Adiós Shangai, adiós...


¿Que habrá sido del Templo del Buda de Jade? ¿Que habrá sido del Buda recostado entrando en el Pari-Nirvana y del Buda en el momento de su Despertar, tallados ambos en una sola pieza de jade blanco, con incrustaciones en piedras preciosas? ¿Que habrá sido del olor a incienso que perfumaba el templo, con un aroma dulce e intenso? ¿Y del Jardín del Mandarin Yu, construido en la dinastía Ming en el siglo XVI, con sus pabellones, pagodas, estanques, jardines y grandes plazas, en donde mis compatriotas practicaban hasta no hace mucho el Tai-Chi o bebían té? ¿Que habrá sido de la Sala de las Tres Espigas, la Sala de la Contemplación de la Montaña, la Torre de la Lluvia, de sus flores y sus árboles antiguos? ¿O del Jardín de la Nubes Púrpuras detrás del Templo de los Dioses de la Ciudad? ¿Y del Templo de la Serenidad? ¿Que habrá sido de las dos torres románicas de la Catedral de San Ignacio en la calle Puxi Lu? Mi corazón se llena de tristeza al pensarlo. Presiento lo peor: que hayan desaparecido para siempre bajo las aguas.

Ahora, mientras me encuentro a la deriva en el Chiangjing, en un bote con otras veinte personas, niños, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, es inevitable que lleguen hasta mí estos pensamientos. No sé cuantos habrán sobrevivido a la crecida del nivel del mar. Sé que millones han emigrado, temo que millones hayan desaparecido o muerto. En cuanto a mí, la suerte me fue amiga, ya que logré abordar uno de los tantos pequeños barcos que flotan cargados de personas en el río crecido. Nadie habla, todos sabemos que tarde o temprano nuestro destino será adverso. Son pocas las provisiones y el agua que llevamos con nosotros. Ya anciano, me es más fácil aceptar la muerte, pero mi corazón se llena de compasión por los niños y niñas, los jóvenes varones y mujeres con los que comparto este viaje, esta última desesperanzada esperanza, esta huída a ninguna parte.

Nací hace setenta y cinco años, en un pequeño pueblo del valle del Chiajing. Mis padres se trasladaron a Shangai cuando apenas era un niño, a ayudar a mis abuelos -ya muy ancianos- que poseían una farmacia de venta de hierbas medicinales, tan caras a nosotros los chinos. La ciudad en ese entonces, crecía a un ritmo de vértigo. Altas torres, edificios gigantes, hoteles llenos de lujo y magnificencia. La Revolución Socialista de la segunda mitad del siglo XX, había cambiado su estrategia. Luego de obtener el dominio de Hong Kong, Shangai se había convertido en el otro polo económico-financiero de mi amada nación. La riqueza comenzaba a fluir, a mi juicio desmesuradamente. Los inmigrantes principalmente del valle del Chianjing llegaban hasta ella llenos del deseo de mejorar sus vidas. Las autoridades rechazaban que se atribuyese a este emprendimiento, el carácter de economía capitalista. Preferían llamarla y así lo hacían saber al mundo, una economía de mercado socialista.

Fuese cual fuese la esencia, el alcance y oportunidad de este cambio, tan diferente a la naturaleza de la economía china cuando Mao Zedong era quien dirigía mi nación, el hecho es que China continuó creciendo en una dirección francamente mercantilista, exportando sus productos a todo el planeta y compitiendo con todas las otras naciones del mundo. Así se formaron nuevas clases adineradas, la industrialización se expandió, el consumo de energía se multiplicó. Temo que mi nación cayó en su propia trampa, porque cuanto más nos desarrollamos más nos debilitamos. Y Shangai -la ciudad de mis días y mis noches- fue el emblema, el orgullo de una China, dispuesta a mostrar su potencia y poder al mundo entero. A mi juicio, la influencia de Occidente con su frenesí, con su desmesura, con su mecanización, con sus bienes, promesas e ilusiones, fueron la tentación a la que sucumbimos. Habiendo actuado en sentido contrario al Tao y al Te, el suelo mental de nuestro pueblo se fue transformando poco a poco hasta volverse totalmente irreconocible aún para nosotros mismos.

