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Si observamos muchas de las pinturas de Cezanne, éstas parecen el resultado de una técnica deficiente, inacabadas, como si fueran bocetos para una obra futura que nunca termina de concluir. Ensaya con diferentes perspectivas, agota los ángulos de la visión, como buscando todas las posibilidades para capturar algo evanescente, que se despliega en una multiplicidad inagotable. Es el artista que trabaja lentamente, no dando por finalizadas sus obras, dejándolas sin firmar, como a la espera de una develación que nunca llega.
Todo da la idea de un desfallecimiento, de una claudicación ante un objetivo que parece superar sus fuerzas, su inspiración, sus recursos técnicos... Que busca entonces, hasta probar las amargas aristas del fracaso? Un nuevo arte que siempre bordea y siempre se le escapa? O será una experiencia más allá de si mismo, que lo supera e inquieta? Es del creador que busca el Ser del que hablaremos. Del Cezanne que captura el paisaje y lo lleva a su atelier para reconstruir su visión, ese fulgor que presiente en sus observaciones, avanzando solitario hacia los confines de su yo.
Pero para recrearlo tiene que sacrificar el adentro-afuera, y por tanto la forma como clausura, la línea que en su cierre, genera una delimitación. Y a medida que avanza comienza a diluirla y entrevé que con ello, colapsan las reglas de la pintura tal cual las ha recibido. Sólo a través del contraste de colores puede mantener ciertas configuraciones, cierta reminiscencia del mundo que deja atrás, pues más allá del color, la línea y la forma, mas allá del lienzo, está el Ser, eterno, infinito, incesante en su movimiento y pulsación.
Cezanne logra llegar al final de su búsqueda del Ser, dejando en su obra quizás un fracaso, quizás una decepción, a saber, que no hay técnica posible en las artes que revelen al Ser en su pura esencia. Si algo demostró, es que el Ser se expresaría a plena potencia, en el lienzo en blanco, destino final de su arte. Destino y comienzo; pues no se trata del lienzo bidimensional sobre el que se apoya, ni un recorrido en círculo que partiría de la tela sin labrar, hasta el lienzo virgen de impresiones al que arribaría en la apoteosis de su contemplación.
Es otro su recorrido, el de una extraña figura -la Cinta de Moebius- donde las propiedades de lo idéntico se recrean en una nueva álgebra, que anuncia los descubrimientos que la Astrofísica comenzará a formular en este siglo.
Nada sabemos de su experiencia, si fue un destello o un instante dotado de una ligera levedad, tibia y humana. Pero si sabemos, que aunque no creó la nueva plástica, pues llegó a los límites de su arte, sí logró abrir la prisión de su yo, y observó -quizás por un instante- la cualidad de lo Eterno e Infinito, mas allá del tiempo, el espacio y la causalidad. Carlos Fleitas 29 de noviembre de 1999
Bibliografía:
"La teoría del Ser en la Clínica"
"Espacio y Tiempo en las Patologías Mentales"
Hector Garbarino y colaboradores Roca Viva Editorial.
"Cezanne la obra de una vida"
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