Andromeda en los cielos



La idea de que la actividad humana contribuye a aumentar la entropía del Universo, apresurando por ende su fin, es el motivo rector de una novela, una obra de teatro y un breve ensayo del escritor y dramaturgo Michael Ewin, nacido en Manhattan, Nueva York. Llamativamente, aquella jamás aparece explicitamente enunciada en toda su producción. Es una inferencia, el resultado de un proceso de elaboración mental que el lector debe llevar a cabo, luego de un estudio detallado de sus escritos.

La obra de teatro está compuesta de tres actos. La acción se ubica en Manhattan en un edificio de apartamentos de tres pisos, de estilo victoriano, en algún lugar del East Side. A los fondos, un jardín es emblema del discurrir de las estaciones. En el edificio viven cinco inquilinos: un anciano escritor, una profesora de piano, un corredor de bolsa, un periodista y una diseñadora de modas. No hay nada de extraordinario en ellos, ni en sus ocupaciones. Todo parece predecible y ordenado, como lo sugiere el primer acto. En éste los personajes se presentan a través de alusiones que cada cual realiza sobre los otros. Amigables y gregarios, algunas veces se encuentran en la escalera, en una sala de estar de la planta baja o en el jardín, para dialogar sobre sucesos cotidianos, casi triviales.

Es conveniente aclarar, que Ewin omite toda referencia a la intimidad de los personajes. Es decir, no hay una descripción de la psicología de los mismos, de su pasado, de sus logros u heridas, de sus esperanzas o desilusiones, de sus luces o de sus sombras. Sólo los conocemos a través de sus intereses, su trabajo y los comentarios que intercambian sobre una variedad de tópicos relativamente amplia, en la que se excluye toda consideración personal o privada. De este modo, Ewin se ve forzado a realizar una verdadera hazaña para mantener el interés de la obra, al eludir sistemáticamente la subjetividad más profunda de sus personajes. Por el contrario, el dramaturgo hace hincapié en la desenfrenada actividad de sus criaturas, en su trabajo, en su sed de relación y en su simpática locuacidad.

Ewin, a mi entender, sale triunfante en su propósito. Todo el primer acto es una delicia de encuentros con un desarrollo fluente, sin tropiezos. No hay lagunas, ni rupturas en la continuidad de la obra. El final del mismo es una pequeña pieza da camara, exquisita y cincelada. Es la puesta en escena de un almuerzo en el comedor de la planta baja, donde los personajes han convenido en reunirse cada domingo, con el simple propósito de estar juntos. Allí se da una suerte de composición plástica -una gestalt- del grupo como un todo y a la vez de los destellos individuales de cada uno de ellos. Los diálogos están coordinados en un tempo impecable, complementándose con precisión y levedad. Gestos tan simples, como partir un pedazo de pan o llevar el tenedor a la boca, se integran admirablemente al todo, pasando por un instante del trasfondo a un primer plano, para desaparecer luego sin dejar rastros.

El segundo acto se inicia con la llegada de un nuevo inquilino que ocupa el único apartamento vacío, en el tercer piso, frente al del escritor. Es sumamente reservado y sólo permanece una semana con sus vecinos. El día de su partida, el periodista encuentra en su puerta, un sobre que contiene una hoja con un texto mecanografiado con esmero. Luego de leerlo, lo hace circular entre el resto de los inquilinos. Por supuesto, el periodista sospecha que es el extraño que ha partido, el que ha dejado la hoja frente a su puerta y así lo comunica a los demás.

A partir de allí se produce una metamorfosis en los personajes, al principio insinuada para luego ser clara y evidente. Todo parece enlentecerse, los protagonistas se vuelven sumamente cuidadosos en cuanto a su actividad y conducta. Por ejemplo, la profesora de piano reduce considerablemente sus clases y sus ejercicios. El corredor de bolsa también disminuye sus horas de trabajo. El anciano escritor deja de remover la tierra del jardín. El periodista pasa de escribir una columna semanal a una mensual. La diseñadora de modas comienza a producir modelos cada vez más estilizados y simples.