No es que añore en lo absoluto, la Revolución que en 1949 inauguró la Republica Popular China. Por el contrario, dado que aun no había nacido, no padecí su influencia y sus efectos. En cambio, mi abuelo sobrevivió a la Revolución Cultural y una vez ante mi insistencia de preguntarle sobre su pasado, su vida y sus vocaciones -pues dado el amor y admiración que por él sentía, quería tenerlas por guía y fecunda influencia-, me narró sus alegrías y sufrimientos. Había sido integrante fundador del Ejercito Popular Chino e integrante activo del Partido Comunista, luego del triunfo de la Revolución. Pero lo que al principio fue una esperanza, y porque ocultarlo, una mejoría en la vida de los oprimidos por la pobreza y el olvido, en particular los campesinos, se transformó en una errático experimento social conducido por un líder que concentró todo el poder en sí mismo y lo utilizó para satisfacer sus más intimas pasiones. A partir de allí las Revoluciones en la Revolución, se convirtieron en una gigantesco capricho, llenos de crueldad y megalomanía. Cuando el nuevo Ejercito Rojo se encargó de llevar adelante las órdenes del "Gran Timonel" mi nación se sumió en el caos, la persecución y la eliminación de todo aquel sospechoso de no adaptarse a los nuevos cánones impuestos, bajo el imperio de la que fue llamada Revolución Cultural.

Así como el barco en el que estoy va a la deriva, también lo han hecho mis pensamientos. Vuelvo a tomar conciencia de la situación sin esperanza en la que estamos, en este río de los ríos, crecido y poderoso. Pero al acercarme a mi irrevocable final, no puedo evitar que mi vida se presente ante mi mente y mi corazón. Nada tuvo de particular o extraordinario, salvo por una pasión tan intensa y punzante, que moldeó todos mis días. Me refiero a mi amor y veneración por las artes clásicas de mi nación, en particular la poesía antigua. Fue tanta mi concentración en su exégesis, su estudio y recreación, que desde muy joven, ocupó todas mis energías, al punto tal que jamás contraje matrimonio ni he generado descendencia alguna, lo cual ahora agradezco a la Casa de los Cielos. De espíritu reservado y poco dado a las aficiones más ligeras y sencillas que la vida ofrece, mi personalidad se amoldó como la hierba al viento, al estudio de los clásicos, que realicé por mí mismo y bajo el impulso de las enseñanzas de mi abuelo, al margen de mi profesión.

Lo recuerdo vivamente, leyéndome cuando era un niño, la poesía clásica y en particular la de Li Bai, quien era entre todos los maestros de la dinastía Tang su preferido, aunque también apreciaba y elogiaba la de Wang Wei y Tu Fu . Quizás prefería la del Inmortal por su intensa inclinación por el Taoísmo, sin que ello supusiese no tener en alta estima y respeto las enseñanzas de Kung Zi o del Budismo. En cuanto a mí no comprendía en lo absoluto los versos, es más, a veces un bostezo -que me apresuraba a tapar con mi mano- escapaba de mi boca. Mas por respeto a mi ancestro, a fuerza de voluntad me concentraba al escucharlo. Sin embargo podía apreciar la sonoridad, la prosodia de los poemas, que ciertamente me cautivaban. A esto se agregaba la lectura del Tao Te King, de Yi Hsin y de Chuang Tse. Y de tanto en tanto, mi abuelo, consultaba al oráculo utilizando las varillas de milenrama, pero no para conocer un posible curso de acción futura, sino para extraer de él, sentencias que eran el soporte de sus meditaciones que practicaba en absoluto aislamiento. Una vez al año emprendía una peregrinación a la Montaña Lushan, a la Cueva del Ciervo Blanco, que tantos maestros de la literatura visitaron y donde compusieron miles de poemas en su elogio. Es más, Li Bai vivió allí, aunque en su caso seguramente en carácter de refugiado, luego de la muerte del Emperador Xuanzhong, quien le había distinguido con un puesto en la Academia Hanlin, al servicio de la corte. El hijo del Emperador sucedió a su padre en el Trono del Dragón y desde ese momento despreció la maestría de Li Bai para encargarle que compusiese poesía trivial para su deleite y el de su concubina. Poco tiempo después, Li Bai abandonó la capital del Imperio. A partir de ese momento se transformó en un viajero errante, por toda la extensa geografía del Imperio del Centro.

