiento.
Fue acusado de fraude y de ser un impostor. Pero uno de sus oponentes, Swami Abhedananda, decidió viajar al convento Himis y encontrar la verdad. Comprobó la existencia material de los documentos que Notovich mencionaba y quedo convencido de la exactitud de las afirmaciones del médico ruso. Otro tanto hizo el filósofo y científico ruso Nicolás Roerich quien comprobó la existencia de los textos. No conforme con ello anotó varios de los relatos legendarios sobre Issa (Jesús), que lo sitúan -tanto predicando en varias ciudades antiguas de la India y aún del Nepal- como siendo discípulo de maestros hindúes y budistas.
El interés de estas crónicas para Mouton, era que situaban la permanencia de Jesús en la India y en el Tibet, a partir de sus diecisiete años hasta sus veintinueve años cuando habría regresado a Palestina. Nuevamente concluía que era el tiempo la verdadera clave. Es decir, Jesús se multiplicaba en innumerables presencias que los Evangelios no mencionaban. Jesús estuvo aquí parecían decir las inscripciones, la tradición oral y los textos en diferentes momentos de la Historia Universal. El antes y después de Cristo, era pues una temporalización errónea, una cristalización apresurada de un fenómeno cuya insistencia empezaba a quedar claro a los ojos del paleógrafo. Jesús era una presencia continuada en la Historia Universal. Una y otra vez aparecía entre los hombres, en una monotonía que por ser tal, lo hacía irreconocible para ellos.
Pero Jesús era indisociable de su mensaje. Mouton afirmaba que éste era claro y escueto, un núcleo de verdad sobre el que giraban los Evangelios. Y en ellos, el ideal de vida cristiano con sus reglas morales y su ética en relación con el prójimo, había eclipsado, distraído la atención de la verdadera develación del Salvador. Mouton en este sentido no era indiferente al ambiente histórico cuando el Cristo de los Evangelios comienza su prédica. Es decir, la influencia de las religiones gnósticas que propiciaron cierto fondo mental y anímico, sobre el que el cristianismo se apoyó. De allí que el paleógrafo procediera como un arqueólogo, restando capa por capa las influencias contemporáneas a los textos evangélicos hasta llegar a la perla que buscaba, el verdadero mensaje de Jesús.
Fiel a su método, el paleógrafo emprendió una búsqueda que comenzó en la India, y se extendió por el Tibet, Nepal, Pakistán, Afganistán hasta llegar a Palestina. Epígrafe al fin, buscó en antiguos templos indicios de la presencia del verdadero mensaje de Cristo. Aquí encontraba una alusión, allí una interpolación en otra lengua, allá una leve insinuación. Inscripciones breves que llevaban a otras que a su vez eran alusiones. Largo fue su peregrinaje, pues también decidió escuchar atentamente el habla de los hombres buscando un fonema, una inflexión que fuera parte o destello de lo buscado.
Todo confluía, todo encajaba a medida que progresaba en su búsqueda. En una de sus últimas cartas, Mouton afirmaba que había llegado al fin de su viaje, que el verdadero mensaje ya no era un secreto para él. Era tan sencillo y obvio una vez conocido, tan simple de comprender sin el auxilio de la razón, que desconcertaba el hecho de que hubiese sido ignorado. Y estaba aquí entre nosotros, como siempre lo estuvo, pronto a develarse para la mente receptiva y desprejuiciada.
En su última carta Jean Mouton me aclaraba que no había viajado a otros continentes, por considerarlo innecesario. No había duda que de hacerlo llegaría a las mismas conclusiones. Pero había decidido hacer una excepción, no sé si debido a su admiración por Goethe y los románticos o por otra fulgurante intuición. Viajaría a África, a la cuna de la humanidad en búsqueda de un Ur-Cristus (así lo llamaba) es decir un Proto-Cristo fundante, que en los albores de la raza humana, hubiera predicado lo esencial, es decir, el primer y último núcleo de verdad: la perla de las perlas.
Luego de recibir esta última comunicación, nunca más supe de Mouton, salvo cuando llegó a mis manos, el tercero de los cuatro números de los "Cahiers de Paléographie" que editó a su propio costo. En el ejemplar de referencia, había un breve artículo firmado por el propio Mouton con el título: "Una Cristología posible", donde en forma metódica y convincente exponía un resumen de sus hallazgos. La reacción de los pocos lectores, no se hizo esperar. Fue considerado una osadía sin fundamento, una perniciosa blasfemia, una enfermiza visión de la Historia y de la realidad. En mi caso sospecho que, a partir de 1967, Jean Mouton comenzó a jugar -conduciendo las piezas negras- una fundante e impensable partida de ajedrez, en la que su contrincante -que regía las piezas blancas - siempre estaba visible, aunque nunca se mostró.
por Carlos Fleitas
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