A medida que progresa este acto el espectador comprende que los personajes han decidido emplear el mínimo de gestos y palabras para comunicarse. Meditativos parecen calcular todo lo que hacen o dicen. Aún más, ya nadie barre el polvo de las escaleras o de los apartamentos. La obra se vuelve más ascética por así decirlo. Pero nada más extraño que la duda e irresolución de la diseñadora de modas en abrir su frasco de perfume. Luego de pensarlo largamente, decide dejarlo cerrado para siempre. Este segundo acto finaliza con el habitual almuerzo de los domingos en la planta baja. Pero en él todo ha cambiado. Son escasos los diálogos y aún más las acciones. Llevarse un trozo de pan a la boca, es algo que es largamente calculado y ejecutado con el mínimo de movimientos.

El tercer acto es relativamente breve. Los personajes permanecen la mayoría del tiempo en sus habitaciones y sólo se mueven si es imprescindible. Da la impresión que hubiesen cesado toda actividad, en particular las superfluas. Una economía estricta en sus acciones se vuelve su objetivo principal. Parece que no quisieran transformar u arriesgar nada. El refrescante té de la tarde, se sirve frío para no calentar el agua en la caldera. El almuerzo de los domingos ha quedado atrás. Es un peligroso derroche de acciones, como brevemente aclara el periodista al escritor. Ya cerca del final, ocurre algo imprevisto. La profesora de piano que ha dejado de tocar su instrumento desde hace ya varias semanas, realiza un último acto, temerario o quizás desesperado. Interpreta -sin abusar del rubato- el vals en fa menor op.70 no.2 de Chopin y la música resuena triunfante y esplendente en el silencioso edificio, en la intensa madrugada de Manhattan. Pero el espectador comprende que es un canto de cisne, un definitivo adiós. La obra se cierra cuando la luz de la habitación del anciano escritor, la única encendida, se apaga y el escenario queda totalmente a oscuras.

Mucho se ha escrito, comentado y debatido sobre esta obra de Michael Ewin. "Un coup de etât al American Dream", escribe el crítico Patrick Williams en su columna del Soho Magazine. Su antagonista del Evening News, un tanto más dotado para las letras y la ironía escribe:"Oh hijo de Warhol, ¿por que insistes en atormentarnos rememorando sus filmes?" John Columbo de la revista Theatre&Crafts, advierte que la obra sólo tiene sentido si es abordada en una dimensión metafórico-simbólica, y a continuación escribe: "Los personajes descubren su propia soledad, a través de la intolerable soledad del prójimo." "Son una muestra del exilio que todos padecemos y que pretendemos ignorar" observa el crítico de la revista Broadway Today. "Un desfalleciente gemelo de Beckett , que ha perdido su inspiración" comenta en el periodico New York News, Paul Manion. "Ewin propone un nuevo orden social, un nuevo mundo, donde el frenesí de los seres humanos llegue a su fin, para dar paso a una verdad que hoy se nos escapa" anota George O'Neill en la ultima edición de la Manhattan Theater Magazine. "Oscura, incomprensible, fallida" sentencia Robert Prior en su columna del "After the Show"

En lo que a mi respecta, creo que la obra es un artificio, un ardid, un truco de magia. Pues, en el tercer acto -cerca del final- hay una breve escena en la que el anciano escritor sentado en su sillón, contempla la nieve caer en la noche sobre la ciudad . Luego de un prolongado silencio, reflexiona en voz alta: "Como quisiera estar presente, cuando Andromeda ocupe gran parte de los cielos." Michael Ewin tuvo que construir una obra entera de teatro para contextuar esta escena, pues comprendió que el ejercicio de las letras es el arte de no desfallecer, un anhelo de permanencia en medio de la transitoriedad de todas las cosas.

por Carlos Fleitas
junio 2003