Un Congreso exitoso


El quinto congreso sobre la inacción tuvo un éxito extraordinario. Nadie concurrió, nadie expuso discurso, ponencia o disertación alguna. No hubo talleres de intercambio científico, no hubo intervalos, ni brindis, ni clausura solemne de tan magno evento. De allí que el Doctor Angel Valenzuela, quien presidía el mismo, lo considerase como la más preciada gema de la infatigable labor de toda una vida. Es más, al recorrer las hojas de los periódicos, publicaciones científicas, prestar ojos y oídos a noticieros televisivos y radiales, no encontró mención alguna del mismo.

Los anteriores congresos vistos ahora en retrospectiva -a juicio de su padre y mentor-, habían sido un fracaso, en particular el tercero, al que había concurrido una verdadera multitud de ansiosos disertantes, y los talleres (workshops) abigarrados de trabajos, habían dado un intenso quehacer a la hora de resumir las conclusiones en el documento oficial y final.

En éste proseguía un intenso debate -vástago de anteriores congresos- con múltiples consideraciones y conclusiones. La inmensa mayoría sostenía -luego de una barroca fundamentación- que la inacción es una blasfemia, un estilo propio de espíritus decadentes que no han aportado progreso alguno a la humanidad a lo largo de su devenir milenario. La inacción -sostenían- es hija de la pereza, perversión perniciosa que de generalizarse llevaría a la definitiva decadencia de las sociedades humanas, cuando no a su desaparición. Es más, la acción y la profundidad de visión, unidas a una intensa inclinación al trabajo son el sostén, el suelo sobre el que se asientan todos los logros humanos. Los ejemplos de ésta última afirmación eran obvios y cundían por doquier. Sólo una mente extraviada y desatenta podría obviarlos.

Enfatizaban que la inacción llevaría a una vida meramente contemplativa, pasiva, sin meta ni objetivo alguno y con ello todos los vicios posibles proliferarían como indetenible virus, como un veneno que se apoderaría de la mente y la vida de los seres humanos. Por el contrario la acción es, en su esencia constructiva y está dotada de una meta, que finalmente supone un logro, sea cual fuere la esfera en donde se despliegue. La acción supone un timonel que guía el barco a través del río de la vida. La inacción es una nave sin rumbo y a la deriva que tiene como patria un charco, cuando no un pantano del que no se puede salir y por ende progresar.

La acción por otra parte tiene la ventaja de estar íntimamente soldada a la volición, lo cual asegura que los más nobles deseos puedan realizarse para beneficio de todos. En cambio, en la inacción los deseos vienen y van, sin materializarse jamás, dejando todo en una suerte de estado meramente natural, salvaje, por qué no, a la sociedad humana. La acción es, en esencia, propia del homo faber antecesor del homo sapiens. La acción produce, fabrica, inventa, construye, crea todo tipo de materiales que en el devenir de la civilización humana han dado a luz desde pirámides y catedrales hasta medicamentos que salvan vidas o alivian el dolor.

Los pocos defensores de la tesis opuesta argumentaban que dado el estado del mundo en el que vivimos con su violencia, brutalidad, pobreza extrema, sufrimiento y desdicha espiritual por doquier, la acción no ha sido precisamente bienhechora, todo lo contrario ha conducido -en la modernidad- a un antropocentrismo desenfrenado. Una continua ocupación que se parece más a huir de algo innombrable y acechante, que destinada a un mejor vivir, amparando también a la naturaleza. A la vez -recalcaban enfáticamente- la acción es, la mayoría de las veces, un disfraz para la ambición y la codicia, algo así como un lobo con piel de cordero. Es de hacer notar, afirmaban, que aún la acción dotada de los más nobles fines, podría ser nada más ni nada menos que la satisfacción de un interés propio, egoísta y en lo absoluto compasivo.