Todo ello me fue enseñado y relatado por mi abuelo durante mi niñez y mi temprana juventud, y dejaron una profunda huella en mi memoria. Cuando ya estaba en edad de comenzar mis estudios superiores no dudé en elegir la Climatología. Nacido en el valle del Chianjing, contemplaba las estaciones sucederse una a otras. Veía a las nubes crecer y pasar. Me quedaba extasiado escuchando el canto de la lluvia, el sonido del viento en los árboles, la sensación de la temperatura en mi cuerpo y su variación, de acuerdo al sucederse no sólo las estaciones, sino al cambiar a lo largo de un solo día. Me decia a mi mismo, que había de haber una explicación a toda esa mutación, tránsito y renacer. Y muchas veces durante la noche, me alejaba algo de la casa en el pequeño pueblo donde nací, que no disponía de energía eléctrica, para adentrarme en la oscuridad y contemplar la generosidad del cielo estrellado, los planetas que pronto aprendí a reconocer y el juego de luces de la luna en el follaje. Es paradójica la Rueda de la Serpiente de Fuego, pues ahora aquí en medio de esta desdicha generalizada, en este pequeño barco a la deriva puedo observar nuevamente las mismas estrellas, constelaciones y planetas que me maravillaron cuando era un niño de siete años, dado que navegamos en la oscuridad, pues las luces de Shangai se han apagado para siempre, al colapsar el suministro de energía eléctrica. Sólo algún que otro farol de papel que lleva alguno de mis ocasionales compañeros de viaje, titila en esta noche plena de estrellas y acechanzas.

Me gradué en la Universidad de Shangai, y pronto me trasladé a Beijing a trabajar bajo la dirección del Profesor Chin en un proyecto de investigación sobre paleo climatología regional. Me despedí de mis padres, mi hermana y de mis abuelos, antes que el avión despegase y se elevara velozmente a la morada del Dragón Celeste. Mi abuelo, en el aeropuerto, poco antes de mi partida me entregó una pequeña caja de madera. Me dijo que contenía manuscritos que le habían sido entregados, por su padre y a éste a la vez por su propio padre y así hasta remontarse muchos siglos atrás en nuestra estirpe. "Fueron mi alegría y desdicha a la vez", me aclaró. "Mi afición a ellos que pude desarollar sin restricciones durante la Política de las Cien Flores me costó, cuando ésta cayó en desgracia, una denuncia por un funcionario del Partido cuando la Revolución Cultural, acusándome de leer en secreto literatura contrarrevolucionaria y decadente de la China Imperial", continuó con voz lenta, rítmica, pausada y moldeada por la cadencia y prosodia de los clásicos. El Ejército Rojo de la localidad en donde vivía y desempeñaba funciones como administrador de tierras del Partido, rodeó su casa, pero mi abuelo supo adelantarse. Colocó en su puerta un retrato de Mao Zedong y redactó abajo uno de sus pensamientos, que decía así: "Cuanto más lees, más estúpido te vuelves"

El oficial a cargo de la operación de captura de mi abuelo, al ver el retrato y la cita, quedó totalmente desconcertado. Consultó a miembros del partido local, a otros oficiales del Ejercito Rojo y llegó a la conclusión de que si arrestaba a mi abuelo, podría tratarse de un error que pondría en juego su propia vida. Pues, ¿cómo alguien acusado de leer fuese lo que fuese que leyese, iba a declarar públicamente su desprecio por tal afición?. Es más, citaba un pensamiento del Líder que acompañaba su retrato. Dado que mi ancestro, había integrado el Ejercito Popular desde sus comienzos, su reconocida fe en la Revolución, la entrega y rectitud de su conducta en el ejercicio de su cargo, era sumamente respetado hasta por el más humilde de los campesinos. Siempre estuvo a su lado brindando lo mejor de sí, a la causa de la Revolución. Todos en el pueblo sabían además, que había recibido una carta del Comité Central de Beijing elogiando su proceder, lealtad al Partido y al proletariado.

