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La primavera está aquí. Miro hacia los árboles y éstos se han vuelto pesantes, abigarrados por el verde joven que comienza a poblarlos. A su copas, el viento las invita a una danza, en la que suavemente se mecen. A excepción de uno. Su tronco y sus ramas permanecen desnudas, inhabitadas. No lo visita ni el pájaro, ni el claroscuro del follaje, ni siquiera esos pequeños insectos que tienen por universo nutricio su vigor. Exiliado del verde, está allí, despojado de todo, reducido a lo esencial, a lo originario. Es pura presencia. Parece un recién llegado y a la vez, alguien que se despide. No tiene antes, ni ahora, ni después, como los otros árboles, que cambian según las estaciones. Se ha desprendido de todo atributo que no sea esencial. Nada promete. Nada espera. Nada entrega. Está allí, sosteniéndose a sí mismo, sólo siendo.
A veces, cuando la noche es oscura y la lluvia
cae milenaria sobre la tierra, sus ramas se cubren
de pequeñas gotas, minúsculas, casi invisibles.
Cerca de él, un foco de neón ilumina la calle,
bañándolo con una luz tangencial y tenue.
Entonces ocurre una claridad, una brecha
en la noche. Las gotas al reflejar la luz
se transforman en una infinitud de pequeños
puntos luminosos. Ha prestado a la luz su ser.
Entonces comprendo. Vendrá el verano con sus
fuegos y sus horas. Y será siendo. Vendrá
el otoño con rojos y amarillos. Y será siendo.
Vendrá el invierno con lluvias y con nubes.
Y será siendo. Vendrá la primavera con sus
verdes y sus éxtasis. Y será siendo. Este árbol
despojado de todo, con sus ramas truncadas,
con su tronco nudoso y áspero, este árbol,
ha estado allí desde la primera mañana de
todas y lo hará hasta el último día del después.
Es pura presencia. Es Ser.
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