El ocio tan vilipendiado y temido por los defensores de la acción, del quehacer, de la ocupación humana podría ser, por el contrario, un modo de estar en el mundo productivo, a saber, la posibilidad de disponer libremente de un tiempo a ser empleado, esta vez sí, para la creación pura, la reflexión, la sana especulación y la contemplación de la creación, convirtiendo al ser humano en un verdadero espejo de la misma, con toda la bienaventuranza que conlleva. No nos veríamos pues en la situación de seres aislados, incomunicados respecto de nosotros mismos y del prójimo. Seres humanos no solamentes volcados hacia la conducta, hacia un afuera, sino íntimamente atentos a sí mismos y a los otros, verdaderos poetas de la vida y la naturaleza, acompañándola, recreándola en cada uno de nosotros.

La redacción del documento final, dado que fue patrocinada por la mayoría, se extendió sobre los indudables beneficios de la acción, de la ocupación humana y del hacer en general. La tesis contraria, en franca minoría, aparecía tangencialmente mencionada, pero sumamente distorsionada en cuanto a lo que se refiere al corazón de los argumentos que dicha minoría había expuesto a favor de su ponencia. La inacción quedaba de este modo condenada a ser una extravagancia más surgida de la mente de unos pocos pensadores.

El Dr. Angel Valenzuela no se inmutó en absoluto. Es más, convocó luego de dos años a un nuevo congreso, el cuarto de la serie, para abrir una nueva esclusa por así decirlo, a la mejor dilucidación del tema. La concurrencia no fue tan masiva como en el anterior, pero de todos modos fue número más que suficiente para que los debates continuaran en tono ferviente, pleno de convicción. La argumentación continuó, matizada por alguna que otra novedad respecto a las expuestas en el anterior congreso.

Esta vez los partidarios de las bondades del quehacer humano, de la acción como vehículo de una vida de logros y de una sociedad pujante y progresista, decidieron mostrar un nuevo argumento. Para ellos el progreso generalizado de la tecnología y de la ciencia eran sin duda el paradigma de las bondades de la acción humana, que incluía lógicamente la capacidad racional del ser humano. Era cierto que el estado del mundo no era lo perfecto que todos desearíamos que fuese, pero ésto era sólo cuestión de tiempo ya que en un futuro no lejano, la acción humana iba a triunfar sobre todos los males que afligen a las comunidades.

Los escasos partidarios de una vida contemplativa, argumentaron esta vez que desde los orígenes de la humanidad, siempre había sido aspiración de futuro el logro de una sociedad sin los dolores, sufrimientos y horrores de la actual. Pero que este ideal no se había cumplido, no pasando de ser una mera ilusión. No se trataba de negar la ciencia y sus logros, ello sería insensato, sino de condenar un modo de vida que había traído y trae más desdicha que beneficios para la humanidad.

Un minúsculo grupo de no más de cinco personas, influídos sin duda por el taoísmo, se afirmaban en el wu-wei, es decir el hacer sin esfuerzo, navegar con la corriente, fluir como el agua como modo de existencia fecundo y bienhechor, argumentando que la acción del ser humano en el mundo, contradecía totalmente este principio. Es más, veían en las sociedades humanas una suerte de culto al conflicto y al esfuerzo que se extendía por doquier, ya sea entre individuos o naciones.

No es necesario detenerme más en esta breve reseña. El documento final del cuarto congreso esta vez fue ambiguo, elíptico y amante del circunloquio. No llegaba a conclusión alguna, nada proponía y nada refutaba. Ello fue una señal para el Dr. Valenzuela, quien dos años después convocó al quinto congreso que premió con el anhelado éxito a su mentor.

No sé que íntima satisfacción recorrió su mente por el logro obtenido, mientras bebíamos café en su estudio. Poco dado a la especulación, no expuso alabanza alguna acerca del mismo. Es más, la conversación se extendió ligera como las nubes, en donde mi interlocutor se explayó sobre temas fútiles e intrascendentes. Sólo pude intuir un breve aleteo en su conversación. El quinto congreso se había devorado a sí mismo. Los adeptos al tema -apasionados y prolíficos- simplemente habían desertado por desinterés, cuando no por agotamiento. Es por ello que he llegado a la conclusión que mi anfitrión sintió como fundamento de su triunfo, el haber aligerado al mundo de una actividad, de una carga más de las tantas que lo pueblan...



por Carlos Fleitas
noviembre 2006