Finalmente el oficial desistió de sus propósitos que hubieran acarreado a mi abuelo su segura captura e inevitable condena a prisión, o quizás la humillación pública o bien su directa eliminación. Mi ancestro, decidió entonces esconder en un lugar seguro los textos que veneraba, cuatro de los cuales que eran sus más preciados, -como luego comprobaría el porqué- en una pequeña caja de madera de bambú que fue la que me entregó en el aeropuerto antes de mi partida a Beijing. "De aquí en más eres el custodio de ellos, sé que honraras este legado", me dijo. Me despedí de él, de mis padres y de mi hermana y partí hacia Beijing. Meses después recibí un breve y apesadumbrado correo electrónico de mi padre. Mi abuelo había muerto a causa de una complicación respiratoria, a sus noventa y siete años de edad. Al otro día en el Templo del Buda de Jade, quemé incienso en su honor y memoria. Lloré muchas noches su partida. Vagué horas y horas por la plaza Tienanmen para aligerar mi dolor. Días después recordé una anécdota que sobre Chuang Tse me había relatado. Luego de la pérdida de su amada esposa, el maestro taoísta se mostraba sereno y tranquilo. Uno de sus amigos asombrado ante su actitud, le preguntó como era capaz de hacerlo, dada la pérdida sufrida. Chuang Tse le respondió que había llorado amargamente por ella, pero que finalmente comprendió que la muerte es una de las tantas transformaciones que se suceden en el discurrir de la vida, y supo entonces que su esposa había entrado ya en la Gran Casa y ello había aliviado su dolor. Ahora sé que tu también abuelo estás allí, en la Casa del Tao. Mi corazón se aquieta y repara con este bálsamo bienhechor.

Vuelvo a la inexorable realidad. El río continúa creciendo. Nadie osa mirarse directamente a los ojos, sería agregar el dolor, el miedo y la tristeza a la propia, ya de por sí mas que agobiante. Somos náufragos, salvo que esta vez el barco que se ha hundido, es todo el planeta. Los gobiernos ni los pueblos supimos escuchar las advertencias que desde fines del siglo XX, los científicos de todo el mundo, reiteraron una y otra vez. El clima tendría un cambio dramático y catastrófico de no cesar la emisión de gases termo activos a la atmósfera ya sea en forma directa o por la deforestación de los bosques tropicales. A pesar de los acuerdos internacionales, que muchas naciones ni siquiera tuvieron la precaución de ratificar, ni cumplir, las emisiones continuaron y finalmente el Amazonas y otros bosques de Asia, se secaron y murieron.

La temperatura global de la Tierra aumento de modo tal, que grandes porciones de los hielos se fusionaron, lo que trajo por efecto que el nivel del mar creciera tanto que hizo que desaparecieron millares de islas. Ahora le toca a ciudades enteras como mi amada Shangai. Las últimas noticias son tan desoladoras que ni siquiera me atrevo a confesármelas en este monologo que estoy sosteniendo conmigo mismo. Plagas, enfermedades, guerras por la obtención de alimentos y de agua, huracanes y tornados como jamás se habían visto (nosotros también los padecimos), días de calor intolerables y fríos cada vez más intensos. Centenares de millones o quizás miles de millones han muerto en el mundo, otros tantos han emigrado buscando regiones más propicias a las que adaptarse. Han desaparecido gran parte de las especies vegetales y animales que conocí desde niño. El mundo se ha vuelto irreconocible.

