Estamos cursando una de las edades más oscuras de toda la historia de la humanidad. Es dudoso que los seres humanos tengamos una civilización, pues vivimos en la barbarie. Sin embargo, a veces un fulgor, un aleteo, un murmullo, nos muestra la dimensión de la totalidad de la vida en toda su luminosidad, porque en realidad es oro todo lo que reluce sin pretender relucir. Esta es una historia sencilla, de dignidad, trabajo y de un testimonio nostálgico y noble como el precioso metal.
Carlos Andina es odontólogo pero, como mostraré en lo que sigue, eso es la delgada piel que recubre su alma. Hace unos días, lo encontré casualmente y me pidió que lo acompañara a su consultorio porque tenía algo que compartir (sic). Así lo hice. Entonces me fue dado conocer la insobornable gloria de la verdad y la belleza -humildes como las flores silvestres que súbitamente aparecen y desparecen-, sin estar marcadas por las fronteras del tiempo y la decadencia.
Carlos nació en Minas de Corrales, departamento de Rivera, República Oriental del Uruguay hace 64 años, y ahora luego de 41 años de ausencia vuelve a la tierra que vieron sus ojos al nacer. Es parte de una familia de 18 hermanos. Su padre fue herrero y su madre se dedicó a las tareas del hogar. Vengo de una familia humilde -me dice- con voz serena y pausada.
Me siento a su lado y saca de un envoltorio de papel tres piedras y me muestra cuidadosamente como en dos de ellas hay oro, que asemejan puntos diminutos, y en la otra plata.Y comienza a contarme lo que se convertirá en un verdadero vértigo de presencias y ausencias, utilizando su cámara digital donde guarda las fotos que ha tomado allí.
Una tarjeta de presentación me introduce directamente en el tema. Don Tito Pereira Técnico Aurífero. Es un hombre de 87 años, quien junto a sus hijos extrae las pequeñas cantidades de oro que encuentra en las piedras que recolecta. Una foto con su esposa Marta, adquiere súbitamente un vuelo, un benignidad fecunda. El de un hombre y una mujer que lo han compartido todo, durante más de 50 años y en eso hay una pulso profundo, cósmico e incorruptible.
A partir de allí, comienza un laborioso proceso artesanal donde la mano del hombre es protagonista. No hay máquina alguna. La separación del metal de la piedra es compleja, trabajosa y dedicada. Carlos la muestra paso a paso en sus fotos, explicando cada uno de ellos con cuidado y esmero. No veo codicia alguna ya que Don Pereira no es hombre que anhele fortuna alguna. Hace lo que su padre y el padre de su padre le enseñaron. Honra su legado. Eso es todo. Luego serán sus hijos los que continuarán extrayendo oro. Sospecho que la palabra oro aquí tiene un significado totalmente distinto del que estamos habituados, pues es un don que nos entrega la naturaleza para admirarlo y amarlo. Sospecho también que DonTito lo sabe, aunque lo sepa sin saberlo. Es suficiente para mí.
Entonces se produce un giro inesperado en su relato.Carlos me muestra la casa de su infancia -abandonada hoy- diciéndome que es una tapera (sic). El árbol que ha prolongado sus raíces, la vegetación que ha gando espacio dentro y fuera de ella. Hay una simbolismo inusual en todo esto, el troquelado de la huella del hombre conviviendo con la madre tierra, amalgamados como el oro en la piedra. Son muchas las fotos que de ella me enseña, la de los ladrillos asentados en barro que aún permanecen intactos, el techo, su interior...
Muestra imágenes del campo, el fulgor de la flor del chircal y la del cactus, del monte criollo, del arroyo donde bebía agua cuando niño, del tatú, la nutria y el carpincho, me narra como su hermano pasa seis meses al año en el monte en una carpa viviendo de lo que caza, de las herramientas de los nativos americanos que encuentran: puntas de flechas, boleadoras y las de troncos de árboles petrificados que moran aún en arroyos y cañadas.
En determinado momento apoya su dedo índice y mayor sobre su sien, el pulgar sobre su mejilla y su mirada se pierde en la lejanía, sólo un instante, en la nostalgia por las sensaciones de ese otro océano que es la infancia, en sus recuerdos , en aquello que partió y no ha de volver...
Gracias Minas de Corrales por ser lo que eres. Gracias Carlos Andina por enseñarme tanto sin pretender hacerlo. Gracias por mostrarme sin exhibir.Gracias por entregarme el perfume de tu alma. Guardaré por siempre en mi memoria tu testimonio. Ahora soy también, el monte criollo, el chircal, el tatú, la cristalina agua del arroyo, el cactus, el ladrillo, el árbol y sus raíces, el anchuroso campo donde el mar se vuelve verde y el verde se vuelve mar. Ahora soy testigo único de todo lo que amas y has amado...
por Carlos Fleitas
25 febrero 2009