¿Que habrá sido de la flor de loto, del bambú, del arce, del junco, de la hormiga, del tigre, la abeja, del panda, del yak? ¿Que habrá sido del Buda en Nakamura, del jardín de Ryoanji, de Borobudur, de Angkor Wat, del festival de las cometas? ¿Que habrá sido de mis amigos, sus hijos y sus nietos? ¿Que habrá sido de los miles de millones de seres humanos a quienes nunca conocí? ¿Y de las ciudades que nunca visite y sólo conozco de nombre? ¿ Y de las playas donde crecían la palmera y cantaba la luna sobre las aguas? ¿Qué habrá sido del grillo, del ciervo, del mono, del elefante, del saltamontes, del cerezo, del roble, del pino, la acacia, del castaño, del manzano, el limonero y el abedul? ¿ Y de los majestuosos glaciares del Himalaya y los de todas las montañas del mundo? ¿Qué habrá sido del monje, del mendigo, del pobre y del rico, del niño jugando con sus zancos de bambú y de la anciana de blancos cabellos? ¿Qué habrá sido de los libros que fueron conservados de generación en generación en los anaqueles de las bibliotecas? ¿Y de la violeta silvestre? Que habrá sido de ellos, que habrá sido?

Muerta la certidumbre, queda la esperanza. Muerta la esperanza, queda la ilusión. Temo que este es mi caso. Pues sólo anima mi corazón un sólo anhelo. Honrar la memoria de mi abuelo y preservar aquello que me fue entregado por él, hace ya muchos años en el aeropuerto de Beijing, en una pequeña caja de madera de bambú. Durante mucho tiempo la guardé sin siquiera abrirla. Mis ocupaciones consumían la mayor parte de mis energías. Luego de graduarme y trabajar algunos años en Beijing, solicité mi traslado a Shangai, mi amada ciudad. ¡Cuánto había cambiado en tan pocos años! Había seguido creciendo y creciendo. Nuevas torres, hoteles, avenidas, autopistas y centros comerciales se habían construido a una velocidad vertiginosa. Dado lo modesto de mi procedencia, me parecía que en todo aquello había algo de excesivo, algo de artificioso y porque no arrogante. Continué mi trabajo en una estación meteorológica, donde gracias a la tecnología de telecomunicaciones de principios de este siglo XXI, podía estar en contacto no sólo con la información procedente de todo el planeta, sino también con muchos colegas en todo el mundo.

Pasaron los años y cuando era sexagenario, comencé a releer la poesía de Li Bai. Ahora sí pude apreciar su grandeza y maestría. Durante las claras noches de verano su hondura, su métrica y elegancia llenaron mi soledad. Finalmente me decidí a abrir la caja que mi abuelo me había entregado. Nunca lo había hecho. Estaba allí en el lugar de siempre, muda pero intensamente presente. ¿Porque lo hice? Ni yo mismo lo sé. Quizás algo a medio camino entre la premonición y la curiosidad fue lo que me animó a abrirla. En su interior encontré cuatro manuscritos con versos escritos en tinta negra y pincel. Parecían a primera vista muy antiguos. Y en una nota redactada por mi abuelo con impecable caligrafía, estaba el secreto de su origen. Eran poemas manuscritos por el mismo Li Bai, según afirmaba. Al principio me senti sorprendido y porque no decirlo escéptico. Pues es sabido, que los originales de la poesia escrita por el Inmortal, se perdieron para siempre. Su obra fue conocida por la compilación realizada y publicada en forma de libros durante la dinastía Sung, varios siglos después de la muerte del poeta.

Mi abuelo era poco aficionado a cualquier tipo de broma de mal gusto. Por lo tanto su nota sobre la procedencia y autoría de los manuscritos, era necesariamente cierta. Es más se trataba de un secreto que se transmitía de generación en generación desde la dinastía Tang misma. Y en ello no había contradicción. La estirpe por mi rama paterna se remontaba aún antes de esa dinastía. La ascendencia familiar era tan antigua, que algunos de sus representantes afirmaban que comenzaba con el legendario Emperador Fu- Hi, extremo este sí, que me parecía francamente insostenible. Por ende no era del todo improbable que alguno de mis remotos ancestros hubiese conservado los originales o quizás -porque no- hubiese recibido del mismo Li Bai, estos poemas. No sería tan sorprendente que así hubiese ocurrido, dado el carácter desprendido del Inmortal y su ausencia de todo apetito de acumulación o deseo de perpetuar su nombre para el futuro. Examine cuidadosamente los manuscritos y en una noche plena de sorpresa, luna, ebriedad y develación supe en lo más íntimo de mí, que había estado leyendo los poemas de Li Bai escritos por el mismo, en papel con tinta negra y pincel. Aquí en mi amada Shangai, en una noche como tantas otras, una imprevista torsión del tiempo me deparaba el éxtasis, las lágrimas y la devoción.

¿Habría de entregarlos a las autoridades de un Museo y así dar a mi nación una de las más encumbradas perlas de nuestra literatura? Reflexioné largamente en ello. Sentimientos contradictorios chocaron en mi corazón. Por una parte, sería injusto privar a todos aquellos que amaban el arte de la poesía clásica, de poder contemplar al menos, los manuscritos del Maestro. Pero por otra, temía que se convirtiesen en un ejemplo más de admiración, y porque no de curiosidad, que de verdadera apreciación. Algo así, como una rareza que es valorada en cuanto tal, independientemente de lo que sea. Multitudes desfilando frente a ellos, quizás algunos más interesados en fotografiarlos que en leerlos, discursos académicos en homenaje al poeta, ritos, conmemoraciones, guías organizadas repitiendo monótonamente las mismas explicaciones a turistas fatigados y presurosos en conocer en pocos minutos nuestras artes, elogios y alabanzas a nuestra cultura y a su valor, dichos en forma pomposa cuando no arrogante, pero poco convincentes. ¡Qué distante estaba todo ello del espíritu de Li Bai! Supe lo que debía hacer al recordar lo que mi abuelo me había dicho: "de aquí en más eres el custodio de ellos"

Cuando comenzó lentamente al principio y luego feroz y brutalmente a crecer el nivel del Mar de la China y el Chianjing, inundando rápidamente la ciudad -para lo cual no estábamos en absoluto preparados- tuve la precaución de guardar enrollados los manuscritos en cilindros de una aleación de metal invulnerable a todo extremo y sellarlos herméticamente. Sea lo que fuese que el destino nos deparase, los manuscritos estarían a salvo, lo que no hubiese ocurrido de haberlos dejado en la caja de madera de bambú donde se encontraban guardados, desde el ya lejano día en que mi abuelo me la entregó. Cuando la situación se volvió insostenible pude encontrar un lugar en el bote en el que ahora navegamos sin rumbo al sólo impulso del ímpetu del río.

Es curioso el corazón humano, pues aún cuando la muerte muestra su firme e insobornable rostro, aún guarda ardientes anhelos y deseos. Porque sólo pido a la Grulla Amarilla, que antes de que nuestro bote se hunda o muramos por falta de comida y agua -dado que es imposible alcanzar ahora la orilla- pueda contemplar por última vez la Montaña Lushan. Quisiera arrojar allí, a las aguas, los cilindros de metal sellados con los manuscritos. Sé que el río -que es más sabio que los hombres- los llevará en su perpetuo fluir a un lugar, donde ¿porqué no? un imposible alguien en el futuro, los rescatará y preservará. Mi ilusión, podrá parecer insensata, es cierto, pero algo me dice que es lo más sensato que he de hacer en el curso de toda mi vida.

Ya está amaneciendo. Desde el bote vemos nuestra amada Shangai, o mejor lo que no queda de ella. Apenas se puede divisar una parte de las gigantescas torres de telecomunicaciones, del Centro Financiero Mundial, los grandes hoteles, pues los edificios más bajos que no hace mucho estaban habitados por millones, han desaparecido bajo las aguas. En el cielo se observan nubes gigantes que presagian poderosas tormentas por venir. No hace tanto que las hemos padecido y experimentado su poder destructivo. El río nos lleva rapidamente, en su curso irregular e inapelable. Pronto ni siquiera podré contemplar lo que queda de la ciudad. En un pequeño bolso llevo los cilindros de metal con los manuscritos y la caja de madera de bambú. No sé cuanto hemos de resistir. Poco a poco la ciudad se va esfumando a medida que nos alejamos. La miro por última vez y con lágrimas en mis ojos, repito para mis adentros, con voz pausada y lenta, intima y doliente: Adiós Shangai, adiós...











por Carlos Fleitas
5 febrero 2005